El castrismo es sinónimo de fracaso. Pero a pesar de todo y ante los rostros asombrados y negligentes de algunas personas en el mundo, se mantiene en pie desde hace 58 años. Varias generaciones de cubanos somos responsables de su permanencia. Pero el mundo también ha sido cómplice de tan longeva dictadura, muchas veces sin avizorar la cercanía del peligro.

¿Qué han hecho las sociedades civiles, los gobiernos y las organizaciones internacionales para poner fin a un nefasto proyecto que desde sus inicios rebasó las fronteras cubanas? Hasta hoy se ha hecho muy poco, capaz de ponerle freno a la mortífera dictadura, la mayoría de las veces camuflada en la imagen de revolución popular y otras, como ahora sucede con Venezuela, sin hacer uso de ningún disfraz.

El mundo libre no está siendo todo lo enérgico que debiera respecto a lo que ocurre en Venezuela como antes tampoco fue lo suficientemente enérgico con la situación de Cuba. Durante décadas se han escuchado a mandatarios, cancilleres, oficiales de alto rango, virándoles la espalda a estos pueblos.

No hay que ser politólogo ni estar exhaustivamente informado para darse cuenta de que Venezuela es gobernada con las más desarrolladas estrategias castristas. Basta con escuchar a los ciudadanos y ver los videos de los atropellos que desbordan las redes sociales para comprobar que el estado de derecho y las instituciones democráticas hace tiempo dejaron de funcionar allí.

En Venezuela el castrismo ha vuelto a fracasar y a la vez ha vuelto a triunfar en sus repetidas crisis que recuerdan el eterno retorno nietzscheano. Aunque el pueblo masivamente le dijo NO a la trampa de la Constituyente, el régimen volvió a manipular las cifras, armó el sainete y las presentó enormemente adulteradas a los venezolanos y al mundo. Dudar que no sería así era una idiotez o una contribución al descalabro. La democracia y la inteligencia en el orbe han recibido un nuevo zarpazo del castrismo que no ha dejado de reír desde La Habana.

La Constituyente, o la Prostituyente, como algunos prefieren llamarle, es el candado que le faltaba poner al castrismo en Venezuela. Seguirán reprimiendo con más fuerza, encarcelando, torturando, matando hasta que sean depuestos. Ningún totalitarismo cae por las buenas pues entregar el poder no es su naturaleza. Pensarlo es una utopía y predicarlo un soporte más a sus crímenes. Las denuncias, las restricciones económicas, las consignas, los videos y testimonios de la represión son la prueba palpable de lo que se está viviendo pero no resulta suficiente para deponer una tiranía.

Un pueblo desarmado y desamparado no puede ganarle la batalla a las balas, el terror, las torturas y las bombas del absolutismo. Mucho menos si se trata de la dictadura que ha mantenido por tantos años a los cubanos en la miseria y el miedo, la desinformación y el conformismo, el deseo mudo y la emigración cómplice como artefacto para sustituir el exilio.

Si lo que sucede hoy en Venezuela hubiese pasado en 1959, probablemente los venezolanos estuvieran hoy tan solo como se sienten los cubanos. Mucho más solos, quiero decir, pues tampoco es que les falte mucho para arribar a ese estatus de la vapuleada isla caribeña envidiado por la más demagógica izquierda y el perfecto idiota ya no sólo latinoamericano y español -como alertaran Carlos Alberto Montaner, Plinio Apuleyo Mendoza y Álvaro Vargas Llosa en su best seller- sino por el perfecto idiota global. Pues sin duda la ignorancia y la decidía en cuanto a política e ideología sigue creciendo en el mundo con similar velocidad a la de la inflación, la inseguridad, el hambre y la arbitrariedad que aumenta en Venezuela.

En los años sesenta el mundo aplaudió sonriente al dictador cubano que desde una tribuna daba interminables discursos como el líder salvador de una “revolución de los humildes y para los humildes”. Y mientras millones caían obnubilados ante su admirables y tramposas palabras, en no pocas zanjas, apartadas de la euforia social, caían fusilados los que no estaban dispuestos a aplaudir la farsa siniestra que aún persiste y que no ceja en su intención de conquistar las Américas.

No olvidemos las guerrillas latinoamericanas y africanas de los Castro. Observemos la expansión del Socialismo del siglo XXI (SSXXI) y cómo con sus estafas electorales e ideológicas, hasta que los venezolanos salieron masivamente a calles, el castrismo ha intentado disfrazar sus dictaduras con constituciones ilegítimas que aniquilan los derechos ciudadanos y los someten al estado totalitario.

Cuando el castrismo se apoderó de Cuba no había Internet ni celulares en el mundo con los que filmar y difundir las realidades. Cuba es una isla y Venezuela parte de un gran continente. Fidel Castro desde el inicio arrasó con la democracia, los medios de comunicación, las empresas privadas y convirtió la educación no en un medio de enseñanza sino en un medio de adoctrinamiento y mandó emisarios a todo el mundo y el mundo les sonreía. Los cubanos oprimidos en la isla se quedaron solos. Y los pocos que alzaban su voz, en su país o el exilio, eran no sólo condenados por el régimen sino también por el silencio o la reprimenda de una parte del mundo que se autoproclama progresista.

A Hugo Chávez le tomó un poco más de tiempo acuchillar la democracia y luego Maduro, más ciego y más esclavo de los Castro que Chávez, ha seguido al pie de la letra y a toda máquina ese plan destructivo. No le importa que EEUU le denuncie y le congele cuentas bancarias o no le permita hacer negocios con empresas norteamericanas.

Las redes del castrochavismo están dispersas por el mundo y no sólo siguen aumentando sus arcas con el petróleo que les roban a los venezolanos sino también con diversas operaciones ilegales donde el narcotráfico y el terrorismo tienen un gran peso. Y Cuba, mientras haya castrismo, siempre será la isla paraíso de los enemigos de EEUU y de todas las democracias, el mejor refugio de los terroristas y los narcotraficantes. Si no le ocurre lo mismo que a Chávez, allí tendrán su guarida el maniquí disparatado y delincuente de Maduro y el resto de sus compinches fichados por la DEA.

Además de un régimen corrupto y pandillero, cuyo verdadero interés es el poder para implantar una economía de carácter criminal, el castrismo es también un veneno empalagoso que una parte del mundo se ha tragado. El castrismo no ha creado el odio hacia EEUU. Se ha alimentado de la envidia y el odio que siente algunos por lo que aún identifican como “imperialismo yanqui”. Odio hasta que tienen que salir corriendo de sus países y pedir asilo aquí. Odio sin sentido pues el verdadero imperio que desangra las Américas es el castrismo. Y mientras tanto, admiten muertes y miserias de todo tipo “en nombre de la revolución”.

Sin embargo, EEUU siempre ha subestimado el peligro del castrismo. Se ha dejado engañar lo mismo por arengas seudo humanistas que por falsas reformas, que por la peligrosísima metáfora de David contra Goliat. Hoy no se trata del enfrentamiento entre un gran país democrático y una pequeña isla comunista. Nisiquiera es cuestión de izquierdas y derechas porque la inmensa mayoría de las izquierdas y las pocas derechas que así se reconocen, están dominadas por la ceguera social, bajo la batuta del populismo, la defensa de las causas más superfluas, la aceptación de lo inaceptable, el terrorismo y el narcotráfico.

La justicia y las leyes triunfadoras del capitalismo están amenazadas, casi vencidas, por la corrupción. A pesar de las miles de denuncias, la mejor careta que ha encontrado la corrupción es precisamente el Socialismo del siglo XXI.

Venezuela ha hecho sonar la alarma. Una vez más comprobamos que el castrismo no sigue triunfando gracias a sus dotes sino gracias a la indolencia global. Y así seguirá hasta que la inacción se revierta. No olvidemos que a veces el tiempo más que un infalible calendario es una bomba de tiempo.

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