@SanchezGrass

Sería fatal colocar en la primera oración una redundancia pero es un acto de justicia consignar que “La Bella del Alhambra” sigue estando bella. Beatriz Valdés se presenta ante el público del sur de la Florida en calidad de directora general de LA HIJA DEL GENERAL, una excelente puesta en escena que no debe pasar por alto porque entre otras razones apela a la verdad martiana de rendirle culto a la dignidad plena del hombre.

La obra enmarcada en el centro de todas las dictaduras y a la sombra de los socorridos populismos exacerbados en pleno siglo XXI, tiene el olor de las calles de Latinoamérica aunque inevitablemente conserva el sabor de la sangre que se derrama hoy en las calles de Venezuela.

No por gusto sus dos protagonistas, Simón y Manuela, desde que revelan sus identidades se convierten en referentes imprescindibles del bravo pueblo venezolano. Tanto el libertador Simón Bolivar como su amada Manuela Sáenz, vivieron al igual que los personajes protagónicos de LA HIJA DEL GENERAL, una pasión clandestina que se hizo fuerte, porque fue más allá de la fogosidad entre dos seres para convertirse en un amor a la patria grande que sigue siendo Venezuela.

Nadie se esperaba que después de dos siglos las circunstancias fueran tan parecidas y fuera preciso luchar por la libertad de nuevo.

LA HIJA DEL GENERAL representa el regreso al teatro político tan desaparecido de nuestro contexto latinoamericano. Un estilo que fue tan manoseado por los populistas hasta lograr que la gente le hiciera rechazo. En el ambiente latino lo político se ha convertido en una realidad a la que el público no quiere asistir desde lo escenarios. La gente se ha cansado de que piensen por ellos, de ser espectadores pasivos, marionetas sin retablo. El síndrome de las malolientes tribunas ha consumido esa fuerza de decir lo que sólo el arte puede decir. Y Beatriz Valdés lo sabe. Por eso burla el cerco, convirtiendo en una herramienta de protesta y aniquilamiento su puesta teatral absolutamente moderna y convincente.

El uso de los espacios escénicos con propiedad y armonía convierten el argumento de LA HIJA DEL GENERAL en una larga lista de preguntas. El sin vivir del espectador evoca la agonía de los personajes como si fuera propia. No se trata de una veintena de actores dentro de una representación. Es el dolor de un pueblo que está lanzado a las calles ofrendando su mejor hidrocarburo: sus jóvenes y estudiantes. Cada vez que uno de ellos muere Venezuela está hipotecando su futuro.

La frescura de Omara García, Gabriel Coronel y Fefi Oliveira transmiten a la obra una naturalidad incuestionable. Los desempeños de Omar Germenos, Gabriela Vergara y Ana María Simón son la balanza que se inclina a favor de la puesta. En ella se mueven con soltura más de 20 ejecutantes con un mismo propósito: la verosimilitud.

Mención aparte merece la sutileza con la que Samy Hawk desde la autenticidad de lo urbano se lleva las palmas con la interpretación perfectamente coreografiada de una pieza hip hop que podría ser el tema de una campaña global por la libertad en Venezuela. Una voz cercana me dice que Samuel Eleazar Varela Rodríguez (Samy Hawk) baila break-dance, compone, canta y actúa y aprendió el arte de improvisar de la mano de Simón Díaz. Santa palabra.

LA HIJA DEL GENERAL castiga la indiferencia en medio del dolor. Es un antídoto contra la desvergüenza.

LA HIJA DEL GENERAL permanecerá en cartelera en La Scala ubicada en la 905 Brickell Bay Dr, Miami, FL 33131 los fines de semana.

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