De Guanabacoa a la Gloria
Posteriormente, entra en la orquesta de otro gigante, el Maestro Gilberto Valdés y conoce la vida nocturna en el cabaret La Verbena. Excelente pianista, trabajó con la reconocida soprano Zoila Gálvez y en sus andares, llamó la atención de una de las figuras más excelsas de la farándula cubana: "La Única", Rita Montaner

Ignacio Jacinto Villa y Fernández nació en Guanabacoa, La Habana, el 11 de septiembre de 1911, su madre, Inés Fernández, con fama de buena cocinera, empleaba el tiempo en criar a los doce hijos que tuvo con Domingo Villa, éste sí cocinero de profesión y el pequeño Ignacio entró al conservatorio Mateu, de Guanabacoa a los ocho años, gracias a su abuela, que fue la que convenció a la familia, para que - a pesar de los pocos recursos – estudiara piano.

Ya se destacaba en el instrumento, cuando Don Domingo se queda sin trabajo y el pequeño Ignacio tiene que utilizar su talento para contribuir a la economía de la casa y así el niño empieza a trabajar en el cine Carral, como pianista de las películas silentes.

Posteriormente, entra en la orquesta de otro gigante, el Maestro Gilberto Valdés y conoce la vida nocturna en el cabaret La Verbena. Excelente pianista, trabajó con la reconocida soprano Zoila Gálvez y en sus andares, llamó la atención de una de las figuras más excelsas de la farándula cubana: “La Única”, Rita Montaner.

Ya Rita era una figura mundial y al gustarle el estilo de Ignacio, le invita a que le acompañe en el Roof del famoso Hotel Sevilla, El manisero, de Moisés Simons, con el que había triunfado en París y Canto Siboney del maestro Ernesto Lecuona ambas, piezas que dominaba el joven pianista.

Ya la gran artista estrechó su trabajó con Ignacio y al intimar, supo del apodo que le decían de niño, de forma despectiva: “Bola de Fango”, que irónicamente, debido a su cara redonda y su color oscuro alguien cambió a “Bola de Nieve”. A Ignacio no le gustaba, pero algunos íntimos lo llamaban así y a Rita se le hizo simpático. En 1933, Rita se va de gira a México, empezando por Yucatán y pasando posteriormente al DF.

Una noche, la diva está disfónica y le pide a Ignacio que la sustituya, porque hay una pieza que no puede faltar en el espectáculo y lo anuncia para su primera aparición como solista en el Teatro Politeama, como Bola de Nieve, sin consultarle, pues las diosas no piden permiso.

Bola de Nieve interpretó “Vito Manué, tú no sabe inglé” de Emilio Grenet y Nicolás Guillén y se llevó el aplauso más nutrido de la noche; tan sonada fue su aceptación que la emisora XW de Ciudad México le contrató para un programa de una hora diaria.

Ya Bola hizo del DF su segundo hogar, es conocido y se trata de tú con los grandes artistas de moda. Viaja a Estados Unidos con Rita, Pedro Vargas, Enriqueta Faubert y Juan Martínez Casado y a su regreso sigue actuando con éxito en distintos teatros de la gran ciudad.

El 30 de abril de 1934, actúa junto al inmenso Ernesto Lecuona en el cine Máximo, a dos pianos y con las sopranos Margot Alvariño y Luisa María Morales. Fue Lecuona – que ya estaba al tanto de los triunfos de Bola en su brillante papel de caza talentos - quien lo convence que vuelva a Cuba para actuar juntos, lo que hace en 1935, contratado por la compañía de Lecuona y el 18 de enero tocaron a dos pianos el Cabildo de María La O y Arrullo de Palmas, ambas del gran autor.

Con Lecuona despega su intensa vida internacional, formando parte del elenco que viaja a Buenos Aires, donde regresó en varias ocasiones. Formó parte de la Compañía de Conchita Piquer, y con distintas compañías estuvo en las capitales más importantes de Europa y los Estados Unidos.

En 1950 tuvo un programa en CMQ radio, “Gran Show de Bola de Nieve” donde - además - dirigía la orquesta; trabajó en el Monmartre y los más prestigiosos teatros de Cuba. Hizo varias giras en Francia, Dinamarca, Italia, donde fue aplaudido por su amplio repertorio en varios idiomas.

Cuando se establece el socialismo en Cuba, siguió viajando, pues su prestigio fue superior al acoso a los homosexuales y los extremismos que sufrieron intelectuales y artistas, recorriendo el campo socialista de entonces y la República Popular China.

Resulta asombroso que en esa época terrible, se le concedió un lugar en La Habana y se comisionó a Gilberto Aldanás, integrante del cuarteto vocal “Los Modernistas” que era el jefe de la Oficina de Contrataciones, para que lo acompañara a escoger el lugar que quisiera en la ciudad y Bola, escogió “El Monseñor”, pequeño, pero elegante restaurant en 21 y O, en El Vedado, para hacer “su casa”, una muestra evidente del respeto que se le tenía al gran artista por encima de persecuciones y prejuicios. Cuenta Aldanás que le expresó la consideración de que el lugar era chico para la figura que ya era, pero le dijo que no quería un lugar grande, todo lo contrario, para que no se perdiera la intimidad y el ambiente que él buscaba. Sólo le pidió que le pusieran el piano en condiciones óptimas; un letrero en cursiva en el toldo que dijera Chez Bola debajo del nombre del establecimiento y una rosa blanca sobre el piano, que no faltara ninguna noche, ya que para las personalidades, amigos o personas que se ganaran su simpatía quería tener un fino presente y todas las noches regalaba una rosa.

Estaba en su pleno esplendor tras una fructífera carrera. Ya era el Bola de las respuestas ingeniosas, como aquella vez que le preguntaron qué tesitura tenía su voz y respondió: “Yo tengo voz de persona” o la autodefinición que mejor lo retrato: “Yo soy la canción que canto”.

Excelente pianista, su pequeña voz era adornada por su enorme sensibilidad y sentido del matiz, la culta comprensión del discurso dramático de la canción y la aplastante cultura que poseía.

En 1969, tuve la oportunidad de presentarlo en un programa de TV donde fungía como animador los domingos y siempre lamentaré no poseer ese material, pues ya no se guardaban en archivos las filmaciones de los programas y el video tape daba sus primeros pasos en Cuba. De todas formas, no tenía calibre yo, a los 23 años - a pesar de que lo conocía de toda la vida, por mi familia - para entrevistar a un monstruo como aquel.

Sí recuerdo que le pregunté:

- Bola, no se le ve mucho en televisión; sabemos de Ud. de sus viajes y sus éxitos, pero me parece que podría salir mucho más.

- Mira mijito – me respondió – yo vine aquí por ti, por el cariño que le tengo a tu familia, pero la televisión está tan mala, que no me dan deseos de venir.

¡Anda! – pensé, mañana estoy suspendido. Pero no, el Bola era mágico.

Siguió haciendo giras, pero sufrió una isquemia que lo debilitó mucho. No obstante, cumplió contratos, y por ese motivo no pudo estar a tiempo en Perú, donde su amiga Chabuca Granda, insistía en celebrarle una fiesta en su cumpleaños 60, pero por insistencia de la gran compositora, a quien le fascinaba la versión de Bola de su famosísima vals peruano “La Flor de la Canela”, además de que lo quería tanto, salió para Perú ya pasada la fecha de su nacimiento que había sido el 11 de septiembre de 1911, y la muerte le sorprendió en el tránsito en México el 2 de octubre de 1971.

Se apagaba de pronto, en medio de la consternación general, la carrera del gran artista, del que más cantó, con menos voz; del excelente pianista y hombre de la cultura, porque Bola de Nieve, sorprendentemente, puso a todos los críticos de acuerdo y su arte lo situó en el lugar más preciado que puede tener artista alguno: El Olimpo de los irrepetibles.