Yo tenía quince años y había entrado a trabajar en un periódico conservador de Lima, el diario La Prensa, cuyos dueños eran amigos de mi madre, quien, preocupada por mi conducta díscola y mi pobre rendimiento escolar, me buscó un trabajo durante las vacaciones del verano, además de cambiarme de un colegio inglés a uno religioso, de la orden de los agustinos.

Mi noción del placer era cualquier cosa menos culta o sofisticada: jugar fútbol, ver fútbol por televisión, ir al estadio a ver fútbol; leer novelas de Salgari, principalmente las aventuras de Sandokán; amar en mis delirios eróticos a Farrah Fawcett y Sylvia Kristel; y meterme en la función de trasnoche a los cines pulgosos del centro de Lima a ver alguna película pornográfica que me educase en los secretos y misterios de la sexualidad humana, a los que yo, quinceañero imberbe y lujurioso, onanista infatigable, no había accedido ni remotamente.

Vivía en una casa en el barrio de San Isidro con mis abuelos maternos, que me acogieron con gran cariño paternal, me enseñaron a manejar un automóvil y me inculcaron el hábito risueño de ver con ellos El Chavo del Ocho a media tarde. Mi abuelo, un hombre de trabajo, soñaba con recuperar la hacienda que la dictadura militar le había arrebatado en nombre de la revolución, y por eso mandaba cartas furibundas al director de La Prensa, exigiendo que le devolvieran sus tierras al norte de Lima. Mi abuela, una señora refinada y elegante, de aire taciturno, cultivaba la amistad y el arte del chisme hablando por teléfono horas de horas con sus amigas. Eran años espléndidos, felices, porque la sombra de mi padre no me eclipsaba ni sofocaba, había sido alejada de mí, y porque mi trabajo como aprendiz de reportero me encantaba: la sala de redacción era, a un tiempo, manicomio, cantina y burdel, una instrucción acelerada en los vicios y desafueros de la condición humana. Yo no quería ser famoso, rico ni exitoso, me contentaba con ser reportero del diario La Prensa para entrar gratis, mostrando mi carné, a los partidos de fútbol y las funciones de trasnoche, alegando que me habían comisionado a escribir una crónica del juego o la película. Eran años felices, maravillosos, aunque no me daba cuenta de eso y suponía que la vida seguiría siendo así, tan liviana y despreocupada.

Hasta que una noche me llevaron al burdel unos amigos del periódico. Ese episodio cambió mi vida para siempre.

Llegaron inesperadamente a casa de mis abuelos, tocaron el timbre, estaban borrachos, me despertaron, y me dijeron que me cambiase la ropa de dormir y saliese enseguida, pues me llevarían a una fiesta. Salí con cierto sigilo, procurando no hacer ruido, aunque mis abuelos con seguridad se despertaron y, sin embargo, no se quejaron y me dejaron salir a esa hora tan tardía: eran extraordinariamente afectuosos conmigo, el tipo de afecto de las personas ya mayores, que saben que ponerse muy estrictas no sirve de nada, salvo para viciar el aire y espantar la felicidad.

En el auto VW escarabajo estaban Foncho, Enrique y Jack, tres reporteros del diario La Prensa.

-Hoy vas a debutar, Baylito –me dijeron, entre risas.

Me decían así, Baylito, no Jaimito: Baylito. Tenían veintitantos años; eran listos, chispeantes, ocurrentes; sabían que yo no me había inaugurado sexualmente y que me gustaba ir a ver películas pornográficas a los cines del centro, cerca del periódico; decidieron que ya me tocaba convertirme en hombre y me llevaron a un prostíbulo en las afueras de la ciudad, el legendario Cinco y Medio. Estaban borrachos y felices y, cuando entramos al burdel, me pareció que ya lo habían visitado antes, pues se movían con desparpajo y familiaridad. Yo no estaba borracho ni feliz: me sentía aterrado y trataba de que no se me notase.

Todo era triste, deprimente: en medio de una luz pálida, mortecina, que tornaba rojizas a las personas que pululaban con aire conspirativo o fantasmagórico, unas señoras en ropas escuetas, no precisamente delgadas, con algo de sobrepeso, los rostros desbordados de maquillaje, las miradas vacías y abúlicas como si les pesara habitar sus cuerpos, como si estuvieran condenadas a la desdicha sin fin de alquilarse a extraños, tomaban unos tragos en la barra, o bailaban con ciertos clientes borrachosos, o esperaban sentadas a que algún varón urgido les propusiera comercio sexual. Yo vi todo aquello y quise salir corriendo, pero ya era tarde porque mis amigotes habían elegido a la mujer que me convertiría en todo un hombre.

Pasamos a un cuarto o una sentina o una letrina. Los olores eran ásperos, inamistosos; la mujer debía de tener unos treinta años, las tetas caídas, las carnes flácidas, la mirada ausente, fatigada. Me dijo su nombre, se llamaba Lady, o ese era su nombre de guerra. Me recordó que debía quitarme la ropa. Lo hice como si me llevasen al paredón. Me condujo al baño, lavó mis partes privadas con agua helada y jabón barato, y luego me conminó a tenderme en la cama, cosa que hice sin chistar.

Lady desplegó todos sus trucos e inventivas de hechicería erótica para despertar al varón que latía en mí, pero sus esfuerzos fracasaron y resultaron vanos porque yo yacía trémulo, asustado e inapetente, y mi cuerpo se negaba a cualquier forma de placer. Yo había amado en sueños a Farrah Fawcett, a Sylvia Kristel, a una tía, a una prima, pero, a la hora de la verdad, no era capaz de amar a Lady, la primera mujer que había visto completamente desnuda, frente a mí.

Mientras nos vestíamos, yo impaciente por salir corriendo de allí, le rogué:

-Por favor, no se lo digas a nadie –sin saber que esa frase me perseguiría la vida entera y sería el título de mi primera novela.

-No te preocupes, papito –me dijo Lady, con una mirada compasiva.

Cuando me reuní con mis amigos en la barra del burdel, les dije que todo había salido bien y que la aventura había sido formidable. No sé si me creyeron. No les importó gran cosa. Estaban tan borrachos que no se dieron cuenta de que yo acababa de sufrir unos de los grandes traumas de mi vida: querer ser un hombre y no poder serlo; querer ser un atleta sexual como los de las películas que me embrujaban y no ser capaz de imitarlos; querer asomarme a los placeres sagrados de la sexualidad y fracasar en toda la línea. Aquella noche, de vuelta en mi cama, no pude dormir, y el oprobio del fracaso, la desolación de la derrota, el recuerdo lacerante de tamaño fiasco, me acompañaron durante semanas, meses, como unos tatuajes que no podían borrarse más.

Muchos años después, treinta años después, ya divorciado, padre de dos hijas, sintiendo en la vanidad el cosquilleo de entrar en política y ser candidato presidencial, viajé a Piura, al norte del Perú, y me presenté en un mitin grandioso ante miles de personas. Fue una noche espectacular, la gente me colmó de afecto y simpatía, pronuncié un discurso no demasiado baboso. Al terminar, anuncié que firmaría mis libros y me haría fotos con mis simpatizantes o admiradores, y se hizo una cola larguísima, y estuve tres horas firmando y sonriendo. Casi al final, una señora ya mayor me dio un beso en la mejilla, me extendió un ejemplar de la novela que yo había publicado recientemente y me pidió que se lo firmara. Le pregunté su nombre.

-Lady –me dijo.

Pero no la reconocí, no supe que era ella, la mujer ante la cual fracasé cuando tenía quince años. Lo supe cuando ella me susurró al oído:

-¿Te acuerdas de mí? Nos conocimos en el Cinco y Medio. Eras un chiquillo.

La miré con detenimiento y era ella, sin duda era ella, solo que ahora no iba vestida con ropas ajustadas, sino ya como una señora mayor, respetable, retirada del oficio. Debía de tener sesenta y tantos años. Me presentó a su hija. Me puse de pie y les di un abrazo, sin saber qué decir, cómo salir del apuro, con qué palabras disculparme por el trance bochornoso que habíamos vivido juntos tanto tiempo atrás, en una de esas emboscadas pícaras que de pronto te tiende el destino.

-Creo que estoy en deuda contigo –le dije a Lady.

Me saqué el reloj, uno que me había regalado mi primera esposa, se lo di y le susurré al oído:

-Por favor, no se lo digas a nadie.

Ella sonrió y me secreteó:

-Tranquilo, papito, yo soy una tumba.

Luego se fue caminando con aire risueño, tomada de la mano por su hija.

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