No son pocas las voces que reclaman intervenciones humanitarias que, supuestamente, traerían la paz y la democracia a ciertos puntos calientes del globo. Que muchas de esas instancias están guiadas por buenas intenciones y los mejores deseos es indiscutible.

Resulta lógico que ante la visión del horror se confíe ingenuamente en que una intervención armada acabará con el mal e impondrá el bien. Sin embargo, la realidad es bien distinta. El Global Peace Index, publicado este mes, indica que, de los diez países que sufren de manera más cruel la violencia, nueve fueron objeto de una intervención de los Estados Unidos por razones supuestamente humanitarias y democratizadoras.

En primer lugar, se encuentra Siria que desde 2011 se ve sometida a un intento de Estados Unidos y algunos de sus aliados para derrocar el régimen actual. Lejos de llegar la democracia, Siria está arruinada por una guerra civil en la que los enemigos de Assad son, mayoritariamente, grupos terroristas islámicos entre los que se incluye ISIS.

Las dos naciones que aparecen a continuación – Irak y Afganistán – fueron objetivo de dos grandes invasiones estadounidenses a principios de este siglo. La situación de violencia, destrucción y miseria es peor que la existente bajo los gobiernos que Estados Unidos decidió derribar. Además, a pesar de que Estados Unidos ha aumentado su presencia militar en Iraq y ha enviado a otros 50.000 hombres a Afganistán, nada anuncia el final.

En cuarto lugar en esta terrible lista se halla Sudán del sur donde Estados Unidos intervino en 2011 para que se separara de Sudán. El hambre y el terror son inenarrables.

No mucho mejor es la situación de Yemen donde Estados Unidos ha respaldado a la invasora Arabia Saudí y le ha vendido miles de millones de dólares en armas.

Arabia Saudí perpetra sistemáticamente crímenes de guerra y, por añadidura, su bloqueo de los puertos yemeníes ha provocado una terrible hambruna a la que no prestan atención alguna los medios de comunicación.

Después viene Somalia. Nuestra intervención, supuestamente humanitaria, ha tenido como consecuencia un empeoramiento del conflicto internacional y el sometimiento de Somalia a otra sobrecogedora hambruna.

Otra intervención humanitaria ha convertido Libia en un estado fallido presa del terrorismo islámico donde la violencia es sistémica e incluso se comercia libremente con esclavos.

La décima nación menos pacífica del mundo es Ucrania, que fue objeto de una intervención exterior semi encubierta en 2014 para favorecer un golpe de estado que entregó el poder a los nacionalistas. Los golpistas no han traído ni paz ni democracia y acusar de ello a Putin es negarse a ver la realidad.

De entre la lista de diez naciones menos pacíficas del mundo sólo la República Centroafricana no ha sido objeto de una intervención humanitaria de Estados Unidos, pero sí de Francia, España y los cascos azules. Han sido repetidas las acusaciones de abuso sexual de mujeres y niños perpetrados por tropas francesas y de los cascos azules.

Sumen a este panorama otros casos como el de la antigua Yugoslavia, en la que la intervención humanitaria desembocó en el descuartizamiento de la nación, una sucesión indecible de crímenes, pavorosos bombardeos de la NATO y la creación de Kosovo, la primera nación islámica de Europa. Reflexionen sobre estos pocos ejemplos y díganme si es para soñar con nuevas intervenciones humanitarias.

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