El periodismo consiste en contar que Fidel Castro ha muerto a gente que no sabía que Fidel Castro estaba vivo. Los personajes relevantes de la historia deberían morirse a edades razonables. No es sano acumular en vida tantos miles de obituarios en los cajones de las redacciones de todo el mundo, esperando su momento. El padre de Fidel también fue muy longevo. Tanto que ahora mismo no recuerdo si está muerto. Sé que era gallego, como yo. Que fue pobre y campesino, emigró, se hizo rico en Cuba, y después maltrató a placer a los campesinos pobres que contrataba en sus tierras. Fidel quiso continuar la obra de su padre empobreciendo a todos cuanto pudo y enriqueciéndose en su nombre. Si la revolución de Castro era eso, no hay duda de que fue todo un éxito. Para Castro.

La primera víctima de toda revolución es el buen gusto. Eso explica por qué el neocastrismo se acabó reencarnando en la caricatura de un comandante vestido con ropa de hacer deporte, desde Caracas a La Habana. Quizá por eso en Twitter, tras la muerte de Castro, algunos han bromeado sobre la inminente quiebra del fabricante de chándales Adidas. El dictador cubano convirtió en icono su dos uniformes oficiales: el de comandante y el de salir del gimnasio. Chávez lo aprendió pronto, porque el Señor tampoco lo había llamado por los caminos de la elegancia. Con todo, del castrismo no abominamos la estética sino la ética. De la revolución no abominamos a la legión de cantautores políticos -que también- sino a los tribunales revolucionarios.

A pesar de las dolorosas torturas que el sátrapa ordenaba asestar a sus presos políticos, la mayor de las injusticias del castrismo fue someter al pueblo a los discursos de Fidel. Acostumbraba a bailar con la entonación, pasando de la emoción a la amenaza, de la sonrisa al llanto victimista, siempre en un tono entre solemne y enojado. La principal característica de la obra oral de Fidel es la infinitud. No hay prueba científica de que el tirano haya concluido alguno de sus discursos. Ningún pueblo, por desdichado que sea, se merece el tormento de un dirigente enviándole un mensaje hablado de siete horas de duración. Además, nadie tiene nada tan importante que decir.

Por lo demás, estoy con Gómez Dávila: revolución es el período durante el cual se estila llamar “idealistas” los actos que castiga todo código penal. Ese idealismo de Fidel, manchado de sangre, se ha sostenido sobre una élite progresista internacional comprada, entre otros placeres sucios, con el narcótico de la prostitución cubana a cargo de la casa. Su única condición: no contarlo. Putas y silencio, ese sería un buen resumen del legado de los Castro. E incluso más allá de Fidel, el castrismo siempre ha sido exquisitamente escrupuloso con su propia semántica. Quiero decir que, a fin de cuentas, su único proyecto político ha sido el de castrar a los cubanos.

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