Después de tantos días de tensión, la noticia de que ya hay colas en los restaurantes nos trae la cuota de alegría que necesitábamos. Parecería que la normalidad, poco a poco, va camino a restablecerse en el condado.

No obstante, nos falta mucho aún para volver al punto de partida: miles de hogares no disponen de electricidad y un recorrido en auto constata que hay toneladas de troncos y ramas en las orillas de las vías. El distrito escolar todavía no ha informado si habrá clases la semana próxima. La gasolina escasea. El toque de queda se mantiene en ciertas ciudades.

En fin, la normalidad aún no ha retornado.

Por lo visto, la etapa de reconstrucción demorará semanas y, en algunos casos meses. Irma nos enseñó apenas los colmillos, pero dejó una estela de destrucción como para corroborar que todos los temores estaban plenamente justificados. Si el huracán, con categoría 4 o 5, nos hubiera pasado por encima —como ocurrió en la isla de Cuba—, nadie podría imaginar la dimensión de la tragedia.

Es por ello que, después de felicitarnos por la increíble suerte o la probada efectividad de las oraciones, debemos reconocer, ante todo, el liderazgo del gobernador de la Florida Rick Scott, quien desde el inicio se explayó en advertencias a la población (nunca antes lo vimos tanto en televisión) y, junto con su equipo, tomó las medidas pertinentes para evitar males mayores y solicitar la imprescindible ayuda federal.

Algo similar podemos decir de los funcionarios del Condado Miami-Dade y de las ciudades. Ni siquiera en campaña estuvieron tanto frente a cámaras y micrófonos ni tan en contacto y comunión con sus electores. También ellos hicieron admoniciones, aconsejaron, persuadieron y, finalmente, compartieron nuestros temores, en vísperas de la llegada de Irma, y alivios, una vez que esta se enfiló hacia el noroeste.

En verdad, la población pudo prepararse con tiempo de antelación gracias a que pudo disponer de la información suficiente. En este sentido, los medios de comunicación desempeñaron un papel decisivo con la transmisión de boletines, comentarios de meteorólogos y actualización de noticias. Es una pena que los reporteros —por exigencias de la producción— volvieran a reincidir en esas muestras de heroísmo inútil, para explotar el lado sensacionalista y espectacular del fenómeno. Al parecer, es una tendencia de todos los canales estadounidenses, incluso los más serios. Nada que hacer.

Punto y aparte merece el tema de la evacuación. Miles de familias pudieron trasladarse a decenas de refugios, algunos instalados a última hora, en vista de que la afluencia de los residentes rebasó los cálculos. Cualquier dificultad, contratiempo y confusión es disculpable, porque nunca antes el Condado tuvo que afrontar tamaño desafío. Hay aquí una experiencia por analizar y de la cual aprender, porque seguiremos teniendo huracanes y, al parecer, seguirán siendo temibles.

Las medidas programadas para el “día después” funcionaron como un reloj. Resulta asombroso que la misma noche del domingo las brigadas salieran a abrir caminos, entre los despojos, para facilitar el tránsito. Y con la misma eficiencia han proseguido las labores de limpieza; tendrán trabajo para largo rato.

Merece también destacarse el desempeño de la Policía, siempre vigilante en nuestras calles para evitar robos y otras acciones delictivas o acudir ante una llamada de auxilio.

Un tema menos feliz: el toque de queda. No hubo suficiente coordinación entre las ciudades y el Condado, y esto dio pie a que la población se sintiera algo perdida. La delimitación de zonas de circulación libre y sus horarios no siempre fue clara, a lo cual contribuyeron las decisiones de las ciudades para establecerlo y levantarlo.

Sin duda la etapa de reconstrucción tomará su tiempo, así que tendremos que dar muestras de mucha paciencia. Ojalá que sepamos extraer experiencias de lo vivido y mantengamos el espíritu de solidaridad y altruismo que dimos con creces en estos días. Ahora, a trabajar.

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