Me llama la atención que aún existan personas que no llegan a entender la separación creciente, más bien abismo, que existe entre los políticos y el pueblo llano en no pocas partes del globo.

Todavía hay gente que no ha logrado metabolizar la victoria de Donald Trump –que fue, fundamentalmente, fruto del voto de repulsa frente al establishment– que sigue sin comprender el Brexit o que se lame las heridas por el fracaso del Sí en el referéndum de Colombia.

Sin embargo, basta ver en qué ha concluido este último caso para entender lo que muchos se esfuerzan por no ver. El presidente Santos llegó a unos acuerdos bochornosos con los narcoterroristas de las FARC, cocinados en la Habana y apoyados por el papa Francisco –eterno abogado de los totalitarios de izquierdas– la Casa Blanca, el lobby gay, la Unión Europea y una legión de artistas y cantantes. Semejante iniquidad recibió además un respaldo mediático mayoritario. Oponerse a la capitulación ante las FARC equivalía a ser un asesino, un sanguinario, un nazi.

Al fin y a la postre, con todas esas circunstancias, Santos y su referéndum tenían que ganar sí o sí. Sin embargo, el sentido común del pueblo no se dejó engañar y el resultado de la convocatoria fue un no rotundo. En puridad democrática, el acuerdo con los narcoterroristas debía haber encallado siendo sustituido por unos términos que excluyeran inmundicias como la impunidad de los asesinos, la entrega de escaños que no obtuvieran por medio del voto popular, la donación de medios de comunicación o la ideología de género como materia obligada en las escuelas. Pero Santos ha vuelto a dar señas de despreciar el sentido democrático más elemental. Tras unas conversaciones protocolarias, ha suscrito un nuevo acuerdo con las FARC que, sustancialmente, es el que rechazó el pueblo colombiano en referéndum. Por supuesto, esta vez no lo someterá a ninguna consulta popular y procurará que el legislativo lo pase sin retoques. En suma, los colombianos fueron invitados a votar porque se pensaba que se dejarían arrastrar por la complacencia hacia los narcoterroristas de Santos y sus aliados. Como no cayeron mayoritariamente en el engaño, se escupe sobre su voluntad y se perpetra la indignidad que siempre se quiso llevar a buen puerto. No son pocos los colombianos que en las últimas horas se han limitado a formularme una pregunta: “¿Para qué nos hicieron votar si luego han hecho lo que han querido?”. La respuesta es sencilla. Los convocaron a votar por la sencilla razón de que pensaban que serían llevados como burros por el ronzal. Dado que no se ha obtenido ese resultado, simplemente se defeca sobre la voluntad popular. A partir de aquí, ¿puede creer alguien que las instituciones salen fortalecidas? ¿Hay persona que piense que aumentará la confianza en los políticos? ¿Resulta verosímil que alguien crea que los políticos son representantes de los ciudadanos en lugar de portavoces de oligarquías e impulsores de sus intereses particulares? Que no le extrañe luego a nadie que los sistemas se erosionen y acaben llegando al poder las propuestas más indeseables. El ciudadano de a pie se siente tan burlado, tan engañado, tan despreciado que no puede ser de otra manera.

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