Viajar o no viajar, esa es la cuestión.

Debemos decidir en las próximas horas si nos subiremos a un avión con destino a Los Ángeles y manejaremos un par de horas hasta una playa que no conocemos y nos han recomendado, Laguna Beach.

Mi familia (quiero decir mi esposa y nuestra hija de seis años) pide viajar. La próxima semana será la última de las vacaciones escolares y enseguida nuestra hija volverá al colegio (y, peor aún, porque detesto toda forma de educación forzada, obligatoria, ahora saldrá a las tres de la tarde, ya no a las dos). Por eso mi esposa y nuestra hija no lo dudan: debemos viajar, debemos aprovechar los últimos días de vacaciones, ya luego el colegio no le permitirá ausentarse más de cinco días en todo el semestre (aunque uno siempre pueda recurrir a un pediatra amigo para conseguir excusas médicas que justifiquen la sexta y séptima faltas).

Pero el sentido de la responsabilidad profesional, si lo poseo, porque es evidente que carezco del sentido de la responsabilidad en general, me hace dudar. Pienso: ¿Y si, estando de vacaciones en California, cae por fin Maduro, como tanto deseo? ¿Y si, tomando el sol como un lagarto ventrudo, comienza la guerra nuclear en la península coreana o en la diminuta isla de Guam, y Trump toma represalias fulminantes? ¿Es prudente o razonable o éticamente decoroso dejar el programa de televisión en circunstancias en que la libertad está en entredicho en Venezuela, y mandarme mudar a la playa? ¿No sería frívolo u holgazán por mi parte? ¿No es el periodismo un oficio a tiempo completo? ¿No me debo a mi público? ¿Y no es evidente que el público se fastidia o resiente cuando pasan repeticiones? ¿No sería mejor irnos a una playa cercana, digamos Palm Beach, de modo que si derrocan a Maduro, o si el rechoncho sátrapa norcoreano destruye Guam, pueda volver enseguida al programa?

Mi mujer responde sin vacilaciones: ¡Maduro no es más importante que nosotras! Si vas a esperar a que caiga Maduro para tomarte vacaciones, ¡vamos a pasar años sin salir de viaje, porque Maduro no va a caer pronto! ¿O me vas a decir que estás seguro de que va a caer la próxima semana y por eso debemos cancelar el viaje familiar? Mi hija se sorprende de que de pronto alguien llamado Maduro tenga tanta preeminencia en los planes de la familia. Pregunta: ¿Quién es Maduro? Respondo: Un hombre malo. Y peor aún, un idiota. Hace más daño por idiota que por malo. Ella se queda pensativa y repregunta (ha heredado de mí el vicio incorregible de hacer siempre una pregunta más): ¿Es tu enemigo? Respondo: Sí, es mi enemigo. Es un dictador. Todos los dictadores son mis enemigos. Pregunta: ¿Qué es un dictador? Respondo: Alguien que abusa del poder y hace daño. Por eso hay que sacarlo. Porque está haciendo muchísimo daño a los venezolanos. Mi hija pregunta: ¿Y cómo hay que sacarlo? Contesto: A la fuerza. No queda otra. O lo sacan los militares venezolanos, o lo saca Trump. Pero él no va a renunciar. Mi hija zanja la cuestión con la honestidad brutal de los niños: Yo quiero ir a Laguna Beach. Tú no puedes sacar a Maduro. Tú no eres venezolano. Tú eres mi papá y tienes que llevarme a Laguna Beach. La abrazo, la beso y le prometo que sus deseos serán cumplidos.

Los jefes en el canal son sumamente amables y me dicen que me tocan por contrato esos días libres y que si debo viajar con la familia, está todo bien, no hay problemas. Les digo que si ocurriera algo grave, regresaré enseguida, sin demora, para reanudar el programa en vivo. Pero me siento mal, culposo, por darle más importancia al descanso (no sé si merecido, porque todo el día descanso, no conozco a nadie más ocioso que yo) que al trabajo (que me permite vivir confortablemente, lo que desde luego no sería posible si viviera tan solo del dinero menguante de las regalías de los libros). La decisión está virtualmente tomada: a menos que suceda algo tremendo entre el momento en que escribo estas líneas y el instante en que nos llamen a abordar el vuelo, viajaremos a Los Ángeles y buscaremos la frescura bienhechora del mar de Laguna Beach. Ahora bien, surge enseguida otra cuestión: estando en Laguna Beach, ¿nos conviene que caiga Maduro, o es mejor esperar a que regresemos? No tengo dudas: lo que conviene es que el dictador y sus conjurados y apandillados caigan cuanto antes, y que yo tenga que tomar el primer vuelo de regreso a Miami, abortando las vacaciones familiares. En ese caso, mi esposa me ha adelantado sus planes, no muy solidarios: Si quieres volver al programa, genial, pero nosotras nos quedaremos en Laguna Beach toda la semana, no se te ocurra pensar que volveremos contigo. Luego me recuerda, casi burlándose de mí: ¿Te acuerdas cuando estábamos en Lima en abril por el santo de tu mamá y estuviste a punto de regresar al programa porque pensabas que caía Maduro? Bueno, ¿cayó Maduro? No. Entonces, ¿vas a seguir planeando nuestros viajes familiares según las predicciones de las astrólogas que, no sé si te has dado cuenta, te dicen siempre lo que tú quieres oír? Le digo: Sí, mi amor. Yo creo en las astrólogas. Y una de ellas me ha dicho que Maduro caerá poco antes o poco después del 21 de agosto, día del eclipse total, la luna cubriendo completamente la luz del sol. Mi esposa se interesa: ¿El eclipse se verá en Miami? Le respondo: No totalmente. Si queremos verlo totalmente, tendríamos que ir a Charleston, apenas dos horitas de vuelo desde acá. Ella sonríe, ilusionada: ¿Y si vamos? Le digo: Me encantaría. He leído que no se ve un eclipse así en este país desde 1918. Pero, amor, tienes que entender que esa semana no podemos seguir viajando, Zoe tiene que comenzar clases ¡y yo tengo que volver al programa! ¡No podemos estar de vacaciones todo el tiempo! Bueno, ya, no me grites, dice ella. Era solo una idea, ya entiendo que para ti hablar de Maduro es más importante que ver un eclipse por única vez en tu vida. Me irrito, me impaciento: ¡Es que Maduro es un eclipse, mi amor! ¡Y estoy viendo ese eclipse hace años!

La familia gana y el programa pierde: supongo que viajaremos y la próxima semana pasarán repeticiones, a menos que algo muy grave me obligue a regresar de inmediato a mis funciones de hablantín, predicador y tiratiros verbal. ¡Ojalá Trump ordenara una expedición comando a Caracas para liberar a los venezolanos de la tiranía asesina y traer a los más prominentes narcotraficantes de ese régimen de hampones! ¡Ojalá, por lo menos, decretase un embargo petrolero a Venezuela para dejar a Maduro sin dólares! Mucho me temo que nada de eso ocurrirá la próxima semana. ¡Ojalá el Ejército venezolano, mostrando unas reservas de honor y decencia que parecen perdidas, usase las armas en nombre de la libertad y la democracia y echase del poder al dictador y su cúpula corrupta! Mal que me pese, tal escenario parece altamente improbable, más aún cuando los principales líderes de la oposición, salvo la señora Machado, mis respetos para ella, se avienen a participar de las elecciones regionales de diciembre. Porque Maduro, no nos engañemos, no renunciará, no se irá al exilio, no entregará el poder en buena lid. Seguirá aplicando el perverso modelo cubano: preservar el poder a cualquier precio y aplastar sin compasión ni escrúpulos al enemigo. Maduro caerá si Trump se propone liquidarlo y liberar a Venezuela, o si el Ejército de ese país se harta de obedecerlo y decide echarlo del poder a la fuerza. Ya me imagino en Laguna Beach, en una tumbona, a la sombra, leyendo como un poseso o un demente los diarios en su versión digital: The New York Times, El País, El Nacional, Diario Las Américas, para ver si algo bueno por fin pasó en Venezuela, después de todas las cosas malas, terribles, que han ocurrido en ese desgraciado país hace casi dos décadas. Ya me imagino que despertaré de madrugada varias veces y miraré en la tableta las noticias venezolanas, esperanzado en leer que cayó el dictador, listo para correr al aeropuerto y volver al programa en vivo. Pero más vale no hacerse muchas ilusiones: lo más probable es que nada de esto ocurra la próxima semana.

No depende de mí que caiga Maduro. Sí depende de mí que mi esposa y nuestra hija sean felices en California antes de que comiencen las clases escolares. Por eso elijo contentar a la familia, a despecho de mi pasión por hacer un buen programa en vivo cada noche.

Mi esposa ya hizo maletas y cuando regresé del programa me dijo: Nosotras viajaremos de todas maneras. Si quieres te quedas y nos das el alcance luego. Y si prefieres quedarte hablando de Maduro como un loquito toda la semana, buena suerte. Sonreí y le respondí: Viajaremos juntos, mi amor. Pero mantengo mi pronóstico, aunque te rías de mí: Maduro caerá este año.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

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