Hace exactamente diez años, en septiembre de 2006, me impuse la tarea de hacer un programa de televisión todas las noches, de lunes a viernes, en un canal de Miami.

Venía de pasar cuatro años sin hacer televisión, dedicado al solitario e incomprendido oficio de escribir ficciones, de inventarme una vida mejor, más apasionante, más novelesca, que la vida misma, siempre tan incompleta.

Tenía exesposa, hijas, novio, muchas cuentas por pagar. Los libros dejaban un dinerillo nada desdeñable, pero insuficiente para darme la vida muelle, regia, desahogada, a la que me habían acostumbrado desde niño.

El dueño del canal de Miami era un magnate cubanoamericano, propietario de una cadena de radios en varias ciudades de los Estados Unidos. Guapo, refinado, con aires de playboy, poseía una vasta fortuna, vivía en mansiones de película, volaba en aviones privados, era esquivo a la notoriedad y sabía conversar con intención humorística, gastando bromas inteligentes. Había invertido sesenta millones en montar un nuevo canal en español que se vería en todo el país. No le temblaba el pulso para jugar con audacia su fortuna.

Su gerente todo terreno era una señora muy lista, rolliza, pundonorosa, infatigable, que venía de triunfar en varios canales de cable.

Ambos me ofrecieron un programa a las diez de la noche. Querían que fuera grabado. Les pedí que fuera en directo para sentir el riesgo a tope. Querían que solo hiciera entrevistas. Les pedí que me dejaran hacer un monólogo de opinión política, previo a la entrevista. La gerente pensaba, y me lo decía, que mi opinión era irrelevante. Yo pensaba, y se lo decía, que muchos de mis invitados serían irrelevantes, y que por tanto mi opinión política enriquecería el programa. No me tenían fe como comentarista, solo le apostaban al entrevistador. Pero yo sabía que los grandes personajes eran renuentes, huidizos, inasibles, y presentía que, a falta de ellos, contaminar el programa con mi opinión política lo dotaría de un cierto interés. Por suerte prevalecí.

En apenas un año el programa tenía tanto éxito que me duplicaron el sueldo y me concedieron toda clase de prebendas. El magnate me invitaba a comer a su gran mansión, me hacía regalos impresionantes y me llevaba a volar en su avión. Me compré el auto de mis sueños, el mismo que manejaba el legendario tío Bobby cuando yo era un niño. No me privaba de nada. Vivía en una casa muy linda, viajaba a menudo y en los mejores asientos, me daba la gran vida. Mis fotos a escala gigante se veían en grandes carteles publicitarios al pie de las autopistas. Me sentía un ganador. Había triunfado por fin en playas extranjeras.

Hasta que llegó la crisis de 2008. Estalló la burbuja inmobiliaria, los bancos dejaron de prestar alegremente, la economía se enfrió de golpe, las ventas publicitarias sufrieron una grave merma. Abrumado por las pérdidas millonarias en el valor de sus acciones, el dueño del canal me pidió con modales exquisitos que aceptara reducir mis ingresos. Protesté. No solo me opuse en privado, ante él y su gerente, alegando que mi programa era el más exitoso del canal, sino que, por si fuera poco, tuve el mal gusto de quejarme en público, al aire, en vivo y en directo, acusando a mi amigo, el magnate, de querer cortarme el sueldo a la mitad, lo que me parecía un abuso casi obsceno. Por esos días yo estaba más loco que de costumbre y decía al aire exactamente lo que pensaba, y no siempre pensaba con lucidez porque estaba henchido de éxito y atiborrado de pastillas.

Por mucho que protesté, me bajaron el sueldo a la mitad y tuve que tragarme ese sapo crudo. Pero, rencoroso, juré que me recuperaría de aquel traspié.

Un año después, uno de los hombres más ricos de Colombia, aconsejado por el presidente de su país, me citó a la suite de un hotel de Miami y, sin preguntarme cuánto ganaba, me ofreció pagarme el doble, si me mudaba a Bogotá a hacer un programa de opinión política todas las noches. No lo dudé siquiera diez segundos. Acepté, nos dimos la mano, y, apenas terminó mi contrato con la televisora de Miami, me fui a Bogotá a ganar el doble. Qué reconfortante era ganar el doble haciendo el mismo trabajo.

De nuevo me sentí El Principito. Vivía en la suite más linda de un hotel discreto y señorial. Me compré una camioneta que no usaba nunca. El magnate me cedió un auto blindado y cuatro guardaespaldas con armas cortas. Y el presidente del país, que era mi amigo, puso más custodios a mi disposición. Era fantástico caminar al supermercado del barrio con seis u ocho gigantes armados hasta los dientes, cuidando que yo no tropezara y tomara sin sobresaltos mi jugo de mandarina. Qué meses espléndidos fueron aquellos, debí quedarme más tiempo en esa ciudad. Dormía bien, escribía de madrugada, el programa era un éxito, el presidente me invitaba a su casa en el campo y a volar en helicóptero.

Pero un año después, recuperado de la debacle de 2008, el magnate de Miami me mandó llamar y me ofreció un contrato espectacular. No fue fácil irme de Bogotá. Me había ido tan bien que quería quedarme. Pero mi novia y yo queríamos que nuestra hija naciera en Miami y por eso firmé con el canal de esa ciudad.

Seis años después, que se dicen pronto, pero son muchas noches hablando maquillado, y entrevistando a perro, pericote y gato, sigo haciendo televisión todas las noches, de lunes a viernes, en directo, en ese mismo canal.

Es decir que los últimos diez años he hecho televisión todas las noches, en vivo, sin parar, sin tomarme largas vacaciones ni concederme un sabático: nueve años en Miami, un año en Bogotá. No es un mal récord. En cierto modo, me siento orgulloso. Contra viento y marea, he prevalecido, no me han acallado.

Si sumo todo lo que he ganado esos diez años, y descuento todo lo que he pagado en impuestos, debería ser muy rico. Pero me lo he gastado casi todo, dándome la gran vida: grandes casas, grandes autos, grandes viajes, grandes amores inestimables. En ropa no he gastado mucho: me basta con tener cuatro o cinco trajes, todos iguales, y diez corbatas azules, todas iguales, y con eso ya tengo mi uniforme de trabajo. Pero en los viajes he gastado auténticas fortunas, no digamos ya en los amores épicos, inevitables. No soy tan rico como algunos suponen, pero he vivido los últimos diez años como si fuera riquísimo, casi tanto como mis amigos, los magnates de Miami y Bogotá.

Puedo decir entonces, sin jactarme, que me he dado la gran vida, que me sigo dando la gran vida y que me acompaña el firme e indesmayable propósito de seguir dándome la gran vida.

Por eso estoy ahora mismo en un vuelo a Medellín, y en dos semanas viajaré a Montevideo, y en un mes a Santiago de Chile y Buenos Aires: porque alguien tiene que hacer el sacrificio de ocupar los asientos de primera y dormir en las camas de los mejores hoteles, y si no lo hago yo, siento que estoy faltando a mi cita con el destino.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

 

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