El movimiento gnóstico se inició en el siglo VII antes de Cristo como respuesta a la incertidumbre causada por toda una serie de invasiones y conquistas militares que comenzaron a perturbar el orden establecido por los imperios tradicionales en el Cercano Oriente. Para el gnosticismo, el mundo no era la creación serena y ordenada de Dios, sino un universo caótico, a menudo desprovisto de sentido, totalmente desatendido por un Creador ausente que lo había echado a andar y entonces se había marchado. El gnosticismo era un movimiento espiritual y esotérico, que se manifestó en diferentes sectas que se nutrían de los cuerpos religiosos existentes. Para el destacado filósofo e investigador austríaco del siglo XX A.D. Eric Voegelin (1901-1985), el gnosticismo sentó las bases conceptuales para el posterior surgimiento del totalitarismo.

Desde la Revolución Francesa, la secta jacobina y la violencia revolucionaria que generaron, aterrorizaron a los revolucionarios moderados, conocidos como los girondistas. Era una temprana muestra de lo que Voegelin después calificaría como gnosticismo político: el intento de generar y volver a crear a la naturaleza humana desde y mediante el poder político, para así supuestamente establecer la sociedad perfecta en la Tierra. Esto marcó un giro en la acción humana de alejamiento de la comprensión de Dios como arquitecto supremo del diseño cósmico, es decir una enajenación de las fuentes eternas del alma humana, hacia un universo donde el hombre, y no Dios, es el centro. Este orden antropocéntrico sería uno donde el hombre puede teóricamente crearse y re-crearse a sí mismo, libre de cualquier vínculo con un orden universal pre-existente, carente de cualquier atadura a un orden moral trascendente.

Bajo la ideología gnóstica, el ser humano no está limitado por un código moral, solo por aquella moralidad que se atenga a los fines específicos del momento histórico específico que vive. El gnosticismo le adjudica al iniciado en su doctrina la capacidad de ser omnisciente, convertirse en el amo absoluto de su propio ser mediante el sometimiento absoluto del prójimo, llegar a ser el definidor absoluto de la palabra porque le tapa la boca permanentemente al que disienta de la definición impuesta por él. Es decir, el totalitarismo no reconoce ninguna autoridad superior a su misma existencia. El Estado totalitario es una criatura impregnada de un narcicismo metafísico.

Voegelin proponía que los jacobinos y los movimiento totalitarios que emanaron de ellos, desde los comunistas hasta los nazis, y añadiríamos, los yihadistas islámicos modernos, conformaban un nuevo tipo de religión: una donde el poder político temporal domina la trascendencia humana, uno donde o no se reconoce la existencia de un espíritu supra histórico, o se atribuye esta condición a un fenómeno concebido estrictamente desde la práctica política. En el esquema de los movimientos totalitarios, esta práctica política se asocia fundamentalmente con la violencia y con la guerra en sí, entendida como la expresión más alta y refinada de la violencia.

Los movimientos totalitarios han inexorablemente conducido al cometimiento de crímenes de lesa humanidad, a genocidios y torturas de niveles sin precedente, por esta creencia dogmática en que para crear y recrear a la humanidad en la Tierra, hay que poder “limpiar” a la sociedad de elementos impuros, sean denominados enemigos de clase o kulaks o judíos o apóstatas, mediante el uso de la violencia sin restricciones. El exterminio de sectores enteros se justifica como esencial para la renovación de la sociedad y la creación de un “hombre nuevo”.

¿Por qué es relevante esto a nuestros vidas modernas en el mundo moderno, a los temas que inciden sobre la cosmopolis moderna? Nos viene a la mente las terribles escenas del castigo que una dictadura como la venezolana le inflige a su pueblo con tal de mantenerse en el poder.

Hay una desventaja clave en toda contienda entre un totalitario y un demócrata: mientras que el demócrata ve al conflicto como el último recurso en una discrepancia política, el totalitario ve al conflicto como una necesidad orgánica de sus propias filas, una forma de consolidar el poder, y una manera de eliminar a sus contrincantes. Donde el demócrata ve adversarios, el totalitario ve enemigos. Mientras que el demócrata ve en el diálogo un instrumento para armonizar los intereses reñidos, el totalitario ve al diálogo como un instrumento de guerra, necesario para la conquista de la victoria final.

Abandonar estas premisas significa para el totalitario abandonar su propia ideología, que constituye la única manera discernida por el totalitario para alcanzar el poder absoluto sin el cual no concibe su propia existencia. Querer, por razones culturales o de “sentido común” subestimar esta realidad, querer descartar el poder de este convencimiento en la mente totalitaria, es ignorar el poder de las ideas sobre la conducta y subestimar el nivel de asimilación interna de una disciplina de vida que puede hacer un individuo, especialmente cuando se siente atomizado y fragmentado, parte impotente de un orden universal del cual se siente desconectado. De ahí nace la violencia revolucionaria gnóstica tanto en la insurgencia como desde el poder.

Para explicarlo en un lenguaje más directo, personalidades como las de un Hitler, un Castro, un Chávez o un Maduro, capaces de dividir y fragmentar a sus países a nombre de todo un engranaje de odios mezquinos, ideas a media y boberías, solo pueden llegar a tener poder en un mundo virado al revés. Porque, dadas sus inherentes debilidades y limitaciones, en un orden social en el cual exista una proporción justa de las cosas, jamás podrían llegar a tener liderazgo o rango alguno. El totalitario necesita del caos, la guerra y el conflicto para potenciarse y crecer. Tampoco lo detendrá un falso pacifismo que apostaría por una paz sin justicia como preferible al desorden de la tiranía. Tal y como lo indica la misma lógica de la política bien comprendida, y lo avala la historia, solo la autoridad constituida en fuerza determinante puede poner fin a las expresiones temporales de este diabólico engendro.

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