Es usual que los políticos que aspiran a ocupar la presidencia de un país hagan muchas promesas para ganar la confianza y los votos de los electores. Donald Trump no fue una excepción, aun cuando viene de un mundo diferente: el de los negocios.

Entre las muchas promesas que hizo el entonces candidato republicano, estaba la de destruir al Estado Islámico o Daesh,-donde quiera que esté.

Ahora, como presidente, Trump mantiene la idea de derrotar a grupos terroristas islámicos radicales como prioridad máxima.

Pese a que el lenguaje es similar al de su predecesor Barack Obama, desde el comienzo de sus primeros seis meses de administración Trump ha incrementado los ataques aéreos sobre el terreno, tanto en Irak como en Siria.

Mosul, un importante enclave al norte de Iraq, ha sido liberado en gran parte gracias a la acción de las fuerzas de seguridad iraquíes, respaldadas por tropas estadounidenses y los ataques aéreos de la coalición militar.

Ahora Raqqa, el llamado califato de Daesh en Siria, está recibiendo un tratamiento militar similar.

Los comandantes estadounidenses están convencidos de que la ciudad será liberada y los terroristas derrotados en los próximos meses.

Sin embargo, aparte de asegurar que las acciones militares de la coalición militar continuarán cuanto tiempo sea necesario para recortar fondos a grupos terroristas, expandir el intercambio de inteligencia y participar en la guerra cibernética para interrumpir y deshabilitar la propaganda y el reclutamiento, la administración Trump ha dado pocas pistas de una estrategia a largo plazo para ayudar a Irak y a Siria a recuperarse.

Irak es un desafío más fácil porque hay un gobierno internacionalmente reconocido en Bagdad, aunque la creciente influencia de Irán seguirá siendo un problema constante.

Una vez Daesh sea derrotado en Irak, Estados Unidos debería desempeñar un papel importante en la recuperación económica del país, luego de una guerra que devastó al país y que comenzó con la invasión liderada por Washington en 2003.

La situación en Siria es más compleja porque no hay una visión clara del futuro del país, una vez que la situación esté bajo control.

A diferencia de la política de Obama, que no estuvo centrada sólo en la destrucción del enemigo, sino también en el desarrollo de un futuro gobierno en Damasco sin el gobernante Bashar Al Assad, Trump sigue siendo ambivalente hacia el actual régimen sirio y no se ha pronunciado sobre si debe renunciar para dar paso a un nuevo mandatario elegido democráticamente.

Luego de sus crecientes coqueteos con Moscú, que apoya a Assad, Trump parece dispuesto a ver al líder sirio sobrevivir.

En todo caso, el Presidente ha decidido que no continuará con el programa de la CIA para entrenar y equipar a rebeldes sirios que luchan contra las fuerzas de Assad. Esto podría representar una gran concesión a Moscú, lo que denota la aparente visión de Trump de que Assad puede mantenerse en el cargo a pesar del desenlace que tenga la larga guerra civil.

El esfuerzo estadounidense parece centrarse en la acción militar, apoyando a las fuerzas locales para derrotar a Daesh en Raqqa y en otras partes de Siria, pero no hay un plan para llevar a cabo el día después.

La pregunta es si Washington quiere mantener una influencia significativa en la Siria del post conflicto o prefiere sucumbir ante Moscú, que ya anunció que puede sacar a Estados Unidos de la fórmula en cualquier momento.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

 

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