Los ataques de palabra y hecho contra las estatuas erigidas en recordación de oficiales del Ejército de los Estados Confederados que tomaron parte en la Guerra de Secesión (1861-1865) —un fenómeno local y, a lo sumo, regional— han desatado una verdadera furia de revisionismo histórico que no solo permea la prensa, la academia y los mítines antitrump, sino que cruza las fronteras nacionales.

Entre quienes incitan tales acciones —y quizás no tengan la menor idea de qué significa “revisionismo histórico”— se cuentan ultraizquierdistas, okupas, universitarios vociferantes, maduristas, desvelados, académicos progre, desertores de la Secta Moon y jorgerramistas. Cada grupo arrima la brasa a su sardina, exigiendo, apelando, alborotando a su manera; se ayuntan o desentienden según el calendario.

Colón al banquillo

En Los Angeles, California, grupos de activistas indígenas lograron eliminar el Día de Colón y transformarlo en Día de los Pueblos Indígenas (Berkeley, Seattle, Albuquerque y Denver también lo cancelaron). Esta ofensiva amenaza nada menos que el afamado Colon Circle, al pie del Parque Central, en Manhattan, que data de 1905. Allí células de los Seguidores del Foro de São Paulo quieren derribar la estatua del almirante — creada por el escultor italiano Gaetano Russo en 1892 para conmemorar el 400 aniversario de su llegada a las Américas—, colocada en lo alto de la torre.

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Hasta ahora se ignora si, de llegar a un acuerdo el ayuntamiento de Nueva York, la columna también sería derribada. Así que los neoyorquinos estarían obligados a cambiar el nombre de la rotonda y del barrio. Algunos han sugerido sustituirlo por “Círculo de las Víctimas del Colonialismo Opresor”.

Por cierto, la influyente Associazione Spaghetti per Tutti ya ha dado la voz de alarma, oponiéndose a cualquier modificación del sitio, que se construyó por suscripción popular promovida por el diario local Il Progresso. Los italianos sienten un cariño especial por Colón, porque la mayor parte de los biógrafos —pese a los reclamos de portugueses, catalanes y gallegos—, estima que nació en Génova.

De proseguir la embestida habría una proliferación de demandas legales que ahogaría a los jueces del Tribunal Supremo. Por ejemplo, peligraría el nombre del Distrito de Columbia, donde se sitúa nada menos que la capital, Washington. Además, colocaría en una situación incómoda a la Columbia Británica, en Canadá, y ofendería a Costa Rica y los costarricenses —cuya moneda es el “colón”—, a Colombia y los colombianos, en Latinoamérica. Analistas pronostican que los Acuerdos de Paz entre la guerrilla y el gobierno podrían naufragar.

Tampoco sería bien recibido este acoso del famoso navegante por los dueños de innumerables negocios en todo el territorio nacional que cada año, con motivo del Columbus Day, hacen su agosto (en octubre) y multiplican ventas. Mucho menos por las miríadas de compradores, a la caza siempre de las mejores ofertas.

La cólera contra los colonizadores españoles —“pinches gachupines” les llaman— se extiende por California. En Santa Bárbara decapitaron la estatua de Fray Junípero Serra—inútil que lo hubieran designado “primer inmigrante mexicano”— que apenas hace un año fue declarado santo. El Vaticano, por boca del vocero Franco Di Vitelli, condenó el hecho y dijo que era motivo de excomunión para los autores materiales e intelectuales. Hasta ahora ninguna ONG o grupo anti-cristero se ha acreditado la acción.

San Agustín bajo sitio

En Melbourne, cerca de Cabo Cañaveral, en Florida, el sitio probable de desembarco del explorador español Juan Ponce de León, se han extremado las medidas para impedir cualquier sabotaje a su estatua. No es para menos: cerca de allí, en San Agustín —cuya fuente de ingresos se basa en gran medida en el turismo histórico—, han distribuido octavillas con amenazas contra el sitio donde, según la leyenda, estaba situada la Fuente de la Eterna Juventud que sedujo al conquistador y primer gobernador de Puerto Rico.

El gerente de la instalación, punto fijo de caravanas de turistas, ha notado un descenso en la demanda de las botellitas del agua milagrosa. Las representaciones teatrales de la llegada de los europeos se han limitado a dos por semana, aunque los actores locales han exigido custodia policial.

No es el único lugar que enciende roñizas en la ciudad de origen europeo más antigua de Estados Unidos. El Castillo San Marcos, construido entre 1672 y 1695, posesión de cuatro gobiernos, epítome de sucesivas dominaciones y gestas, se ha visto bajo fuego graneado. Los diarios locales han recibido cientos de cartas que piden el cierre de la fortaleza, inscrita como Monumento Nacional. A mediados de septiembre el presidente de la asociación Apaches For Ever, John Caballo Cerrero Smith, dijo que mantener el sitio como atracción turística era una vergüenza, pues el lugar había servido de cárcel a cientos de guerreros apache.

En respuesta, Mike Plummer, de la Society for a Really Balanced History, escribió en el St. Augustine Herald que no se podían cerrar los ojos al exterminio de los indios, como tampoco podía ocultarse la cultura del saqueo de la belicosa tribu, que asoló ciudades españolas, mexicanas y angloamericanas, y solía secuestrar niños y mujeres.

Con todo, vale aclarar que no se trata solamente de monumentos, mucho menos de fijación con la herencia hispana. Este revisionismo alborotador ya ha arrinconado a ciertas manifestaciones de la cultura popular. Pero este ya será tema de una próxima columna.

Nota aclaratoria:

El artículo pretende ser una mirada irónica a la reciente moda del revisionismo histórico. Muchos datos son ficticios, resultado de la imaginación del autor.


*Periodista, profesor de Nova Southeastern University
emilscj@gmail.com
http://www.sehablaespanolblog.wordpress.com

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

 

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