Hace unos días tuve el placer de conversar con un simpático matrimonio español, de visita en Miami. Alguien les dijo que yo sabía algo sobre música cubana y se me acercaron para conversar sobre diversos aspectos de la leyenda musical de La Isla, de la cual conocían bastante e incluso me sorprendieron contándome que todavía oían grabaciones del gran Antonio Machín, “El más español de todos los cubanos y el más cubano de todos los españoles”, uno de los artistas más queridos en España, fallecido hace 40 años, el 4 de agosto del 1977.

Machín nació el 11 de febrero de 1903, en el pueblo de Sagua La Grande, provincia de Las Villas - en aquel entonces- y fue inscrito como Antonio Abad Lugo Machín, por sus padres, el emigrante español José Lugo Padrón y una negra cubana, llamada Leoncia Machín, unión feliz, a juzgar por la nutrida cantidad de quince hijos que llegó a tener la pareja.

Criar a quince hijos no era tarea fácil en ninguna época ni para el opulento Julio Lobo, así que Antonio tuvo que trabajar desde muy joven en diversos oficios, desde mandadero hasta albañil, aunque desde su temprana niñez se destacaba como cantante en el coro de la iglesia del pueblo. El párroco detectó su talento y se cuenta que a los ocho años lo puso a cantar en el altar mayor de la iglesia y se hizo leyenda la anécdota de que en una fiesta del pueblo, subido en una silla, cautivó a todos cantando el Ave María de Franz Schubert, lo que ya lo calificó como un talento del canto al que los sagüeros veían con simpatía.

Antonio comenzó a cantar e incluso, cuando pasaba alguna orquesta por Sagua, era invitado como refuerzo o por cortesía, ya que era sabido su musicalidad y buen gusto como cantante.

Su madre lo alentaba en su carrera, pero para su padre, no era un oficio digno de respeto, así que entre contradicciones y venciendo obstáculos, partió para La Habana en 1926 donde empezó a cantar en cafetines y donde pudiera alzar su voz en un dúo con el guitarrista Manuel Zaballa.

Tuvieron cierto éxito desde sus modestos escenarios y empezaron a ser contratados en lugares de mayor rigor e importancia hasta que un día, al ir a cantar en una emisora perteneciente al todavía joven circuito radial cubano, lo oye el director musical Modesto “Don” Aspiazu, que lo contrata como segundo cantante para su orquesta. Eso fue un salto de gran magnitud para su carrera, porque además de entrar en una orquesta organizada, con un innegable prestigio y demanda para la época se convirtió en el primer afro descendiente que cantó en el elitista Casino Nacional, lugar preferido por la más rancia sociedad de la época.

En 1930, Don Aspiazu consigue un contrato en New York, y allá Antonio Machín llama poderosamente la atención por su estilo y timbre, que desborda la comunidad latina convirtiéndose en una verdadera atracción, cuando logra el primer gran éxito de la música cubana en Estados Unidos con El Manisero, de Moisés Simons.

Ya existía una discografía y un historial de presentaciones que habían ido captando el interés de la colonia latina, que sin dudas constituía un segmento de mercado interesante para las compañías disqueras y de actuaciones en vivo de la época. Ya Antonio María Romeu, Los Matamoros y otros pioneros de la manera de sonar cubana habían dejado su huella y cubanos radicados allí hacían arreglos para las bandas norteamericanas e incluso habían creado agrupaciones como la Orquesta Siboney. El Manisero influyó notablemente en el sonido de la época y Antonio Machín aprovechó el éxito de la orquesta sin dormirse sobre sus laureles.

Hombre inquieto y de espíritu independiente, cantó con varias orquestas en los 4 años que vivió en la gran ciudad. En 1932, decide dejar a Don Aspiazu y canta con otras agrupaciones, como José Escarpenter y su Orquesta, Orquesta Antillana de Rafael Hernández, la de Julio Roque, Armando Valdespí, además de las que él mismo armó, como la orquesta que conformó con su nombre, la Orquesta Machín y el grupo con el que más grabó: El Cuarteto Machín, que fue un éxito absoluto con más de 150 grabaciones entre 1930 y 1935.

A pesar de su éxito en New York, donde ya tomaba forma un circuito latino, amantes de la música cubana principalmente, así como la proveniente de Puerto Rico y Dominicana, Machín que ya era famoso y había grabado una nutrida cantidad de números con su “cuarteto” parte hacia Londres en 1935 y posteriormente a París, donde “La Única”, Rita Montaner ya había hecho de su versión del Manisero un exitazo en 1928, pero las grabaciones de la RCA Víctor de Machín con Don Aspiazu del mismo número habían sido distribuidas en las tiendas y acogidas muy bien en el mercado. En 1936, grabó con una orquesta que armó con su nombre y el mismo Moisés Simons al piano, además de que actuó y dejó grabaciones con la orquesta de Eduardo Castellanos, en París donde no le faltó trabajo e incluso realizó giras por Europa.

Ya en 1939, parte de París, como miles de personas que ya sabían que tras la invasión a Polonia ese año, seguiría la expansión geófaga nazi y la humillación del Gobierno caricaturesco de Vichy y su anciano líder el mariscal Pétain. Por tanto, para un hombre de su color e incluso oficio, el panorama de un París ocupado por los fanáticos de la “superioridad aria” era más que tétrico, pero lo más curioso del asunto, fue que no volvió para Cuba, o para Estados Unidos, donde le había ido tan bien. Machín llega a la España destrozada por la terrible Guerra Civil con un Franco victorioso en el poder, quizás, por ser la tierra de su padre y por un hermano que vivía en Sevilla desde los años 20. En unión de un saxofonista de origen dominicano, Napoleón Zayas, intentó enlistarse para combatir al nazismo, pero desde España, donde el “Caudillo del Ferrol” se la jugó a Hitler, declarando neutral al país destrozado e inútil para contender bajo ninguna bandera, después del indispensable apoyo de los nazis en su campaña, comprendió que no había posibilidad de luchar del lado de los que amaban la libertad; la guerra ya no era asunto competente de la sufrida Madre Patria.

Pero Machín no se fue, y le apostó a la España que se levantaba trabajosamente de odios y escombros quedándose a vivir en Madrid, enamorándose de María de Los Ángeles Rodríguez y casándose con ella en Sevilla en 1943.

Ya hacía el oficio que más le gustaba y que mejor sabía: cantar. Con “Los Miuras de Sobré” tuvo algunos éxitos, aunque no se amarró a ninguna orquesta. Cuentan que cobraba 25 pesetas por las actuaciones más importantes, lo que no era despreciable para los años 40 en España y en 1947 tuvo lo que se podría considerar su segundo “Manisero”: “Angelitos Negros”, cuyo texto es una selección de un poema del gran Andrés Eloy Blanco (Cumaná, Venezuela 6/8/1887 – Cuernavaca, México 21/5/1955) con música del mexicano Manuel “Maciste” Álvarez Rentería (1896 – 1960) y según cuenta la leyenda, le llega a Machín por radio, interpretada por la gran María Antonia Peregrino, “Toña La Negra”.

Machín le agrega su toque personal y como se dice en el argot artístico “da un palo” fenomenal, convirtiéndola en su divisa en España, además de otros éxitos logrados entre los que destacan, “Dos Gardenias” de Isolina Carrillo, “Toda una vida” y “Quizás, quizás, quizás” de Osvaldo Farrés, “Bésame mucho” de Chelo Velázquez y varias más de una nutrida cantidad de autores, desde sones de Piñeiro hasta piezas del chachachá cuando se puso de moda internacionalmente, pues siempre se mantuvo atento al repertorio que estaba de moda en Cuba, que era lo que más se avenía a su estilo en el bolero, además de que podía cantar guarachas, pregones, etc.

En 1958, tras veintiocho años de su salida, regresa a Cuba, donde fue recibido como el triunfador que fue y se le reconoció como un importante difusor de la música cubana por el mundo. Su vida estaba en España, pero nunca rompió vínculos con Cuba. Varias veces compartió escenarios con grandes artistas cubanos con los que coincidió en la Madre Patria, donde su nombre prestigiaba cualquier cartelera.

Machín cantó hasta los 74 años; el 7 de junio de 1977, terminó su actuación a duras penas en Alcalá de Guadaira en Sevilla, presa de debilidad y agotamiento. Esa fue la última vez que se paró en un escenario, falleciendo el 4 de agosto de ese mismo año.

Fue tan querido, que nunca ha sido olvidado, con el lema de “El más cubano de todos los españoles y el más español de los cubanos” reflejó un sentimiento real y profundo de él hacia España y de la España hacia él, por eso ha sido objeto de documentales y espléndidos homenajes por grandes artistas españoles.

Machín sigue presente, en un monolito dedicado a su memoria en la Plaza Vicenç Martorell del Distrito de Ciutat Vella, de Barcelona, localidad donde obtuvo sus primeros triunfos en España, y en Sevilla que además de una calle que lleva su nombre, en la Plaza Carmen Benítez, se alza una estatua del sagüero, maracas en ristre, obra del escultor Guillermo Plaza.

Está enterrado en el cementerio de San Fernando en Sevilla y todos los aniversarios se reúnen alrededor de su lecho eterno, fácilmente identificable por poseer un obelisco como homenaje, un grupo de los amigos y admiradores para cantar algunos de sus éxitos y rociarle un poco de ron cubano sobre su tumba.

No es que exista un proyecto o intención de perpetuar su nombre entre las nuevas generaciones, pero el hecho de que todavía haya jóvenes que lo disfrutan, deja claro su grandeza y perdurabilidad, además de su importante contribución a la excelencia de nuestra historia musical.

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