@luisleonelleon

Por el momento es inevitable: no hace falta ser periodista independiente y mucho menos un disidente connotado para integrar la Lista Negra del régimen cubano. Cualquier persona que se atreva a levantar su voz en contra del adoctrinamiento político que ha desarrollado por más de medio siglo el absolutismo isleño, automáticamente podrá ser acuñado como un contrarrevolucionario. Y gracias a esa inefable marca (elogio para unos, adversidad para otros) se arriesgará a sufrir persecución, acoso a sus familiares u amigos, violencia psicológica y física, y de molestar demasiado a la cúpula gobernante o a sus gendarmes, podría ser encausado bajo las trampas de un código penal, contrario al de un Estado de derecho, donde la libertad de opinión y reunión, el derecho a la información o a asociarse, no sólo no existen, sino que son considerados graves delitos, condenados como si se tratase de horrendos crímenes. E incluso, como los casos de Oswaldo Payá, Orlando Zapata, Laura Pollán y muchos otros, podría costarle la vida. Hay quiénes preguntan ¿cómo es posible y por qué sucede esto? Vamos a explicarlo.

Control, manipulación, miedos y miserias

Desde hace casi seis décadas, además de salvaguardar las dosis puntuales de miedos y miserias inyectadas a las generaciones nacidas dentro de la Revolución, una de las más efectivas armas represivas de la dictadura ha sido el férreo control y la manipulación de absolutamente todos los medios de comunicación masiva, cuya primera misión no es la de informar o analizar los problemas de la sociedad cubana, como suele ocurrir en los países democráticos, apoyados en la libertad de expresión, sino someterse, o al menos no contradecir los llamados “lineamientos” del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, la única entidad política legal en la isla, y que al final no ha sido más que una orquesta muda bajo la batuta de los Castro.

Enfrentarse a los órganos represivos de un Estado totalitario siempre es muy peligroso y requiere de sacrificios y de una fuerza de voluntad gigantesca. Pues para ese tipo de sistema: cualquier figura o movimiento que amenace con revertir el amaestramiento social, deberá ser disminuido a como dé lugar. Ningún totalitarismo se permite el riesgo de perder su poder. No conozco un sólo caso que lo haya hecho voluntariamente, a bien de la democracia. Eso es pura ilusión. De ahí que disentir y alzar la voz en grupos profesionales, eclesiásticos, fraternales o en las comunidades, sea el primer paso para intentar cambiar las cosas. Y para impulsar ese primer paso es imprescindible generar múltiples ideas, propiciar debates, liberar la opinión. Funciones esenciales del periodismo.

El periodismo independiente en Cuba trasciende el oficio

Cuba es una nación sitiada por su propio gobierno. Y gracias a los periodistas independientes, realidades que por varios años se habían mantenido en la oscuridad, bajo la bota del régimen, han salido a la luz. E incluso algunas de sus denuncias han impedido que figuras de la disidencia y ciudadanos comunes inocentes hayan sido en encarcelados por inconcebibles delitos de trasfondo político. La labor de los periodistas independientes cubanos, trasciende el mero oficio, ubicándose, inevitablemente, en el activismo social en defensa de los más elementales derechos ciudadanos. Ahí está su gran valor y debe seguir siéndolo.

El bloqueo a la información y el asedio a los periodistas independientes, es una muestra inequívoca de la importancia que cada vez más adquiere este movimiento, diverso y audaz, con escasísimos recursos, pero que constituye un apoyo fundamental para el trabajo de la oposición interna y una de las fuerzas que puede impulsar un vuelco democrático en la isla.

Hostigados y vilipendiados

Por ello los periodistas independientes, cuyo compromiso debe ser con la verdad y la crítica social, son hostigados y vilipendiados, como mismo sucede con los activistas de derechos humanos, generalmente con mítines de repudio y sólo a veces (nombrarlos en los medios no es muy conveniente, pues les daría a conocer) desde editoriales gubernamentales, siempre condenatorios y divorciados de la realidad.

Mantenerlos fuera de los medios, impedir que trabajen, condenarlos al ostracismo, procurar desacreditarlos, hacer que la comunidad los rechace e incluso los odie y hasta los ataque físicamente, son algunos de los cínicos mecanismos de defensa del sistema. Con todo esto no sólo se trata de obstaculizar que los mensajes opuestos al régimen se expandan, sino que obliga a que los periodistas independientes y los opositores, trabajen todo el tiempo bajo una altísima presión psicológica, algo que, aunque se sobrepongan y obtengan resultados, no les permite desarrollar sus capacidades al nivel que lo harían en condiciones normales, es decir, en una sociedad democrática.

Acusados dentro y fuera de la isla

El gobierno, prolífico en infundios, les acusa de cuánto se le ocurra. Acusaciones luego repetidas por el pueblo tristemente desinformado y amoral, por los grupos de apoyo a la dictadura en otros países y, para colmo, por el Hombre Nuevo del exilio (ese que desde la democracia actúa como una especie de juez-dictador de quienes hacen lo que él no se atrevió a hacer en la isla). Entre las impugnaciones que les han fabricado, la más cacareada es que sus ideas no son legítimas, que son mercenarios pagados por EEUU, respondiendo a agendas de supuestas mafias anticubanas en Miami, cuyo propósito es destruir las conquistas de esa perversa entelequia que aún el mundo identifica como la Revolución Cubana (que no es más que un fracaso populista disfrazado de David ante el Goliat capitalista, contra quien el castrismo no ha dejado de sembrar odio en los llamados países del tercer mundo).

El mayor miedo siempre será la pérdida del miedo

Amén de la repercusión internacional que pueda alcanzar el trabajo de los periodistas independientes, la gran preocupación de la autocracia caribeña no está tanto en el impacto exterior (que es donde más se les lee, pues el acceso de los cubanos a Internet es limitado) sino en la implosión interna que puedan desatar sus textos y desobediencia cívica. El principal temor es que éstas voces no oficialistas y auténticas, influyan en que el cubano de a pie se despoje de sus temores. La circulación de información no censurada, la confrontación de pensamientos y el libre ejercicio del criterio, son elementos que, de no ser atajados por las fuerzas represivas, paulatinamente pueden derrotar lo que alguna vez Fidel Castro definió como su “artillería pesada”, refiriéndose a la función de constante domesticación y contención ideológica que realizan los medios de comunicación masiva, todos en manos del Estado. El mayor miedo del régimen, insisto, siempre será la pérdida del miedo. Y el periodismo independiente, como el espíritu de los Samizdat en el Bloque del Este, quizás pueda ayudar a lograrlo.

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