No siento la menor simpatía por el régimen iraní. Es teocrático y choca de manera frontal contra mis ideales de una sociedad libre.

Sin embargo, tampoco me ciego a la hora de evaluar la relación que hay que mantener con él. De entrada, por ejemplo, Arabia Saudí es mucho peor que Irán. La visión saudí del islam es mucho más intolerante –las mujeres, por ejemplo, no pueden conducir un automóvil– apoya a muchísimos más grupos terroristas que Irán y, por añadidura, ha ido captando en su apoyo a todo tipo de gente en el mundo islámico y, por supuesto, en Occidente.

Irán quizá es de lo peor, pero no es, ni con mucho, lo peor en el orbe musulmán. No sólo eso. Hasta la fecha ha ido cumpliendo con las reglas del juego pactadas en el último acuerdo sobre el uso de energía nuclear.

Entendámonos. Irán firmó en su día el Tratado de no- proliferación de armas nucleares – un tratado que se han negado a firmar, por ejemplo, India, Israel o Pakistán – lo que obligaba a las potencias nucleares a prestarle ayuda en el desarrollo pacífico de la energía atómica.

Sabido es que no sólo no se produjo esa conducta sino que, a pesar de que Irán abandonó ya a inicios de este siglo el plan de armamento nuclear, se vio sometido a durísimas sanciones por la administración Obama. Para los que no se conformarán con menos que la invasión y destrucción de Irán, Obama fue un blando que no tuvo los redaños suficientes para arrasar la república islámica.

Para los que creemos en que el derecho internacional debe ser respetado por todos, las sanciones contra Irán fueron ilegales aunque –hay que reconocerlo– obtuvieron su resultado. Al final, Irán aceptó renunciar incluso a porciones más que relevantes de su soberanía para llegar a un acuerdo que implicara el levantamiento de las sanciones económicas que sufría.

El acuerdo, bajo la tutela de la ONU, ha sido cumplido de manera impecable por Irán en los últimos meses. Precisamente, así ha sido reconocido por las partes implicadas incluido el secretario de estado Tillerson.

Que ahora Donald Trump anuncie que hay que replantearse el levantamiento de las sanciones contra Irán y poner en marcha una nueva puesta en funcionamiento resulta, como mínimo, inquietante.

Lo subrayo. El final de la dictadura iraní sería una excelente noticia, pero una nueva guerra en Oriente cuando aún Irak y Afganistán no se han saldado con victorias y nadie sabe en qué va a concluir el avispero sirio constituiría un disparate de espantosas consecuencias para el género humano. Es cierto que Irán lleva en el punto de mira de los padrinos de la guerra desde hace décadas, pero el mundo no puede permitirse un nuevo baño de sangre que se prolongue a lo largo de los años.

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