El viajero consentido
En mi larga experiencia de trotamundos, que comenzó a los veinte años (y ahora tengo cincuenta y dos), puedo dar fe de que no era entonces, hace más de treinta años, lo mismo viajar en una chatarra de AeroPerú o Faucett que en un Lufthansa a Franfkurt

El viajero experto, profesional (y yo me jacto de serlo, perdón por la inmodestia), elige el vuelo no sólo teniendo en consideración el horario de salida (yo nunca vuelo antes de las dos de la tarde, debido a que soy un dormilón y detesto madrugar), sino especialmente el tipo de avión: hay que evitar los viejos 737 y los pequeños 319, hay que buscar con denuedo los 757, 767 y 321 que tengan “asiento reclinable” y no “asiento reclinable estándar”, y hay que tratar de conseguir (aunque esto es virtualmente imposible en los vuelos domésticos en los Estados Unidos) un 777-300 con primera clase o un 787: esto último es todo un arte, y a veces hay que dedicar horas pacientes y expectantes hasta conseguirlo, y entonces una sensación parecida al éxtasis se apodera del viajero consumado.

En mi larga experiencia de trotamundos, que comenzó a los veinte años (y ahora tengo cincuenta y dos), cuando fui contratado para hacer un programa de televisión fuera de mi país natal, lo que me obligaba a viajar todos los meses, un trabajo que supo durar cinco años y me convirtió en adicto irrecuperable al trance superior de viajar cada dos o tres semanas buscando un conocimiento del mundo y sus gentes que resultaría esquivo si uno se quedase a vivir en la aldea o la tribu de la que es originario, puedo dar fe de que no era entonces, hace más de treinta años, lo mismo viajar en una chatarra de AeroPerú o Faucett (líneas de bandera peruana ambas, que ofrecían servicios de bingo y champagne gratis durante el vuelo, todos los pasajeros y los tripulantes alcoholizados, hace años ya quebradas y fuera de circulación, tras algunos accidentes espantosos), que en un Lufthansa a Franfkurt (mi primer viaje fuera del Perú, invitado por la embajada alemana a conocer Berlín dividido por el muro), como no es ahora ciertamente lo mismo viajar en un American 737 que en uno 777 o en un 330. El vuelo doméstico más confortable en American que he probado (y que, a despecho de mi bolsillo, repito con cierta frecuencia, un par de veces todos los veranos, para felicidad de mi familia) es el 777-300 entre Miami y Los Ángeles, con servicio de primera, ejecutiva y turista, solo ocho asientos maravillosos en primera clase, que ofrecen la comodidad de una cama y también de un escritorio, si uno desea trabajar en el ordenador, como suelo hacerlo cuando viajo. También hay un 777 entre Miami y Dallas, pero no he volado todavía en él porque sale de Miami muy temprano, antes de mediodía, lo que ya me arruina el viaje, y no sé si es el 200 o el 300 (el 200 no tiene primera, solo ejecutiva), y había un 777 entre Miami y JFK, pero me parece que lo han descontinuado, y la opción más cómoda en esa ruta es el 767 con “asiento reclinable”, no “asiento reclinable estándar” (y cuento todos estos secretos a riesgo de que mis amables lectores ocupen antes que yo esos pocos asientos tan deseados). El único 787 de ensueño que, entiendo, vuela en ruta doméstica en este gran país, es uno de United entre Houston y San Francisco, pero no lo he probado todavía, que lo disfrute quien pueda.

Descontando el vuelo de Qatar Airways que vuela desde Miami directo a Doha (catorce horas, si no hay demoras ni contratiempos, en un 350 seguramente espectacular que no deseo abordar pronto ni nunca), probablemente el avión más grande y lujoso que despega desde Miami es el Lufthansa 380 con servicio directo a Frankfurt. Tiene, por supuesto, una formidable primera clase, y, si uno la compra con bastante antelación, cuesta no arriba de diez mil dólares, sino unos seis mil, que también duelen, pero menos. Creo no equivocarme al afirmar que ese Lufthansa es el vuelo más confortable y refinado de cuantos parten desde Miami a los distintos cielos del mundo. También hay un Lufthansa directo a Munich, pero es sólo un mesocrático 330. Ahora bien, otros vuelos altamente recomendables por su exquisita atención de primera clase son el American 777-300 a Buenos Aires, que sale de Miami cerca de las once de la noche; el American 777-300 a Sao Paulo, también saliendo pasadas las diez de la noche; y el American 777-300 a Londres, que despega con suerte pasadas las nueve de la noche. Son, hasta donde sé, los mejores aviones de la flota de American, y uno sólo puede disfrutarlos en aquellas rutas internacionales, además de la ya mencionada extravagancia a Los Ángeles, que puede conseguirse por poco más de dos mil dólares ida y vuelta, comprando el billete un par de meses antes. Si buscamos la máxima comodidad en vuelos largos partiendo de Miami, también quisiera recomendar, y con entusiasmo, porque es una de las mejores aerolíneas del mundo, el vuelo de Latam a Santiago de Chile, un 787 fabuloso y a precios no tan desorbitados.

El viajero curioso probablemente me dirá que American también destina estupendos 777 en sus vuelos a Madrid, Barcelona, París y Milán, lo que desde luego es cierto, pero esas cuatro rutas transcontinentales son cubiertas por 777-200, que desdichadamente no tienen primera clase, de modo que el mejor asiento disponible será siempre uno en clase ejecutiva, con bastantes comodidades por supuesto, pero muy por debajo de las holgadas dimensiones y la notable privacidad de un 777-300. Lo sé porque viajo bastante a Madrid y Barcelona, y siempre echo de menos el avión que suele llevarme a Los Ángeles o Buenos Aires, casi por el mismo precio, el rey de la flota, el 777-300, que es el que hay que buscar con ojo avizor y presupuesto de jeque manirroto.

Algunos otros secretos bien guardados que quisiera compartir con los viajeros consentidos que vuelan desde Miami: si el destino es Roma, no esperen grandes cosas del viejo Alitalia, y consideren el American directo a Milán; si es París, sugiero inmodestamente no el Air France ya algo vetusto, sino el American, aunque sin primera clase, no se hagan ilusiones; si es Viena, Zurich o Berlín, recomiendo sin vacilaciones el Lufthansa directo a Frankfurt, y no los directos de Austrian, Swiss Air y Air Berlin, que usan aviones de muy inferior calidad; y tal vez no sepan o hayan olvidado que uno puede viajar directo a Moscú en Aeroflot, o a Estambul en Turkish, pero ¿quién quiere ir a jugarse la vida a esas ciudades tan peligrosas en estos tiempos, sobre todo la segunda? También es conveniente recordar que SAS ofrece vuelos directos desde Miami, aunque no todos los días, y sin primera clase, a Copenhague y Oslo, en un decoroso 330, con una clase ejecutiva a precios bastante asequibles: Copenhague, me consta, es un paraíso en verano, muchas mujeres bellísimas paseando en bicicleta, las faldas al viento, inconscientes de sus poderes de hechizo e hipnosis entre los peatones mirones como yo, y Oslo parece ser un buen lugar para ir a suicidarse en invierno, cosa que hacen muchos noruegos, con el auxilio de buen vodka para templar el ánimo.

Antes, y durante largos quince años, desde que me divorcié de mi primera esposa y ella se fue con nuestras hijas a vivir en Lima, hasta que me enamoré de mi actual esposa y nos instalamos ya todo el tiempo en Miami, solía viajar a Lima todos los fines de semana, todos, sin excepción, saliendo de Miami el viernes a medianoche y regresando el lunes de madrugada, y no dudaba en acomodarme en el vuelo de Latam, entonces llamada Lan, un 767 que en aquellos tiempos superaba largamente en comodidad a los que American despachaba a Lima, unos aviones 737 decrépitos, añosos, cuya clase ejecutiva daba pena, los asientos erectos, o casi, todo el tiempo. Pero ahora, que solo voy a Lima una o dos veces al año, no siempre elijo Latam, porque American ha destinado a mi ciudad natal un 767 remozado, con una cabina de ejecutiva similar a la que usa en sus vuelos a Montevideo (filas de un asiento solitario con ventana, dos asientos en medio, y otro solitario en la otra ventana), que me resulta altamente conveniente, por la opción no tanto del precio, que de todos modos es algo inferior al de Latam, sino del asiento solitario, que te previene o exime del peligro de un vecino charlatán, descomedido, ruidoso o flatulento, de los que, como bien sabe todo viajero frecuente, abundan por desgracia en todos los vuelos y todas las clases (a veces son peores los de primera, curiosamente, pues se creen los reyes del mambo y te intoxican a ventosidades sin la menor compasión, habiendo un baño tan cerca). Si uno compra a tiempo la primera fila, ventana, en ese American que despega de Miami hacia las cuatro de la tarde con destino a Lima, gozará de una cierta privacidad que mis queridos amigos de Latam no ofrecen todavía en esa ruta.

Por último, después de treinta años viajando con cierta desmesura, y no privándome de nada, me permito recordar que, al menos en mi caso, hay que llevar siempre una almohada ortopédica, tapones de goma para los oídos, abundantes caramelos de menta y bufandas o chalinas de seda para cubrirse los ojos y obtener el efecto deseado de la total oscuridad. Una pastilla para dormir será siempre bienvenida en los vuelos muy largos (yo tomaba el potente hipnótico Dormonid, ahora mi esposa no me lo permite, de modo que leo, veo películas y escribo), pero no será prudente ingerirla si el vuelo dura menos de cinco horas, porque uno no quiere llegar aturdido, baboso y zigzagueando a su lugar de destino, es mejor llegar fatigado, pero lúcido y atento. ¡Alas y buen viento!