Soy tan perezoso, tan apegado a una rutina sedentaria, tan amante de mi cama de rey depuesto y mi escritorio de plumífero en decadencia, que, a pesar de que llevo más de veinte años viviendo en esta isla, no me había aventurado a visitar las plantaciones de ricos aburridos en Boca Ratón y Palm Beach, dos horas al norte en coche desde mi casa, siempre que no hubiera un atasco de tráfico descomunal, como los que ocurren a menudo por un choque, una obra innecesaria o un motociclista que se creía inmortal y salió eyectado, volando hasta caer en el pavimento, exangüe.

Lo más al norte que había llegado conduciendo un vehículo, y esto ocurrió hace muchos años, cuando todavía me gustaba ir un domingo a la playa, era a Fort Lauderdale, acompañado de mis hijas, quienes deseaban visitar a una amiga, y de aquella excursión recuerdo que mi hija mayor se negó a usar el ascensor, por lo cual subimos treinta pisos resoplando en las escaleras, y a punto estuvo de darme un infarto, y luego la amiga y sus padres nos llevaron a unas tiendas de rebajas y descuentos, de productos en desuso o fallados, y aquello fue descender al cuarto círculo de los infiernos de Dante, el de los avaros, y entonces me juré no volver más a esos arrabales desangelados, y supe cumplir mi promesa.

Fue la fría determinación de mi esposa, mujer de armas tomar, la que me obligó a deponer mis reservas y temores, rendirme, tirar la toalla como un pusilánime al que le pisaban el poncho, y resignarme a hacer reservas en un hotel de Palm Beach, el último fin de semana largo de mayo. Los argumentos de mi mujer eran sólidos, irrebatibles: había contratado a un técnico en matar bichos para que fumigara su cuarto, lleno según ella de polillas; nuestra isla se llenaría de visitantes indeseables por el lunes que caía feriado, bárbaros intrusos e invasores con dudosos hábitos de higiene que colmarían los comercios del barrio, dejándolo todo hecho un estropicio y desaseado; y ella y nuestra hija querían conocer un mar más limpio y agradable que el que circundaba la isla en la que vivíamos tan sosegadamente, y apostaban a que, dos horas al norte, el mar estaría menos contaminado y sería transparente. Derrotado en toda la línea, súbdito de mis chicas, le pregunté a la señora de la casa en qué hotel quería alojarse y ella no vaciló en responder lo que yo sentí como un cachetazo:

-En The Breakers.

A sabiendas de que ese hotel me dejaría esquilmado y con el pecho frío, pregunté las razones de su preferencia y ella respondió:

-Porque allí se casó Sofía Vergara, y yo confío en Sofía, no en ti.

Tales fueron las circunstancias apremiantes, inescapables por mi parte, que nos condujeron, un sábado pasado el mediodía, con la autopista milagrosamente desierta, al señorial hotel de Palm Beach que eligió mi esposa, y debo reconocer que no se equivocó. El hotel es imponente, majestuoso, una suerte de templo laico o catedral pagana o Vaticano de los epicúreos; la decoración evoca los tiempos de grandeza y esplendor, hace un siglo, cuando Miami era todavía un gran pantano y el ferrocarril no llegaba tan al sur; los techos están pintados al fresco y la bóveda es una suerte de Capilla Sixtina de los herejes; el bar invita a rendirse a las bebidas espirituosas; y en las tiendas del lujo los conceptos de pobreza y miseria son completamente extranjeros. Las habitaciones que nos asignaron, en el cuarto piso, con vistas laterales al océano, eran grandes e impregnadas de una cierta paz antigua, noble, y ningún detalle chirriaba o sobraba, y me dije que aquellos aposentos parecían propicios para acometer una novela, a no ser por los precios, que eran de usura, lo que me obligaría a escribirla en apenas una semana. Al lado de los lujos y fastos de ese gran hotel, el Biltmore de Coral Gables parecía un chalecito mesocrático y uno podía entender por qué Sofía Vergara se casó en los jardines frente al mar de esa propiedad fabulosa, de ensueño, aunque sigo sin entender por qué no me invitó al casamiento, siendo yo un hombre tan sociable y encantador.

Huyéndole como le huyo al sol y sus estragos perniciosos, tenía pavor de que la playa y la piscina fuesen lugares incómodos. Todo, sin embargo, desbordó mis expectativas y me permitió descansar groseramente, más de lo que había imaginado: en la playa había un ejército de jóvenes briosos, todos con nombres en inglés, sospechosos de haber votado por el presidente rubicundo con aires de emperador, vestidos de camiseta celeste y pantalón corto café, abriendo orificios en la arena con una pequeña máquina eléctrica, digamos una perforadora o taladradora, para luego hundir y afirmar sombrillas benefactoras, extendiendo sus dominios bienhechores sobres las tumbonas cubiertas de toallas de algodón; y una vez que te dejabas caer flácida y perezosamente en una de esas sillas plegables, bien guarecido de los rayos solares, los muchachos ofrecían bebidas alcohólicas, jugos, batidos, pócimas verdes o naranjas que obraban milagros y desintoxicaban en un santiamén. Pasábamos, pues, de las tumbonas al mar, y del mar a las piscinas, que eran tres, una para adultos, dos para infantes, y de las piscinas a la playa, y así transcurría el día, sin que tuviésemos que tomar ninguna decisión estresante, salvo una y solo una: ¿pedimos vino blanco, champagne o el jugo Inmunidad? Nuestra hija hacía amigas con una facilidad asombrosa, mi mujer despertaba las miradas lujuriosas del salvavidas al que ella coqueteaba con descaro, y yo procuraba leer, aunque a ratos me vencía un soponcio parecido al que debió de experimentar el golfista Tiger Woods antes de que lo encontrase la Policía, no muy lejos de nuestro hotel, hacia las tres de la madrugada.

Como soy un animal de hábitos y costumbres, había hecho reservas en el restaurante más elegante del hotel, y grande fue nuestra sorpresa cuando nos informaron de que dicho restaurante, The Flagler Steakhouse, no estaba en el hotel mismo, sino a dos o tres cuadras, por un camino sobrecogedor, rodeado de flores y lagartijas panzonas y confianzudas, que no huían al verte pasar a su lado. Se nos ofreció una movilidad para acercarnos al restaurante, pero preferimos caminar e hicimos bien porque el paseo resultó muy conveniente para el espíritu y, de paso, para azuzar el hambre, que a las ocho de la noche no era menor. Quedamos maravillados con la comida: la ensalada de higos y col rizada; el branzino con espárragos; el filet mignon con maíz al vapor; no así el pollo orgánico, pues sirvieron muslo, no pechuga. Había muchas señoras que se parecían tanto a mi madre, delgadas, espigadas, refinadas, que hablaban susurrando y reían de soslayo y seguro que decían chismes deliciosos; había muchos señores que parecían a mi padre, que en paz descanse, vestidos como jugadores de golf retirados, dándole a la bebida sin cesar, me temo que republicanos casi todos; y casi no había indios bárbaros del sur como nosotros, estábamos en franca minoría, nadie se me acercó ni me saludó ni me dijo que veía mi programa, nos sentíamos como infiltrados o espías o topos en una fiesta de blancos anglos regios con relojes que valían más que mi automóvil, y por eso recién me sentí en confianza, uno entre pares, con los chicos del valet parking, ni siquiera con las camareras, que parecían amigas de mis hijas mayores, quienes han dejado aparcado al español como me dejarían a mí en un geriátrico de Hialeah, como una cosa que ya estorba, molesta.

Tanto el sábado como el domingo hubo tremendas bodas en los jardines del hotel, con músicos en vivo, laxos predicadores religiosos oficiando la ceremonia con aire improvisado, señores de pajarita y señoras de vestido largo y sombrero, y no pude resistir la tentación de entrar en esos jardines de pasto artificial y sentarme en una silla blanca de la última fila, con mi traje de baño azul, mi camisa bien arrugada y transpirada y mis medias negras para bañarse en el mar, beach socks que mi esposa compró en Amazon, y sin saber quiénes se casaban, qué amores se fundían, qué dos soledades se canjeaban aquella tarde, me emocioné tanto que eché un par de lagrimones, hasta que un fornido hombre de seguridad me preguntó si estaba invitado y por qué estaba vestido de un modo tan inapropiado, y no se me ocurrió otra cosa que decirle:

-Es que la novia me dejó para casarse con él. Perdóneme, pero vine a curiosear. Soy escritor: me gustan las emociones fuertes.

-Comprendo –me dijo él, y palmoteó mi espalda en gesto solidario.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

 

Deja tu comentario