Es irrebatible que el dictador venezolano Nicolás Maduro ha actuado en simetría de sus predecesores de la izquierda latinoamericana, convirtiendo la farsa de una Asamblea Nacional Constituyente falaz y amañada en la herramienta que pretende utilizar para mantenerse indefinidamente en el poder.

Maduro, contrariando el sentir del grueso de un pueblo hastiado de las mentiras de una dictadura vinculada al narcotráfico y la corrupción, rebasó las fronteras de la institucionalidad haciendo lo diametralmente opuesto a lo que debe ser una asamblea como máxima instancia de expresión popular, en un real contexto democrático.

En su afán de perpetuidad, el gobernante venezolano se propone darle la estocada final a las libertades fundamentales y destrozar el agonizante Estado de derecho en Venezuela, a través de una concentración de poder que le permita instituir un sistema totalitario que, a su vez, ampare la violación flagrante de los derechos humanos y el desconocimiento de la voluntad del pueblo.

Las votaciones del domingo, muy pocos lo dudan, son el entramado de una estrategia surgida del desespero de un mandatario con los días contados en el poder, que está jugando sus últimas cartas a sabiendas del pírrico respaldo del que aún goza en un mundo que tiene sus ojos puestos en ese país sudamericano, otrora potencia en el entorno latinoamericano.

La constituyente de Maduro es un apéndice de esa farsa llamada “socialismo del siglo XXI” que oprime a Cuba, Bolivia, Ecuador y Nicaragua, y que hace ingentes esfuerzos por ganar otros territorios, en donde ya está sembrado el germen del castrocomunismo, entre ellos Colombia, mediante la representación de la guerrilla de las FARC.

Maduro ha conculcado el principio de soberanía que reposa en el constituyente primario, que no es otro distinto al pueblo, omitiendo el resultado de una consulta popular que sirvió de termómetro para medir el apoyo popular a una iniciativa que apunta a redactar una Constitución bajo parámetros dictatoriales.

El mundo no puede callar ante el nuevo zarpazo a la democracia propinado por el gobernante Nicolás Maduro y ese entorno en decadencia, que ha suplantado la legitimidad de la representación popular.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

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