El viernes por la tarde, mientras hacía maletas a toda prisa, el jardinero y el carpintero, integrantes casi de mi familia, colocaban ruidosamente láminas de metal en las puertas y ventanas de la casa, al tiempo que los meteorólogos, esos monarcas de la exageración, reyes de la hipérbole, pontífices falibles de la histeria y el pavor, anunciaban que el huracán tan temido pasaría por el techo mismo de mi casa, una propiedad noble que compré hace siete años y no quisiera vender nunca, incluso si esta isla quedara sumergida bajo el agua.

Me despedí atropelladamente de ellos, manejé como una fiera por las autopistas crecientemente despobladas, llegué al aeropuerto sin saber si el vuelo de Avianca a Lima estaría cancelado o todavía operativo y recordé, o vine a confirmar, lo tonto, cenutrio, pazguato que soy: por supuesto, no había dónde parquear, todos los estacionamientos del aeropuerto estaban copados, desbordados de autos de viajeros previsores o residentes astutos de la ciudad que, aun sin viajar, habían dejado sus coches en aquellos aparcamientos techados, en apariencia seguros. Desesperado, dando vueltas y vueltas, saliendo y volviendo a entrar en las pistas aledañas al aeropuerto, buscando como un obseso algún lugar donde dejar la camioneta, pensé: debí tomar un taxi, cómo no se me ocurrió que los parqueos estarían todos llenos, soy un tarado en toda la línea. Finalmente, y tras maniobras casi suicidas, logré traspasar una débil barrera de seguridad y dejé la camioneta en un parqueo reservado a las autoridades del aeropuerto. Pensé: no me importa si remolcan la camioneta, lo que no puede ocurrirme es que pierda el vuelo de Avianca porque no tengo dónde dejarla.

Enseguida caminé una distancia que parecieron millas, empujando mis dos maletas grandes con rueditas, entre una diezmada y naturalmente ansiosa población de viajeros tardíos que pugnaban por escapar todavía a tiempo de Miami. La mayor parte de las aerolíneas habían suspendido sus operaciones, pero había algunas, además de Avianca, que sacaban sus últimos vuelos de Miami aquel viernes por la tarde: recuerdo que vi colas en los mostradores de la aerolínea turca, de una compañía europea de bajo costo, de la gran línea señorial alemana y de un operador de vuelos de Gran Caimán.

Grande fue mi euforia, y no quise disimularla, cuando las señoritas de Avianca, tan amables ellas, con sus pañuelitos y uniformes rojos, colombianas tenían que ser, me recibieron con exquisita cortesía, despacharon mis maletas, me dieron el pase de abordar y me pidieron fotos al paso. Las amé y recordé que Colombia produce gentes altamente estimables. He vivido en ese país y guardo los mejores recuerdos, aunque algunos de quienes defienden a su actual presidente frívolo y panqueque me insultan con saña, qué más da. Una vez en el avión, y gozando porque el asiento vecino se hallaba vacío, celebré mi buena fortuna: pasaría el fin de semana en Lima, acompañando a mi esposa y nuestra hija, quienes habían volado días antes, huyendo del huracán, y volvería a Miami tan pronto como pudiera, para reanudar el programa en vivo. Pasó media hora, pasó una hora, pasaron dos horas, y el avión, ya las puertas cerradas, no se movía, no despegaba. La voz inquietante del capitán anunció que no disponíamos de permiso para surcar tal o cual espacio aéreo, debido al huracán. Pensé: no despegaremos, se cancelará el vuelo, volveré a casa, me caerá el techo encima, moriré como un valiente o un zoquete, pasaré a la historia como el memo insigne que murió aplastado por un árbol o electrocutado por unos cables caídos, dándoselas de héroe, desafiando al huracán. Pensaba en mi epitafio: “Murió como mueren las comadrejas: aplastado en su madriguera”. Sin embargo, y con tres horas largas de retraso, el vuelo finalmente partió. Ocho horas después, llegué a mi apartamento en San Isidro, Lima, y abracé a mi esposa y nuestra hija, quienes me esperaban despiertas.

El sábado almorcé en casa de mi madre, qué alegría verla ya recuperada de una operación compleja que casi le cuesta la vida. Tan pronto como terminamos de comer, Dorita, siempre ella tan llena de vida, se despidió de nosotros y se dirigió al aeropuerto: volaría a Madrid, luego a Bruselas, donde había sido invitada a una gran boda en un castillo, y donde se quedaría tres semanas largas, dulce vida la suya. Por la noche cenamos con mi adorable hija Paola, que estaba de paso por Lima, y me sentí profundamente orgulloso de ella. El domingo tuve la inmensa fortuna de almorzar con mi tía Fina, hermana de mi madre, una mujer elegante, inteligentísima, astuta, encantadora, y con tres de sus hijos, todos listísimos, brillantes, divertidísimos: hacía tiempo que no me divertía tanto, y así se los dije. A la noche cenamos con mi hermano Oscar y su queridísima esposa Mary, quienes tienen inagotables reservas de afecto y paciencia con nuestra hija de seis años, quien ciertamente prefiere estar con ellos que con nosotros, sus padres. Ese fin de semana en Lima, disfrutando del clima fresco, un invierno compasivo, sin temperaturas hostiles, recordando lo bien que se come en aquella ciudad y lo proverbialmente amable que es su gente, me pareció sentir que las cosas de pronto habían cambiado: Lima, con un poco de dinero, parecía el primer mundo, y Miami, aun con bastante plata, se comportaba a menudo como una ciudad tercermundista, chapucera, irritante, bananera.

A pesar de que el huracán, a última hora, se encaprichó, díscolo él, impredecible como un crío malcriado, ensañándose viciosamente con Key West y la costa oeste de la península de la Florida, especialmente Marco Island, un lugar que mi hermana solía apreciar y visitar con frecuencia, pasó en Miami todo lo que, desde luego, era fácilmente predecible: se cayeron los árboles, se cayeron los cables de luz, casi todos quedaron, quiero decir quedamos, sin electricidad. Mirándolo todo desde la comodidad de mi apartamento en Lima, yo pensaba, levemente irritado: ¿cuándo, por ventura, comprenderán las autoridades de Miami que todos los cables eléctricos deben ser soterrados, subterráneos, como ocurre en los barrios modernos de la ciudad, por ejemplo Weston, Pembroke Pines y ciertas zonas del Doral? Lo peor no fue entonces el daño que provocó el huracán en Miami, sino la deplorable falta de previsión que pilló a esa ciudad: por eso, tantos días después, al momento de escribir estas líneas, seguimos sin luz, y por consiguiente sin aire acondicionado, y con la nevera apestando, ya todos los alimentos descompuestos, tirados a la basura. Para millones de residentes de las Florida, cuénteseme entre ellos por favor, han sido días, y sobre todo noches, sin luz eléctrica, durmiendo, o tratando de dormir, en medio de un calor opresivo, sofocante, bochornoso, lo que resulta virtualmente imposible, tanto que muchos duermen dentro de sus autos, con el aire encendido, y algunos han muerto intoxicados por el monóxido de carbono. Yo volví a Miami el martes temprano, apenas reabrieron el aeropuerto, gracias a un servicio impecable de Avianca, y tuve la suerte de encontrar la camioneta allí donde la aparqué indebidamente, y han sido ya tres noches sin luz ni aire, sudando como un animal en un matadero, como toro en las fiestas de Pamplona, como preso político en una mazmorra cubana, como talibán en Guantánamo. Mi esposa y nuestra hija llegarán el sábado, ¿seguiré sin luz ni aire en la casa? Porque ellas, a buen seguro, no se quedarán ni media hora en esta casa ardiente, si continuamos con la electricidad interrumpida, y habrá que conseguirles un hotel decente. Y por cierto: estos días largos, pesarosos, sudando copiosamente, ¿nos serán descontados de la próxima cuenta de luz? No lo creo, seguramente nos cobrarán más. Así las cosas, es inevitable sentir que Miami es una ciudad administrada con la tradicional incompetencia latinoamericana y que se comporta en situaciones de crisis como un reducto más del Tercer Mundo. No puedo irme de Miami porque debo hacer el programa cada noche y la audiencia espera que los periodistas seamos más valientes y corajudos que ella, pero, si pudiera, escaparía de regreso a Lima, a disfrutar del clima benévolo y la comida insuperable, o me iría a Bruselas a acompañar a mi madre Dorita, quien, sospecho, está siendo delicadamente cortejada por un viudo reciente, un caballero honorable como van quedando pocos.

Podría decírseme que nadie me obliga a pasar noches quemantes en mi casa y que bien haría en mudarme a un hotel con luz y aire acondicionado, pero todos los hoteles de la isla en la que vivo se encuentran todavía cerrados, y no me tienta en absoluto gastar fortunas solo para dormir cómodo: quiero decir, entiéndaseme bien, que soy un tacaño incurable, y esa propensión al gasto comedido corre, me parece, en mis venas, es un inexorable mandato genético. Si esta noche, al volver de la televisión, encuentro a mi casa en la penumbra espesa, en el corazón mismo de las tinieblas, creo que dormiré dentro de la camioneta, el aire acondicionado a tope, yo a duras penas en calzoncillos, y me vale madre si pierdo la vida envenenado por los gases letales que emite el tubo de escape: prefiero morir fresquito y sin darme cuenta, que sudando masivamente en este horno inhumano que es mi casa.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

Aparecen en esta nota:

 

Deja tu comentario