De sólo pensar que hace siete años fui esclavizado por “Juego de Tronos“ (Game of Trones) siento nostalgia. La primera noticia que tuve de la serie llegó en una memoria flash infectada hasta el tuétano. Uno de esos dispositivos que pasaba por las intimidades portuarias de ni se sabe cuantas computadoras, armadas en piezas, o coladas ilegalmente por la Aduana de la República, con el miedo eterno de tenerlas albergadas en casa sin el título de propiedad a nuestro nombre.

Fue una tarde de luz y de infecciones. El mismísimo Kaspersky, rey enlentecedor de las máquinas de siempre, no pudo batirse con los virus troyanos que atacaban sin perdón ni antídoto. Parecían el mismísimo ejército de los caminantes blancos.

Desde entonces y hasta el día de hoy conseguir el capítulo de las más insospechadas formas fue meta absoluta de la tarde del lunes, durante las semanas en las que HBO se disponía a poner sus temporadas en el aire.

Cada entrega llegaba al lejano Holguín, Cuba, con subtítulos irregulares. No había quejas ni tampoco con quien quejarse. Éramos menos exigentes entonces.

Años más tarde la clandestinidad estilo hackers me llevó a perseguir las emisiones en Yucatán, México, desde “Cuevana” en cualquiera de sus versiones. Se trataba de una página web con las ideas de Robin Hood y las espadas de corsarios y piratas de internet, quienes por puro placer ponían la serie a disposición de todos de manera inmediata y gratuita.

Quizás por eso desde que llegué a los EEUU prometí al estilo de los Lannister (y los Lannister siempre cumplen sus promesas) que vería las emisiones justo el día que fueran presentadas desde un servicio de cable decente por el que he pagado religiosamente cada mes. Es lo menos que podemos hacer para retribuir esa carga de sensibilidad, elocuencia y belleza que se resume en cada una de las entregas de la serie. A fin de cuentas si pagamos todo, incluido lo que no vale la pena, por qué tornarnos avaros con el arte en su expresión más genuina.

Sin embargo, apenas hoy descubro que nunca antes había escrito sobre “Game of Trones”. Tanta gente lo ha hecho que me he reservado para poco antes de los finales. A fin de cuentas tampoco es proeza escribir sobre algo que tiene audiencia garantizada. Unos 16 millones de espectadores en el mundo no me dejarán mentir.

Cuando me hablaron por primera vez de la serie estuve a punto de perdérmela. Me dijeron que literalmente se trataba de una obra de ciencia ficción y ese no es un género que tenga nada que ver conmigo. Afortunadamente las evaluaciones ajenas casi nunca me convencen del todo y me fui en busca de mis propios calificativos. Así entendí dos cosas: a) nunca confundas una fantasía más bien heroica o épica con la ciencia ficción. b)A veces el adjetivo menos visible parece nada cuando en realidad lo es todo.

Y esa es quizás la fórmula mágica de “Juego de Tronos” que ha cautivado al universo. Sus creadores han sabido darle vida al brillo de la indeterminación. Han logrado redimir lo heroico creando metáforas grandilocuentes a la usanza de la gran literatura de antaño, la que curiosamente sigue teniendo miles y millones de seguidores en los cinco continentes, como para demostrar entre otras cosas, que si el arte de la palabra, hubiese podido cambiar este mundo nuestro, ya lo habría hecho. Deseos jamás le han faltado, y cada una de sus grandes obras han servido para dignificar los valores de los que todos nos seguimos enorgulleciendo.

“Juego de Tronos” es fantástica como serie y como género. Es infinitamente lírica, abundante en verbalidad y belleza del lenguaje. Sabe de sobra que no hay buena representación sin excelente diálogo. Tiene todo lo que la fatuidad hoy castiga en la era exprés, en los días descafeinados y trending, en los que sobresale la inutilidad y la estupidez. Viene siendo como un haz de luz al final del túnel.

El final de la serie se hace inminente. Cuando escribo estas líneas estamos a la espera del capítulo final de la temporada séptima que viene siendo el preámbulo del fin.

Incluso cerca del cierre de su círculo “Juego de Tronos” despierta airadas pasiones. Esa dramaturgia para nada lineal y mucho menos contemplativa siembra dudas a cada paso. Todo puede suceder, incluso cuando se resienten los hilos: nadie imaginó que fuera necesario a estas alturas ir a raptar un caminante blanco para traerlo en vísperas de la reunión entre Cersei y Daenerys, mucho menos asisitir a un nuevo enfrentamiento entre las Stark (Sansa y Arya) o la aparición del tío Benjen, venido como salvador, con el convencimiento de que Jon Snow no cree en hipotermias.

Todo puede suceder he dicho: incluso el dolor por la muerte de un hijo, puede mitigarse de golpe y porrazo, cuando la sufrida Daenerys ve esfumarse a su hijo el dragón Viserion y sólo tiene ojos para los six pack de Jon Snow, un enfermo no tan grave, ahora dispuesto a arrodillarse aunque esta vez sea para otros menesteres. Claro está, todo esto sucede cuando se van agotando los libros de George R.R. Martin y se imponen los redondeos. Nadie se muere la víspera o sí?. Cuidado con eso.

Qué pasará al final, pues casi nada. Será un cierre anunciado en Desembarco del Rey, un duelo verbal entre Cersei y Tyrion, Jon y Daenerys. Como podrán imaginarse todo no será retórico, para la ocasión se ha reservado alguna sorpresa por debajo de la manga, que vendrá siendo la papeleta de entrada a la gran guerra del hielo contra el fuego, en la que se centrará la siguiente y última temporada.

Como quiera que todos los caminos conducen al drama, ni siquiera los habitantes de los siete reinos podrán resistirse a la tentación de respirar los ambientes del Bardo de Avon. Toda la determinación de este final de temporada en “Juego de Tronos” podría parecer extraído del famoso monólogo del futuro de Ricardo III en la obra “Enrique VI” de William Shakespeare, sobre todo en la parte en la que dice: : “Vaya si sé sonreír, y asesinar mientras sonrío; y lanzar ¡bravos! a lo que aflige mi corazón; y humedecer mis mejillas con lágrimas artificiales. Ahogaré a más marinos que la Sirena; mataré a más mirones que el basilisco; engañaré con más astucia que Ulises. A mi lado le faltan colores al camaleón, y el criminal Maquiavelo es un aprendiz. Y si sé hacer todo esto, ¿cómo no voy a arrancar una corona?”.

No importan las épocas. La universalidad es la misma. Estemos advertidos. Estas cosas pasan especialmente cuando la poesía se siente embriagada por el aplastante peso de las multitudes. Que se olviden las manchas y sobrevivan las luces de “Games of Trones”.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

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