Los titulares de la prensa recogen la ola de intolerancia que recorre el país y los estadounidenses se preguntan qué pueden hacer para detenerla: es alarmante contemplar cómo los crímenes de odio han aumentado un 30% este año.

Aún peor, desde el día de las elecciones presidenciales, el 8 de noviembre, la nación ha registrado más de 400 incidentes de intimidaciones, insultos, amenazas y pintadas que atentan contra inmigrantes, afroamericanos, homosexuales, musulmanes, hispanos y mujeres.

Y uno de los datos más inquietantes es que la mayoría de los sucesos ocurrieron en escuelas públicas, en las que organizaciones de derechos civiles ya habían detectado el reflejo del discurso alarmista que significó a la campaña electoral.

Por otra parte, la nación ha presenciado inusuales protestas populares, incluso violentas, contra el resultado de las elecciones, que demuestran cuán dividido política y socialmente el país está.

Unos citan a la campaña del presidente electo Donald Trump como causante del encrespamiento, mientras otros aluden a un supuesto caldo de cultivo que tuvo lugar durante los años de la presidencia de Barack Obama.

Y este auge del odio parece ser obra del populismo desenfrenado que no imaginamos ver en tierra estadounidense. El mismo populismo que denuncia desgracias y explota en las urnas las que exagera. Y cuando nadie logra desmontar esas falsedades, o no cuenta con la credibilidad para hacerlo, su paso no encuentra barreras y se convierte en un daño mayor.

Hace apenas unas horas vimos un video que recogía las imágenes de una muchedumbre lanzando saludos hitlerianos, al grito de “Hail Trump”, luego de que el exponente, Richard Bertrand Spencer, formulara una de sus ideas racistas, durante un encuentro en Washington DC.

Creemos firmemente que estos tipos de acciones de desprecio y odio no reflejan los valores de la nación, que promulgan la igualdad como ley fundamental de la sociedad estadounidense.

Un país que ha evolucionado hacia la justicia humanitaria y procura avanzar hacia la equidad, no puede permitir el paso del extremismo que atenta contra razas, religiones u orientaciones personales.

No se trata de reprender con palabras leves, que sólo inducen a la duda e incluso a la culpabilidad. Hay que condenar con palabras firmes que denoten la esencia de una nación que no permite el racismo, ni la discriminación, en ninguna de sus manifestaciones.

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