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De acuerdo con la Casa Blanca, los pilares claves de la política del presidente Donald Trump se basan en la reconstrucción de una infraestructura obsoleta, la creación de empleos, reemplazar el Obamacare y la reforma de políticas fiscales como vías para impulsar la economía de Estados Unidos, y así recuperar los niveles de grandeza de otros tiempos llevando la prosperidad a todos.

No obstante, otros presidentes estadounidenses han descubierto que aún en contra de sus deseos, gran parte de su energía política ha sido consumida por la inminente atención que reclaman los desafíos en el extranjero.

Hace tres años, por ejemplo, el entonces presidente Barack Obama autorizó ataques aéreos contra el Estado Islámico (ISIS) en Siria, dejando claro que su único objetivo era eliminar a los terroristas yihadistas y no involucrarse en una guerra contra el régimen del presidente Bashar al Assad, quien cuenta con el respaldado de Rusia e Irán.

Y ahora la presidencia de Donald Trump enfrenta igualmente las mismas probabilidades de involucrarse en conflictos bélicos ajenos, a pesar de las promesas de campaña de poner a Estados Unidos primero y evitar las guerras de otros.

Trump no ha podido escapar del caos de Siria, la creciente amenaza nuclear de Corea del Norte e Irán, la necesidad de cambiar la estrategia en Afganistán y las maniobras de una Rusia ahora herida por el embargo.

Si tomamos como modelo a Siria, cualquier participación está salpicada de innumerables riesgos dados por un caleidoscopio de diversos conflictos, cada uno apoyado por diferentes potencias regionales: -aparte de Rusia e Irán- también están Turquía, Arabia Saudita, Qatar, Jordania y los países de la coalición estadounidense.

Por su parte, Trump llegó al poder con la esperanza de poder cristalizar sus planes de trabajar con Rusia en asuntos internacionales claves, incluyendo Siria, convencido de que con el presidente Vladimir Putin se podía establecer una relación de aliados para hacerle frente a desafíos internacionales de mutuo interés.

Sin embargo, con el drama de la supuesta intervención rusa en las elecciones presidenciales de Estados Unidos y las sospechas de colusión entre Moscú y el equipo de campaña de Trump, esos sueños de cooperación bilateral han tenido que ser dejados de lado por el momento.

En todo caso, desde siempre ha habido una intensa rivalidad entre Moscú y Washington por ampliar sus respectivas esferas de influencia global, y más recientemente por la búsqueda de un desempeño protagónico en Siria, en el que Putin espera hacer más alardes, gracias a la lealtad del presidente Assad hacia el Kremlin.

Hace poco, un enfrentamiento entre potencias se hizo casi realidad, cuando Estados Unidos derribó un avión de combate de la fuerza aérea siria y dos drones iraníes, alegando que representaban una amenaza para sus acciones de cooperación conjunta con las Fuerzas Democráticas de Siria.

A pesar de su llamada a priorizar el lema “America's first", la presente administración ha tenido que admitir que la era de la “paciencia estratégica se acabó” y que, en base a un realismo arraigado en los valores nacionales, Estados Unidos espera reconquistar su papel de liderazgo, algo que pasa por su desempeño para tratar de resolver las mayores amenazas en la escena internacional.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

 

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