En Estados Unidos, patria del macartismo, la mayoría de los medios de comunicación y de los ciudadanos que simpatizan con el Partido Demócrata durante la actual contienda electoral, no eligen ni la transparencia ni las opiniones plurales e independientes, dos pilares de la Constitución americana. Prefieren el linchamiento.

A medida que transcurre la campaña presidencial, con especial escenificación en las últimas semanas, una parte de la opinión pública estadounidense, sacudida por declaraciones, testimonios y mensajes poco contrastados o incluso administrados con dosis muy estudiadas, está atravesando por una fase en la que se persigue con resentimiento cualquier atisbo de delito, sospecha de corrupción o incluso supuestas agresiones sexuales sin confirmar, del candidato republicano, Donald Trump.

¿Qué pasa en un país donde sólo se disfruta con la sangre del adversario político?

Si bien el equipo de Trump no ha sido profuso en aciertos, incluso algunos de las descalificaciones utilizadas por el magnate neoyorquino rozan la consideración de ataque a los mismos principios del sistema democrático, la insidiosa utilización de información personal que se llevan a cabo en su contra no tiene precedentes.

Aseguran los expertos, que en política hay límites en el uso de datos de la vida personal y familiar en la estrategia electoral de los partidos. Y uno de esos límites está precisamente en advertir que la rivalidad política degenere en la destrucción personal del contrincante.

Con Donald Trump, la persecución adopta en muchos casos métodos inquisitoriales o malas intenciones que van más allá de la sensata crítica social sobre lo que se podría considerar conductas inapropiadas.

Por eso, esta campaña destila un aroma sospechoso de sectarismo político. El Partido Demócrata parece arriesgarlo todo a que la polarización favorezca el triunfo de Hillary, quien no consigue convencer a los votantes norteamericanos que desconfían de su honestidad.

La estrategia del emporio Clinton es clara: liquidar a Trump -y de paso al partido republicano negándole el acceso al gobierno-, y, a su vez, dominar la agenda mediática para la cual ha contado con el inestimable apoyo financiero de Wall Street, engatusando a medios de comunicación que saben estar al lado del aspirante de turno cuando la situación lo requiere.

Lo que no es de recibo es que la sociedad civil, manipulada por este circo mediático, se implique en una febril caza del supuesto facineroso, sea presunto, real, culpable o falso delincuente. Una persecución que ha trascendido todos los límites hasta correr el riesgo de extenderse a la honorabilidad profesional del inculpado.

Es irresponsable esta estrategia de Hillary de alentar el radicalismo con sus amigos en los medios de comunicación para presentarse como la única alternativa válida. Los inquisidores, los depredadores mediáticos, los medios de prensa que alientan esta cruzada de descrédito desproporcionada juegan con fuego.

No hay democracia sin libertad de prensa. Como tampoco hay libertad de prensa sin democracia. Por ello, al menos los responsables en velar por la imparcialidad de la información, deberían cuidar esta premisa, en lugar de plegarse a la voluntad de quien pone el talón sobre la mesa.

El establishment responsable del linchamiento de Donald Trump ha cargado sus tintas torticeramente en una sola dirección, y lo ha hecho utilizando juegos políticos cortoplacistas, sin importarles el daño que puede causar a la legitimidad democrática de este país.

Y aunque el estilo de Trump no coincide con la forma de pensar de quien suscribe estas líneas, defendemos su derecho a expresarse en libertad. No porque coincidamos con la forma y con el fondo de muchas de las ideas políticas que formula en sus discursos, sino porque su derecho a expresarse pone a prueba la forma de entender las sociedades abiertas.

Deberían recordar Hillary Clinton y sus cómplices que la regla de juego primordial de la prensa en una democracia es la pluralidad, y que su labor fundamental es la vigilancia del poder para evitar abusos, compensaciones o agresiones gratuitas como la que despliega su campaña. Nada, ni nadie, deberían hacernos retroceder en ese empeño.

Lamentablemente, la presidencia de los Estados Unidos se está disputando entre dos candidatos que distan mucho de ser los mejores para gobernar. Ambos tienen demasiados puntos oscuros y un pasado con poca credibilidad. Hillary Clinton, que lleva más de 30 años en la vida pública, juega a ser políticamente correcta, aunque para ello tenga que decir verdades a medias o mentiras que muchos le perdonan. Su probado récord en materia de irregularidades en el cargo le sitúa lejos de la idoneidad.

Por su parte, Trump, un empresario de éxito que desconoce en profundidad los resortes de la política, desde una escenificación populista de la autenticidad, apuesta por ser políticamente incorrecto con un discurso vehemente que dice cosas que otros no se atreven a expresar y que no prefieren escuchar, acostumbrados al lenguaje excesivamente calculado de los políticos de carrera como Hillary.

Como se ha visto en la campaña, Hillary utiliza la corrección política como una manera de garantizar la hegemonía de su partido-saga y no perder votos de sectores estratégicos, mientras que Trump asegura competir por recuperar la verdad que han ocultado los poderosos y rescatar a las personas del establishment. Sin embargo, ambos en el fondo, demuestran ser populistas incorrectos que acaban usando la mentira.

Lo que no resulta justo es que se amplifiquen a todas horas las debilidades de uno y se pase de puntillas sobre los errores del otro, lo que pone de manifiesto una abierta campaña de linchamiento, sectarismo y de juicios paralelos que hay en no pocos medios de comunicación.

No es desorientación y desgobierno lo que necesitan los votantes norteamericanos, sino liderazgo, perspectiva y transparencia en los planteamientos para no permanecer ajenos a una situación en la que se juega nada más y nada menos que el futuro político de EEUU.

Cobra más vigencia que nunca la reflexión que hiciera Benjamín Franklin durante el proceso fundacional de la nación americana: “La Democracia son dos lobos y una oveja votando sobre qué se va a comer. La Libertad es la oveja, armada, impugnando el resultado”. Una vez más, se repite la historia. La democracia sólo puede y debe ser amparada con reglas democráticas. En ese principio se asienta la grandeza del respeto a la libertad del hombre.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

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