Yo he sido un inmigrante ilegal. Yo he sido deportado.

Todo ocurrió a fines de 1993. Llegué al aeropuerto internacional Washington-Dulles, de Virginia, procedente de Madrid. Presenté mi pasaporte peruano con el sello de la residencia temporal que me había sido otorgada en los Estados Unidos. El agente de migraciones me dijo que siendo residente temporal no debía haber salido de los Estados Unidos. Me acusó de quebrantar la ley. Me dijo que no podía entrar al país. Me detuvieron. Horas después me subieron a un vuelo de regreso a Madrid. Siempre es maravilloso volver a Madrid, pero no sé si en esas circunstancias.

Yo había venido a vivir a los Estados Unidos en abril de 1992. Recuerdo como si fuera ayer la noche de un domingo cuando estaba con mi novia viendo Los Simpson en la televisión y de pronto se interrumpió la serie cómica y apareció el presidente Fujimori, anunciando que cerraba el congreso.

-Es un golpe –le dije a mi novia, asustado.

Estábamos en un apartamento en la plazuela de San Francisco, en el barrio bohemio de Barranco. Horas después el dueño del canal de televisión que emitía mi programa (Qué hay de nuevo) se comunicó conmigo y me preguntó si estaba dispuesto a salir al aire al día siguiente, porque el canal se encontraba ocupado por agentes militares.

-De ninguna manera –le dije-. Sería una locura hacer el programa si el canal está tomado por los militares.

Más tarde volvió a llamarme y me sugirió que me fuese cuanto antes del país porque sus fuentes le habían dicho que en cualquier momento agentes del gobierno procederían a detenerme. Yo hacía un programa muy sintonizado y me burlaba todas las noches del presidente Fujimori. Al día siguiente, lunes, me despedí de mi novia y viajé a Miami. Ella se quedó en Lima vendiendo mis cosas. Semanas después vino a Miami.

-No pienso volver al Perú mientras Fujimori sea dictador –le dije.

Mi novia y yo alquilamos un apartamento en la avenida Brickell. Yo quería ser un escritor, venía escribiendo una novela hacía años. Ella quería estudiar en la universidad de Georgetown, en Washington. En agosto nos sorprendió el huracán Andrew. Al día siguiente alquilamos un camión, metimos nuestras cosas y manejamos hasta Washington. Llegamos extenuados pero eufóricos. Éramos libres, éramos jóvenes, estábamos llenos de sueños, nos queríamos mucho, la vida nos sonreía.

Por eso nos casamos meses después ante las cortes de Washington. Por eso nuestra hija nació en el hospital de la universidad de Georgetown a mediados de 1993.

Ya casados, me dieron inmediatamente la residencia temporal en los Estados Unidos. No tomé nota de que no debía salir del país hasta que, dos años después, me otorgasen la residencia permanente. Siempre he sido distraído para esas cosas. Seguramente alguien me advirtió de aquella restricción, pero yo no presté atención.

Por eso, a finales de 1993, cuando una editorial de Barcelona me escribió diciendo que publicarían mi primera novela, no dudé en viajar a España. Me alojé en el apartamento de los Montaner, grandes amigos, en la calle Menéndez y Pelayo de Madrid, frente al Retiro. En aquellos tiempos no había celulares ni internet, o yo no me había enterado de que existieran. Hablaba con mi esposa usando tarjetas telefónicas o desde cabinas públicas. La extrañaba desesperadamente. Cumplidas las reuniones de trabajo, y en buena marcha el proceso de publicación de la novela, volé desde Madrid al aeropuerto internacional de Washington-Dulles. Llegando a la ciudad que ya sentía mía, y en la que quería vivir muchos años más, aun soportando la crudeza del invierno, el agente migratorio me dijo, secamente:

-Usted no podía salir del país. Ha violado la ley.

Me sentí un delincuente, aunque no le había hecho daño a nadie ni actuado con malas intenciones.

-Usted ha perdido su estatus migratorio –prosiguió el agente, como si lo disfrutara-. Le vamos a retirar su residencia temporal. Y lo vamos a deportar.

Me quedé helado, los pies helados, no secos ni mojados, helados. Le expliqué que mi esposa era ciudadana de los Estados Unidos, que mi hija había nacido en Washington y también era ciudadana del país, que yo era un escritor y había viajado a España para asegurar la publicación de una novela. Todos mis esfuerzos fueron en vano. Me oyó pero no me escuchó. Me vio pero no me miró. Me atendió pero no me prestó atención.

Me condujeron a un cuarto, me tuvieron allí detenido y me subieron a un vuelo de regreso a Madrid. Antes me permitieron llamar por teléfono a mi esposa para explicarle lo que estaba pasando. Ella hizo todo lo posible para que me dejasen en libertad pero no lo consiguió. Estaba en mi destino sufrir el oprobio y el deshonor de una deportación exagerada, a todas luces injusta, al menos desde mi punto de vista.

Por suerte en Madrid me acogieron los Montaner, tan generosos amigos, y me dieron asilo en su apartamento hasta que, con ayuda de buenos abogados, pude resolver el caso y regresar a Washington. Pero tuve suerte porque pude contratar buenos abogados y porque me deportaron a una ciudad donde mis amigos me dieron alojamiento. Pudo haber sido mucho peor. Y la verdad es que no había cometido ningún delito que justificase tamaño castigo: expulsarme del país, privarme de mi estatus migratorio y separarme de mi familia. Fue un susto, solo un susto, pero ya entonces comprendí que a menudo hay leyes migratorias que no sirven a los individuos ni a la sociedad y que parecen diseñadas para castigar o humillar a las personas que solo desean vivir en un lugar mejor que su país de origen, sin hacerle daño a nadie y trabajando honradamente.

Han pasado tantos años desde entonces. Mis tres hijas nacieron en este país: una en Washington, las otras dos en Miami. Volví a casarme ante las leyes de este país. Trabajo en la televisión en español de Miami hace más de veinte años. Todas mis novelas, todas, salvo una, las he escrito en este país: las primeras en Washington, todas las demás en Miami (salvo Y de repente, un ángel, que escribí en Buenos Aires). Viajo siempre con mi pasaporte de los Estados Unidos, incluso cuando voy al Perú. A veces me detienen en los controles aduaneros porque viajo muy abrigado y piensan que escondo cosas ilegales en mis ropas o mis maletas, pero no han vuelto a detenerme y deportarme como ocurrió cuando era joven.

El trauma, sin embargo, no lo he superado del todo. Siempre que llego al aeropuerto de Miami desde otro país, y debo enfrentarme a un agente migratorio, tengo pavor de encontrarme cara a cara con el oficial que me detuvo y ordenó mi deportación hace veintitrés años. Busco su rostro entre las caras de los agentes y elijo una ventanilla, aterrado de hallar al oficial que me humilló. Por suerte no he vuelto a verlo. Por fortuna me tratan muy bien, sobre todo cuando me reconocen de la televisión. Pero, aunque sea ciudadano y tenga todos los papeles en regla, siempre me asalta el miedo de que me detengan por infringir alguna ley migratoria que, por bobo o despistado, desconocía.

Solo en otra ocasión he sido detenido en un aeropuerto y amenazado con ser deportado. Ocurrió hacia 1988 en Santo Domingo, ciudad a la que viajaba todos los meses a presentar un programa de televisión. Llegué como todos los meses y me dijeron que mi visa había expirado y, al revisar mi pasaporte, comprobé que en efecto había vencido. Pero (y esto lo he contado en Aquí no hay poesía), en lugar de encerrarme en un cuarto del aeropuerto, me llevaron a un hotel en el malecón, acompañado de un custodio de migraciones, debido a que me habían reconocido de la televisión y no estaban tan seguros de que querían deportarme efectivamente (la severidad en el cumplimiento de la ley no parecía en el ADN de los policías migratorios dominicanos, más proclives al entendimiento flexible y risueño). El agente y yo nos emborrachamos aquella noche, vimos un juego de béisbol en la televisión, fuimos a una discoteca, bailamos merengues con mulatas de fuego y cuando él quedó dormido, en estado catatónico, yo comprendí que no sería deportado y di por buena mi entrada a la República Dominicana, país maravilloso que me dio trabajo cinco largos años como periodista de televisión.

Siempre que regreso a Santo Domingo, busco el rostro de mi amigo, el agente migratorio, entre los oficiales que examinan los documentos de los viajeros. No he vuelto a verlo. ¡Cómo me gustaría tomarme unos tragos con él y volver a la discoteca donde bailamos merengue mejor que Juan Luis Guerra!

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

 

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