Al poco tiempo de la toma de posesión del nuevo presidente de los Estados Unidos se dispararon las alarmas sobre la posibilidad de que Donald Trump o su equipo pudieran quedar inhabilitados de sus cargos, bajo las sospechas de haber planeado con Moscú la derrota de su rival electoral, la candidata demócrata, Hillary Clinton.

Todavía Clinton está convencida de que la piratería cibernética, de un grupo ruso no identificado, favoreció al magnate neoyorquino en su carrera a la Casa Blanca, cuando se publicó el contenido de sus correos electrónicos privados y otros de miembros del Partido Demócrata.

En otras palabras, el "escándalo" ruso no ha dejado Washington.

Y mientras el Comité de Inteligencia del Senado y el FBI continúan sus investigaciones por separado, Trump ha sido presidente por más de tres meses y medio, y realmente ya no se habla de una acusación en su contra por delito de complicidad con los rusos.

El drama que se anticipaba con todos los posibles escándalos políticos ya no es tan evidente, por lo que es casi seguro predecir que cualquier nueva evidencia que el comité del Senado o el FBI descubran no será determinante para hacer que Trump tenga que renunciar al más alto cargo de la nación.

Si hubiese alguna prueba contundente, ya habrían muchos, sobre todo demócratas, exigiendo la renuncia al Presidente por la supuesta confabulación que destruyó los sueños de Clinton, pero cualquiera que sea el resultado de las dos investigaciones se espera que Trump sobreviva.

Las averiguaciones tendrán que continuar, ya que es lo propio y además es importante despejar el aire contaminado con tantas insinuaciones sobre la supuesta conexión rusa con Trump.

Por otra parte, Clinton también merece tener todas las seguridades posibles de que no se trató de un elaborado complot internacional, para truncar sus aspiraciones políticas.

Aun así, es indudable que Clinton siempre estará convencida de que el director del FBI James Comey fue un factor clave en su caída política, tras anunciar, días antes de la votación presidencial, una nueva investigación sobre el uso indebido de correos electrónicos privados. Eso quedará para siempre como un tema polémico, mientras la supuesta connivencia entre Moscú y la campaña de Trump, probablemente, no será otra cosa más que noticias falsas, como diría el propio Presidente.

En realidad, existen muchas pruebas sobre la piratería rusa durante la campaña electoral, y hay evidencia anecdótica de que Moscú estaba deseando tener a Trump como presidente, pero eso no significa que hayan planeado juntos la estrategia para obtener ese resultado.

Para empezar, el presidente Trump no ha convertido a Putin en su nuevo mejor amigo, como se esperaba y por el contrario, las relaciones con el Kremlin continúan siendo tan malas y plagadas de desconfianza como antes.

Su llamada telefónica con el líder ruso la semana pasada transcurrió sin mayores anuncios, según la Casa Blanca, por lo que no hay indicios de que los vínculos entre Moscú y Washington estén ante una nueva etapa de franca mejoría.

Sin duda, tampoco hay señales de que Trump y Putin, luego de la supuesta conspiración para derrotar a Hillary Clinton, ahora se encuentren en medio de un astuto juego de disimulo para engañar a todos. Eso es tan absurdo que no merece ni siquiera ser considerado.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

 

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