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La crisis abierta, profunda y extendida de la democracia –la caída del Gobierno lulista en Brasil por corrupción y el argumento del golpe de Estado judicial según la Roussef; la pérdida del referéndum por Santos en Colombia y su desconocimiento; la destitución de diputados por Ortega y el nepotismo autoritario en Nicaragua; la asfixia de la prensa libre y la disidencia en el Ecuador de Correa; el derrumbe por peculado del Gobierno guatemalteco; la crisis económica masiva y el propósito reeleccionista de Morales; la agonía partidaria norteamericana y el fenómeno de Trump; o, en el extremo, el secuestro de las elecciones, la hambruna colectiva, el desconocimiento de la Asamblea Nacional y la ocupación política del Tribunal Supremo de Venezuela para la purificación de los despropósitos dictatoriales de Maduro– puede indicar, aguas abajo, en lo negativo, el manido desencanto popular con la política, y en lo positivo, el reclamo popular por una mejor calidad de la democracia.

Dentro de esta última perspectiva, tal fenomenología sugiere ser el síntoma de una mutación paulatina de la propia democracia. Acaso su acelerada desestatización junto a su radicalización intensa, al ahora comprometer a sectores antes ajenos a la politización y que a la par rechazan al Estado como cárcel de ciudadanía; o ser el anuncio de su posible final como sistema de organización del Estado y el gobierno.

Esta crisis, de conjunto y como lo creemos, es causa o efecto, por una parte, de la llamada “pos-democracia”; esa suerte de neopopulismo autoritario negado a la mediación institucional y apalancado en el ejercicio de la política a través del mundo instantáneo de las redes digitales y sus videos. Y por la otra, según lo dicho, de la transformación de la propia democracia en “derecho humano totalizante” y de los pueblos, que los gobiernos han de garantizar para lo sucesivo, tal y como reza la Carta Democrática Interamericana.

Emergen, por ende, dos corrientes o ríos que avanzan –el de la pos-democracia o neo-cesarismo, y la citada radicalización de la actividad política y democrática no partidaria, en el seno de nichos sociales múltiples y desarticulados– y no alcanzan ser contenidos y conciliados dentro de una misma cuenca.

Luigi Ferrajoli, agudo observador y teórico florentino de la democracia, ante los trastornos demenciales que provoca la globalización en el ámbito orgánico y normativo de ésta, advierte, por ende, llegada la hora de nuevas categorías constitucionales que reflejen mejor las inéditas realidades que plantea el siglo en avance. Reclama, dicho en términos coloquiales, se proceda a constituir la democracia del siglo XXI sin empeñarnos tanto en reconstituirla, como consecuencia de la señalada crisis que ella sufre en su naturaleza.

Piénsese, a manera de ejemplo y para mejor comprensión de lo indicado, en la realidad palmaria de la ciudadanía digital en curso de afirmación.

La gente, al abandonar la cárcel del Estado y desbordar sus muros territoriales y desplegarse transversalmente -con perspectiva globalizadora– sobre la miríada de formas primarias y hasta primitivas de adscripción social sustitutivas del viejo odre estatal, lleva hasta el plano de lo público y desnuda sobre las redes hasta su vida íntima como sus orfandades sobrevenidas por la acusada “muerte de la política”. Pero el control y escrutinio de esa naciente esfera pública, mediante el ejercicio de un periodismo subterráneo y personalizado (Facebook, Instagram, Twitter, Snapchat), se lo reservan con celo dictatorial sus propios agentes, los usuarios involucrados. Lo privado deja así de ser tal y muda en hecho colectivo, que incluso desafía y excluye los intentos de censura de los neo-autoritarismos en boga.

Lo anterior, si observamos con agudeza el caso venezolano y lo vemos más allá de sus circunstancias, probablemente explica la incapacidad actual de la dictadura de Nicolás Maduro para cerrar su círculo despótico marxista a pesar de la violencia que ejerce y de la hambruna que provoca, como medios terroristas para someter a los venezolanos. Tanto como es una respuesta posible al igual fracaso de la oposición -incluso siendo mayoritaria, dominando la Asamblea Nacional, y representando a la soberanía popular- en sus intentos de torcerle el brazo a ésta. Ambas fuerzas se rechazan y se neutralizan a la vez, recíprocamente.

¿Será entonces que ejercitan la política anclados en la experiencia del siglo anterior, sin narrativa de largo aliento, y en cabal incomprensión del tiempo nuevo?

Donald Trump logra lo imposible y derrota al establecimiento tradicional de la democracia en USA, usando eficazmente la red digital. Otro tanto hace, en Colombia, Álvaro Uribe, enfrentando al orden mundial y hasta El Vaticano. Mas las redes de los hoy exciudadanos, por si solas de nada sirven contaminadas por el narcisismo político y a falta de mensajes coherentes, capaces de contener la arena social entre las manos. Esa es la lección por aprender.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

 

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