En los relatos de la trágica crisis venezolana que empeora casi a diario y que llena nuestros medios echo a faltar la mención de dos aspectos que resultan esenciales para analizarla cabalmente.

El primero es el pacto concertado hace un trienio por Obama y el rey de Arabia Saudí para mantener artificialmente bajo el precio del petróleo. Semejante decisión hubiera significado un vendaval insoportable incluso para una nación con gobernantes sabios y honrados.

Dado que más del noventa por ciento de las exportaciones venezolanas giraban en torno al crudo, que los chavistas son corruptos hasta la médula y que su incompetencia económica es proverbial implicó un golpe fatal aprovechado, siquiera en parte, por la oposición.

En ese sentido, las quejas repetidas hasta la saciedad de que Estados Unidos no está haciendo lo suficiente son radicalmente injustas. Nunca habríamos llegado al punto actual sin ese acuerdo entre Obama y Arabia Saudí. Por el contrario, el chavismo habría mantenido y quizá ampliado sus redes clientelares y seguiría siendo extraordinariamente fuerte y provisto de enorme respaldo popular.

El segundo aspecto que también se pasa por alto es que, en octubre, Maduro se enfrenta con un vencimiento de deuda que puede concluir con una suspensión de pagos nacional, quiebra soberana o default, como ustedes quieran denominarlo.

Es cierto que hace unos meses Goldman Sachs acudió en ayuda del régimen chavista comprando un trozo de deuda descomunal. Sin embargo, no parece que semejante balón de oxígeno se pueda repetir y sobre todo que lo haga en las proporciones necesitadas por los chavistas. Si a eso se añaden las medidas adoptadas por Donald Trump para limitar el comercio con Venezuela, hay que llegar a la conclusión de que pinta de color hormiga para el régimen chavista.

¿Qué va a suceder entonces? Si Maduro no logra renegociar la deuda – y sería un milagro conseguirlo – su permanencia en el poder podría quedar limitada a algo más de un trimestre a partir de la quiebra soberana.

Sin embargo, para asegurar ese resultado tendrían que darse algunas condiciones. La primera sería que la oposición consiguiera unirse de una vez y alcanzara a fraguar algún tipo de plan conjunto que fuera más allá de desplazar a Maduro de la presidencia, algo que, dicho sea de paso, no ha logrado hasta la fecha.

En otras palabras, el chavismo quedará tan debilitado que podría caer, pero sólo si la oposición aprende a ir más allá, mucho más allá, de las concentraciones en la calle, los cortes de la circulación y los muchachos lanzando cócteles Molotov a la policía.

Seguramente, el papa Francisco podría lanzar un último cable de salvación al chavismo, pero la realidad es que El Vaticano puede ayudar a dictadores como Raul Castro, pero siempre con riesgos controlados.

Igualmente, el inefable José Luis Rodríguez Zapatero seguirá enredando para salvar al chavismo porque se siente cercano a él e igualmente porque sus cabildeos le hacen sentirse importante. Quizá también porque, como la ex fiscal general del estado de Venezuela ya ha dejado caer, existirían pruebas, que obrarían en su poder, de grave colusión entre el gobierno de Rodríguez Zapatero y el de Hugo Chávez. Pero la capacidad de Rodríguez Zapatero, como todos saben, es más que limitada en el plano internacional aunque en el nacional aún sigan los españoles sufriendo los pavorosos efectos de su gobierno.

De manera que, cierto, la oposición venezolana, aunque esté cargada de razón en contra del chavismo, deja que desear, pero, si esta vez logra aprovechar la ocasión de octubre estará más cerca del triunfo que nunca.

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