La Iglesia cubana, representada por el arzobispo de La Habana, Juan de la Caridad, ha dado un paso plausible: reclamar al régimen de Raúl Castro un mayor acceso al sistema educativo y más presencia en los controlados medios de comunicación de la isla.

A diferencia de su antecesor, el arzobispo Jaime Ortega, De La Caridad ha puesto el dedo sobre un tema incómodo para la cúpula dirigente de La Habana y aquellos que enarbolan los “cambios” recientes en la dictadura cubana.

Quizás sin proponérselo, De la Caridad ha echado luz sobre el hecho de que la falta de acceso de la Iglesia al sistema de enseñanza y su ausencia de los medios oficialistas es apenas la punta del iceberg de una verdad mucho más penosa: la dictadura cubana ha “jugado” en las últimas décadas a las “buenas relaciones” con la Iglesia Católica y ha usado las visitas de dos Pontífices a la isla para su propia sobrevivencia. Nada más.

En esa cuerda, en septiembre de 2015, durante la visita a la isla del papa Francisco, la televisión estatal transmitió dos entrevistas con Ortega y el arzobispo de Santiago de Cuba, Dionisio García. Hasta ahí la apertura. Ah, sí, también ha devuelto algunos inmuebles que habían confiscados.

La Iglesia –reza el texto del actual arzobispo- “desea tener parte activa y pública en la educación para las virtudes que quiten vicios y en el fomento de la concordia entre todos los cubanos, y quiere dialogar sobre todo esto o al menos paulatinamente”.

Ojalá y el pedido del arzobispo De La Caridad sea escuchado. A fin de cuentas, sus palabras van dirigidas a dictadores en el ocaso de sus vidas y esos, desde mucho antes de que los años les facturaran con crueldad el paso del tiempo, han tenido siempre oídos sordos para cualquier reclamo de libertad.

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