Ni por asomo estamos viviendo días agradecidos. Desde que la modernidad se confundió literalmente con la barbarie estamos viviendo días sin nombre.

La gente habla de la crisis de las ideologías como de las marcas de los supermercados, con la diferencia de que obviamente le prestan más atención a las segundas que a las primeras. La sociedad es cada vez más individual aunque se pinte como colectiva.

Persiste la tesis del desenfreno y el consumismo aunque no se sepa en realidad lo que se consume o se quiera. Los partidos políticos por ejemplo son como Uberpool. No se sabe a ciencia cierta quien es el cabecilla del viaje. El líder será seleccionado como parte del trayecto. Llegará a la cima quien más oportunidades ofrezca. Total, para nada será importante. Basta que llegue a la cúspide y el supuestamente elegido será satanizado. Inmediatamente aparecerán los "abroncados", ese tipo de personas que dedican la mayor parte del día a declararse insatisfechos.

Lo peor del caso es que cuando sostienes un encuentro de más de cinco minutos con los autodeclarados indignados o insatisfechos llegas al peor de los descubrimientos: la mayoría de ellos saben decir lo que no quieren pero casi nunca saben lo que quieren. Es el típico me opongo a quien se oponga o emprendamos la guerra de todos contra todos. El alimento de la histeria es desconfiar de todos.

La víctima de los últimos días es Cristiano Ronaldo. Sucede que la agencia tributaria en España lo ha denunciado ante la fiscalía por supuestamente defraudar 15 millones de Euros.

De golpe y porrazo los hinchas de su propio equipo, y todos los demás, comienzan a sacar defectos, a murmurar sobre hijos propios y vientres alquilados, sobre balones de oro, debilidades y desconocimientos. A la gente le importa un carajo la colección de goles o los títulos recientes. Se pierden los afectos y las gratitudes, las redes sociales explotan. Desaparece la reciprocidad, muere la comprensión. Se confunden los aqueos con los troyanos, los mercenarios con las compotas, los jueces con los abogados defensores. Hay mucha gente lista con el silbato en la boca para pitar los fallos. Queda muy poca en las tribunas consciente de que debe concederse al menos el beneficio de la duda.

Y no es que se escriba ahora que todos somos Cristiano, porque las leyes se hacen para cumplirlas, aunque sean bastante los testimonios que lleguen desde España, en los que se da fe sobre la preferencia que sienten los de hacienda por perseguir a toreros, futbolistas y folclóricas. Casualmente las tres herramientas más efectivas para la satisfacción de un país, que ha visto opacadas sus alegrías en medio de una prolongada crisis.

Al parecer influye en gran medida el hecho de que en la relación del club con el futbolista pesan muchos millones euros. La muchedumbre ve más comercio que sentimientos, lo cual empaña inevitablemente una temporada maravillosa a punto de desembocar en un nuevo balón de oro.

Muy en el fondo la gente no perdona que CR7 sea otro club dentro del club, realidad que será invariable sin importar a donde vaya. Cristiano al parecer, desde el momento mismo de su bautizo, carga con la cruz de tener que hacer de Dios las 24 horas del día. Y no hay resurrección sin cruz. A fin de cuentas, si algo quedará claro ante los ojos de los seguidores y detractores del Real Madrid es que no se hipotecará el futuro del club por sucumbir ante los caprichos de ninguna estrella.

Anteayer fue Neymar, ayer fue Messi, hoy es Cristiano Ronaldo. Hace unas décadas fue Lola Flores. Hace unos años Isabel Pantoja. Y ante todos los casos predominó un maldito denominador común: nos adelantamos a los acontecimientos. Dejamos sin respiro el beneficio de la duda. Y así los ídolos se desinflan en un país sin apenas timonel pero donde al parecer las leyes se cumplen y las zarzuelas se repiten.

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