Este fin de semana las madres están nominalmente de plácemes. Celebran su día, lo cual es una festividad que todos disfrutamos, tanto los que tienen la fortuna de estar junto a ellas, como los otros –entre los cuales figuro-, que viven de su recuerdo y legado.

La madre es el comienzo, el origen de nuestras vidas. Aunque el cordón umbilical físico se corta a pocos instantes del alumbramiento, cuando dejamos su primera y cálida protección, nunca, realmente, nos separamos de esa mágica unión con el don de la creación.

Es bueno que exista el Día de las Madres para subrayar lo obvio, pero les confieso que yo le dedico a la mía muchas de mis horas vitales. Hay como un diálogo subyacente en esa relación: ¿Qué pensaría de esta circunstancia? ¿Cuál sería su siempre atinado consejo? Y las respuestas parecen llegar de algún modo, con una señal, un aviso insospechado.

La madre vela por la prole y por la estabilidad familiar, una responsabilidad inconmensurable. Hacer felices a los demás, incluso a costa de no pocos sacrificios, es una premisa típicamente materna.

Durante nuestras recientes ceremonias de graduaciones brillaban tanto o más que sus descendientes cuando subían al estrado para buscar sus diplomas. Prolijamente vestidas, las vi enjugándose lágrimas de felicidad porque se sentían vencedoras de una contienda que requirió de todos sus esfuerzos de persuasión y apoyo.

He visto también otras madres en las calles de Venezuela sin esa oportunidad ni satisfacción, luchando para que no les arrebaten el don preciado de la libertad a sus hijos que se desangran y mueren en barricadas contra la represión.

He pensado mucho en esas madres que padecen la más grande de las ordalías.

Las madres diseñan nuestras vidas para el bienestar aunque luego se deban afrontar imponderables. En la peor de las circunstancias, siempre extenderán una luz de esperanza en sus cálidos brazos.

El Beatle John Lennon, quien perdió temprano a su madre en un accidente de tráfico y fue criado por su tía Mimi, explicó cierta vez, de un modo sencillamente profundo, la huella entrañable de su progenitora:

“Cuando yo tenía cinco años mi madre me dijo que la felicidad era la clave de la vida. Cuando fui a la escuela me preguntaron qué quería ser cuando yo fuera grande. Yo respondí ‘Feliz’. Me dijeron que yo no entendía la pregunta y yo les respondí que ellos no entendían la vida”.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

 

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