Francisco Santos, exvicepresidente de Colombia, escribe recién acerca de los síntomas que, en su criterio, vuelven atrás las páginas de la historia. Fija una fecha, 1648. La Paz de Wesftalia es el parto de los estados-naciones tal y como los conocemos, suertes de Leviatán que se oxigenan con el concepto de la soberanía.

Le preocupan a Pacho el Brexit, la elección de Trump, y la posible victoria de Jean-Marie Le Pen, en Francia. La popularidad de ésta, dice la prensa, se nutre y crece sobre la infelicidad de los franceses, pues se sienten parias dentro de su propia casa.

No hay duda en cuanto a que tales aguas encrespadas resultan del choque y se nutren, por una parte, de las autopistas sin alcabalas que transitan con desenfado y narcisismo sumo los “milenials” – quienes excluyen de sus redes a los molestos o quejosos – y, por la otra, de las cavernas o nichos sociales que emergen dentro de los mismos estados, anulándolos en su interior. Se integran con exciudadanos que reclaman el derecho a ser diferentes, a no ser confundidos con los otros, por decirse unos y otros distintos en sus argamasas comunales, raciales, étnicas, de sexo, urbanas, verdes, religiosas, y paremos de contar.

Pero si lo anterior es máxima de la experiencia, cabe decir que desde la academia – es el caso de Luigi Ferrajoli, filósofo florentino discípulo de Bobbio – se demanda sin éxito de los responsables de la política construir narrativas, imaginar categorías inéditas para lo inédito; que permitan la reconstrucción del orden internacional que llega a su final – la ONU y la OEA son cascarones sin eficacia ni poder – y también procuren la reordenación de las localidades domésticas ante la mutación que sufren los Estados.

Sugerir que la salida de la Unión Europea que se plantean los británicos es un atentado contra la integración, debe al menos discutirse. La afirmación del neo-presidente estadounidense – “no soy más el presidente del mundo” - o que los galos pidan a gritos se le ponga un freno al deslave musulmán sobre su patria, léase, que se levanten otros muros como los que cuidaban de los castillos medievales, no implica, de suyo y como argumento, la resurrección del dogma de la soberanía.

Y es que en los discursos de los involucrados con las cuestiones citadas el tema que se plantea no es ese con exactitud; alude mejor a quejas morales y moralizadores de la gente común. Pues de soberanía sólo hablan - con ella nutren sus discursos políticos - los rufianes del siglo XXI, a fin de asegurarse espacios de impunidad para sus crímenes y desde los gobiernos que mantienen bajo secuestro. Venezuela, Cuba, Ecuador, Bolivia y Nicaragua, y acaso Colombia de tanto en tanto, son los emblemas.

Creo que la experiencia que mejor desanda o desata el nudo gordiano de la importante cuestión que ocupa y preocupa a Pacho Santos, es la victoria del NO en su querida Colombia. ¿Acaso la campaña en contra del SI liderada por Álvaro Uribe fue una apuesta a la violencia y no a la paz, defendida con ardor por la comunidad internacional y hasta por el Vaticano? ¿Tenía o no razón el ex presidente al predicar que ¡la paz sí, pero no así!, como aún la pretende el presidente Santos?

El asunto de fondo, pues, es moral. Es lo que nos divide adentro y afuera, a unos y a otros.

¡Y es que Trump dice que no quiere a extranjeros con expedientes criminales en su casa! ¿No es razonable su criterio, así le incomode a quienes defienden lo políticamente “correcto”?

Viene al caso citar el diálogo entre el ahora expresidente Obama y la dictadura criminal de los Castro, que se cuece mirando a los lados, pasando por alto los aberrantes crímenes de lesa humanidad ocurridos en Cuba durante más de medio siglo. Fue, no lo olvidemos, el telón de fondo para favorecer ese otro diálogo, “rebatiña de impunidad”, entre el presidente Santos y las FARC; tanto como éste, en la espera de una victoria del SI, aspiraba construirle un piso firme al reclamado diálogo de la oposición democrática con la narco-dictadura venezolana, en el que trabajan coludidos el ex presidente Rodríguez Zapatero y Nicolás Maduro. No por azar, luego de la victoria del NO, el último acaba con las elecciones.

En fin, lo vertebral no es la oposición entre lo global y lo nacional, sino entre la tolerancia internacional de quienes arguyen el derecho a ser diferentes en lo nacional, incluido el ser traficantes de drogas, para luego acabar con los otros, y los que le fijan fronteras morales a la democracia, que no son otras que las leyes universales de la decencia.

Al observar, hace pocas horas, el desenfado de miradas cómplices que se cruzan en el Palacio de Justicia el vicepresidente de Venezuela, acusado de crímenes de narcotráfico y terrorismo, y el presidente del Tribunal Supremo, un exconvicto, vuelvo atrás, muy atrás y dejo volar mi memoria para superar el cuadro del horror. Me encuentro ante los ojos del sacerdote salesiano y cardenal arzobispo de Santiago de Chile, Raúl Silva Henríquez. Lo miro en su reciedumbre y recibo en silencio su enseñanza, como imberbe embajador. ¡No le hago misas al gobierno de Pinochet; que se confiesen primero ante sus víctimas y hagan acto de contrición!, me dice en 1980.

Entonces regía la máxima moralizadora y de equilibrio entre lo mundial y el coto cerrado de los Estados, sembrada sobre la experiencia del Holocausto: “Nadie puede tremolar la soberanía para encubrir ofensas a la dignidad humana”.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

 

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