Saliendo de la Casa Blanca, tuvimos que pasar por un detector de metales y la alarma sonó apenas registró algo extraño en la cartera de mi madre Dorita. Un atento oficial uniformado escudriñó el bolso de mi madre y encontró dos cucharitas de plata.

-Son mías –se apresuró a aclarar Dorita-. Las traje por si me invitaban un tecito.

El oficial le creyó y las colocó de vuelta en la cartera. Pero yo me quedé dudando y por eso, cuando caminábamos hacia el parqueo donde habíamos dejado la camioneta, le pregunté:

-Mamá, ¿de verdad trajiste esas cucharitas desde Lima?

Dorita me miró con picardía y respondió, bajando la voz, casi susurrando:

-No seas tonto, pues, hijito. Son de La Casa Blanca. Me las llevé como un recuerdito, un souvenir.

Mi esposa Silvia soltó una carcajada. En efecto, nos habían servido té y café en La Casa Blanca, además de galletitas de chocolate para nuestra hija Zoe, de seis años, y nadie había advertido que, con gran sigilo, como toda una profesional, Dorita introdujo dos cucharitas en su cartera.

No me sorprendió: ella era una experta en llevarse cosas de los hoteles, las aerolíneas, los restaurantes y cafés, incluso de ciertos templos y catedrales. No lo hacía por necesidad, desde luego, sino puramente por traviesa, por pícara, porque se divertía enormemente haciendo trampitas y fechorías y llevándose recuerdos imperecederos. De los restaurantes, además de la comida sobrante, le gustaba llevarse cubiertos, copas y servilletas. De las aerolíneas, principalmente los edredones de plumas y las almohadas. De los hoteles, las toallas, las batas, todos los champús y cremas y chocolatitos de menta que saqueaba furtivamente de los carritos del servicio en los pasillos. Y de las catedrales e iglesias católicas, principalmente velas y cirios que apagaba con un discreto soplido y luego escondía en su cartera, un bolso grande, ancho, de doble fondo, en el que cabían todos sus recuerditos y souvenirs. Era, pues, una consumada coleccionista de objetos y piezas menores, y no iba a privarse de nada visitando la Casa Blanca de su admirado Trump.

Ya en la camioneta, le pregunté:

-Aparte de las cucharitas, ¿te llevaste algo más de La Casa Blanca?

-No, hijito, nada más, no te preocupes –me dijo, con aire distraído, como si no tuviera la menor importancia.

No le creí. Sospeché que algo más había guardado clandestinamente en su bolso infinito. Por eso, llegando al hotel, le pedí a mi esposa que examinase la cartera de Dorita, pero el operativo abortó porque mi madre no soltaba su bolso y lo tenía siempre al lado, como si guardase un preciado tesoro. Más tarde, cuando se quedó dormida, entramos en su habitación y escudriñamos minuciosamente la cartera. Solo encontramos galletitas sobrantes del té en La Casa Blanca, servilletas de tela con las iniciales DT del Presidente y un rollo de papel higiénico, presumiblemente sustraído de los baños de La Casa de Gobierno, porque tenía un sello que decía “Make America Great Again”.

-Pudo ser peor –comenté, y nos retiramos, en cierto modo aliviados.

Cuando visitamos la Catedral, a Dorita le molestó tanto que nos cobrasen por entrar, que decidió que tomaría severas represalias, y así fue. A plena luz del día, y con la naturalidad de una profesional trotamundos curtida en esas lides, fue deslizando en su cartera, con el aire santurrón y la mirada beatífica, varias biblias que se hallaban en las bancas, velas de todos los tamaños que soplaba y apagaba, estampitas de vírgenes, santos y beatos, y hasta cojines de terciopelo morado para suavizar la aspereza de la madera en la que los fieles más píos se hincaban de rodillas. Yo miraba todo atónito, perplejo, asombrado, no tanto por la pericia de mi madre para atesorar recuerdos que ella sentía que le pertenecían, sino porque en su bDolso de doble fondo parecía que podían caber tres bebés, un muerto reciente y dos perros caniches.

Tampoco me sorprendió que, cuando fuimos a almorzar al hotel Trump, a pocas cuadras de la Casa Blanca, un majestuoso edificio que antes era la sede del Correo en la capital de la nación, Dorita hiciera de las suyas: se llevó todas las servilletas y una cantidad insólita de toallas de algodón egipcio extraídas del baño, que decían “Trump International Hotel”.

-¿No están lindas las toallitas? –nos preguntó, mostrándolas en la camioneta-. Las voy a poner en mi baño de visitas en Lima, para que todos los que vengan a mi casa sepan que yo apoyo a Trump cien por ciento.

Más tarde recibí una llamada a mi celular, desde el cual había reservado la mesa en el restaurante del hotel Trump, y me habló, en tono comedido, un gerente de dicho establecimiento, quien me dijo, casi como si me confiara un secreto, que las cámaras de seguridad del hotel habían grabado a una señora mayor, muy elegante, una de mis acompañantes, llevándose todas las toallas de algodón del baño, ocho cucharitas de plata de las mesas adyacentes a la que habíamos ocupado, y cuatro paraguas al salir, y que por consiguiente estaba en la penosa obligación de cargarme a la tarjeta de crédito el valor de dichos artículos recogidos indebidamente. Me excusé, le dije que esa señora era mi madre y que hacía esas cosas por traviesa y le rogué que borrasen la cinta. No quise decirle nada a Dorita, no quería incomodarla, pero envié a mi esposa al cuarto de mi madre y en efecto encontró todo, hasta los paraguas con el logotipo del hotel Trump. ¿Para qué necesitaría esos paraguas la bella Dorita, si en Lima nunca llovía y apenas caía una garúa timorata, casi imperceptible? Se lo pregunté al día siguiente, celebrándole la picardía, y me dijo:

-Para metértelos en el poto cuando salgas en televisión diciendo que eres bisexual.

Luego soltó una risotada de niña traviesa y yo me reí con ella.

Pero lo mejor estaba por venir.

Nos habíamos alojado en el mejor hotel de Georgetown, muy cerca del río Potomac, a la vuelta de los cines, y nosotros, quiero decir mi esposa, nuestra hija Zoe y yo, tuvimos que retirarnos un día antes que mi madre, porque ella volaría a Lima directamente desde Washington, y nosotros regresaríamos a Miami, de modo que Dorita y su asistenta Tamarinda tuvieron que quedarse, o eligieron quedarse, un día más, solas, sin nuestra compañía, en el hotel, pues su vuelo salía un domingo a medianoche, y el nuestro partió el día anterior por la noche. Ese domingo, tal como yo lo sospechaba, Dorita se convirtió en Atila y arrasó con todo lo que encontró a su paso. Yo no fui testigo de ello, pues ya me había retirado del hotel, pero unos días después, ya estando en Miami, recibí una llamada del gerente de origen mexicano, quien, muy atento, me dijo:

-Su señora madre, tan encantadora ella, se ha llevado algunas cosas que lamentablemente, usted comprenderá, tenemos que cargarle a su tarjeta, señor Bayly.

-Comprendo perfectamente –dije, resignado-. ¿Podría decirme, por favor, qué cosas se ha llevado la señora Dorita Lerner?

El gerente tosió, carraspeó, se tomó su tiempo. Evidentemente se sentía incómodo y hubiera preferido no pasar por dicho trance bochornoso.

-¿No será mejor que le diga simplemente el monto que vamos a cargarle por los detalles que se llevó su señora madre?

-No, no, dígame, por favor –insistí, apreciando que usara la palabra “detalles”.

-Bueno, cómo no –dijo él, haciendo acopio de coraje.

Luego enumeró las expoliaciones que mi querida madre había rapiñado de esa propiedad señorial, cinco estrellas:

-Dos batas o albornoces. Ocho toallas grandes. Doce toallas de mano. Tres batas del sauna. Cuatro almohadas. Sábanas y mantas. Dos relojes alarma de la mesa de noche. Seis colgadores.

Escuchando atentamente el botín que había reunido subrepticiamente mi madre, yo no podía sentirme molesto, al contrario, me reía a solas, para mis adentros. El mexicano prosiguió, relatando el tamaño del latrocinio o las fechorías de Dorita:

-Dos linternas. Una bacinica. Todo el contenido del mini-bar.

-¿Incluyendo las bebidas alcohólicas? –pregunté, sorprendido.

-Todo, señor –respondió el mexicano-. Absolutamente todo.

Será para su personal, porque Dorita no toma una gota de alcohol, pensé.

-Pero lo más insólito, y esto no nos ha ocurrido nunca, señor Bayly, es que su señora madre se llevó algo que sacó discretamente por la puerta trasera o de servicio del hotel –continuó.

-¿Qué se llevó? –pregunté, lleno de curiosidad.

-Bueno, espero que no se moleste, pero tenemos que cobrarle esto también –me previno el gerente, con los mejores modales y un tono de unción quizá excesivo-. Su señora madre se llevó doblada la cama plegable en la que durmió su asistenta.

Solté una risotada.

-¿En serio? –dije-. ¿Se llevó la cama plegable?

-Así mismo, en efecto –respondió el gerente-. Pero no se preocupe, no es cara, solo le cobraremos doscientos dólares por la cama.

Si serán usureros, pensé, digno hijo de mi madre: con doscientos dólares, ¡compro diez camas plegables en Lima! Pero no se lo dije, claro, no quería ser rudo y que le lloviera sobre mojado. Le agradecí y lo autoricé a cargarme todo a la tarjeta.

Más tarde, camino al canal, llamé a mi madre desde el auto y le pregunté:

-Mamá, ¿te llevaste algún recuerdito del hotel de Washington?

-No, mi Jaimín, nada de nada, ¡cómo se te ocurre! –dijo Dorita, con su mejor voz de pícara.

Luego añadió:

-Amor, cuando vengas a Lima, he comprado una camita plegable para que tu linda Zoe se pueda quedar a dormir en mi cuarto, ¿no te parece una gran idea?

-¡Gran idea, mamá, gran idea! –dije, reprimiendo la carcajada.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

 

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