La Trova Intermedia en Cuba
La trova fue el movimiento o estilo que fue imponiendo la sana costumbre de bellas melodías con textos que en algunas ocasiones, pudieran calificarse de poemas por su alto nivel de imágenes

En el hermoso mundo de la canción cubana, la primera expresión de arte lírico popular fue la trova que surge en Santiago de Cuba y se extiende o surge simultáneamente, en distintas partes del país, pero independientemente de la zona o provincia, la pieza insignia de la hoy llamada “trova tradicional” fue Tristezas del ilustre santiaguero Don Pepe Sánchez, calificado como el primer bolero que ve la luz en 1885.

La trova fue el movimiento o estilo que fue imponiendo la sana costumbre de bellas melodías con textos que en algunas ocasiones, pudieran calificarse de poemas por su alto nivel de imágenes, – aunque no es igual la letra de una canción a un poema, aún, cuando sea tan bueno el texto que se pueda declamar o el poema, que se pueda cantar - por eso es que hay tantos poetas musicalizados por los trovadores, como José Martí, José Fornaris, Lola Rodríguez de Tió, Hilarión Cabrisas, Guillermina de Aramburu, Gustavo Sánchez Galarraga, Nicolás Guillén, Fayad Jamis, Ada Elba Pérez y muchos más, desde hace más de un siglo hasta hoy, desde Mario Benedetti, hasta Eloy Machado “El Ambia”, también llamado el poeta de la rumba.

Ya desde finales de la década del 20, hasta los 40, el bolero, territorio por excelencia de los trovadores, es tocado por otros instrumentistas, tanto en agrupaciones orquestales como solistas, sobre todo por un grupo de compositores pianistas de elevada categoría y preparación técnica y en el propio 1930 se da un acontecimiento con la grabación del Aquellos ojos verdes, primer bolero que hizo el anhelado “crossover” internacional, en Camden, New Jersey, en los estudios de la RCA Víctor, con texto de Adolfo Utrera y música de Nilo Menéndez. La canción, dedicada a la hermana de Adolfo, Conchita Utrera, fue grabada a dos pianos con Nilo Menéndez y Ernesto Lecuona, más la voz de Utrera.

A la formidable labor de los compositores pianistas, en los años 30 y 40, se le llama “trova intermedia”, ya que hay una sonoridad distinta a la de la trova tradicional, debido al piano y al dominio técnico de los pianistas, conocedores del impresionismo de Ravel y Debussy que estudiaron en su formación académica y utilizaron para las canciones populares, pero aún se nota, amén de la diferencia de estilos, el afán de poetizar desde la canción en el tono coloquial que las trovadas siempre tuvieron. Armónica e instrumentalmente, la información que ya fluía de las grandes bandas de jazz norteamericanas contribuyó a la belleza del bolero cubano y su excelencia en esta época.

Gilberto Valdés, Eliseo Grenet, el mismo Lecuona y su hermana Ernestina, Olga de Blanck, por sólo poner unos ejemplos, incursionaron con éxito en la canción popular, pero a partir de René Touzet, Orlando de la Rosa, Mario Fernández Porta, Julio Gutiérrez, Ignacio “Bola de Nieve” Villa, Felo Bergaza, Juan Bruno Tarraza, Adolfo Guzmán, Bobby Collazo, Fernando Mulens, entre otros pianistas, le dieron una dimensión distinta al bolero e incluso algunas de sus canciones son compatibles con el estilo posterior del filin, adelantándose a su época. No te importe saber de René Touzet, por ejemplo, fue hecha en 1939, pero está dentro del estilo del filin que comenzaría a perfilarse, al menos, seis años más tarde.

Los compositores pianistas de la trova intermedia constituyeron un grupo excepcional y al menos, los principales tenían estilo propio de alta factura. Orlando de la Rosa, gustaba de utilizar el mismo ciclo armónico en diferentes melodías, por eso algunas de sus canciones se pueden cantar simultáneamente como el caso de Nuestras vidas y Mi corazón es para ti, e incluso La canción de mis canciones con frases de sus canciones más famosas.

En la época de las evaluaciones profesionales, muchos cantantes que querían causar una buena impresión al jurado montaban y ensayaban con denuedo Libre de pecado, de Adolfo Guzmán, bella canción de difícil ejecución por lo complejo de su armonía y la línea melódica.

No todos fueron innovadores, pero todos poseen obras dignas de figurar en la más exigente antología y muchas de ellas aún se tocan a diario, a pesar de haber sido hechas hace casi 80 años.

Los años 30 y 40, con la trova intermedia, fue una etapa importantísima de la música cubana con la renovación orquestal de Arsenio Rodríguez, el cu bop de Dizzy Gillespie y Chano Pozo junto a Mario Bauzá, Frank Grillo “Machito” y sus Afrocubans, en New York; el Conjunto Casino, la Sonora Matancera, en fin, el sonido que influenció a todo El Caribe y aún más, gracias a la existencia de los discos y la brillante gestión de los prohombres de la radiodifusión en Cuba, que desborda el área, llegando a muchos países del orbe donde la música cubana alcanzó las proporciones de leyenda.

La poesía fue un actor fundamental, en aquellos tiempos que podían conseguirse poemarios de caros poemas en ediciones baratas, de diez centavos en el quiosco de la esquina y la juventud se interesaba en la poesía; hoy la poesía no ha muerto en muchas canciones, aunque una gran parte del mayor segmento de consumo - al menos en nuestros predios – la da por enterrada.

Pero hay que fijarse en la historia, el 20 de enero de 1801, Buenaventura Pascual Ferrer, en un periódico llamado “El Regañón de La Habana” publicaba una crónica en donde se criticaba a la guaracha de un modo feroz: "Pero sobre todo lo que me ha incomodado más... ha sido la libertad con que se entonan por esas calles y en muchas casas una porción de cantares donde se ultraja la inocencia, se ofende la moral... por muchos individuos no sólo de la más baja extracción sino también por algunos en quienes se debía suponer una buena crianza... y sigue: ¿Que diré de la Guabina que en la boca de los que la cantan sabe a cuantas cosas puercas, indecentes y majaderas se pueda pensar?...

Pero la guaracha fue indetenible, siguió publicándose en cancioneros, fue utilizada por Jorge Anckerman, por Ernesto Lecuona, Gonzalo Roig, Manuel Corona, Ñico Saquito (Antonio Benito Fernández), por Alejandro “Virulo” García, Pedro Luis Ferrer, Tony Ávila, Ray Fernández, a través de generaciones sucesivas que la mantienen viva y ahí se alzan las guarachas, simpáticas, como catarsis política, alivio de la desesperanza y con la virtud de desatar la sonrisa en muchos casos con muy buenos y ocurrentes textos. En resumen: mejoró.

Así que los amantes de los buenos textos no desesperen, de alguna forma tendrán favorecimiento del público masivo, las canciones que motiven a los compositores a letras más allá de los temas que oímos a diario con una carga tremenda de promoción y podamos admirar cosas bellas que existen, aunque no tienen la difusión necesaria, además de que se sigan cantando las piezas – lo bueno no pasa de moda - de los influyentes compositores pianistas que fueron llamados La Trova Intermedia.