El segundo grupo de lecciones que derivan del estudio de la revolución bolchevique se relaciona con el proyecto de ingeniería social. Religión, música, poesía, prensa… todo se vio controlado por el poder político, a la vez que se reducía a la nada a los insumisos. En muy pocos años, no existió un referente moral y cualquier manifestación cultural se convirtió en un acto de propaganda.

Los bolcheviques controlaron la vida privada procediendo a la legalización del aborto, por primera vez en la historia, y al control de los hijos por el Estado. Por añadidura, privaron de su propiedad a los ciudadanos, mientras el número de funcionarios y de clientelas del poder aumentó de manera espectacular. Esa nueva clase que derivaba del crecimiento del Estado sería clave para la llegada de Stalin al poder absoluto. Por último, la educación fue remodelada para convertirse en un instrumento de adoctrinamiento, de modelado de las almas y de los corazones y de consolidación de una nueva sociedad.

Los resultados de ese conjunto de experimentos sociales fueron desiguales. Que el arte se desplomara en medio de la atonía e incluso del ridículo poco importaba a los que sólo lo concebían como propaganda. Sin embargo, el mismo Lenin no tardó en darse cuenta del impacto negativo derivado de no contar con científicos capaces, y Stalin captó el daño que podría causar a la URSS un desplome de la institución familiar.

Así, en muy pocos años, la visión de la familia acabó centrada en torno a un conservadurismo socialista y se volvió a prohibir el aborto. Incluso el arte adquirió unos tonos morales conocidos canónicamente como el realismo socialista donde se ensalzaba el trabajo, el amor a la patria, el sacrificio o la entrega desinteresada.

Finalmente, debemos reflexionar sobre las fuerzas y los intereses que actuaron en la revolución rusa. En apariencia, se trató de un asunto interno ruso, librado por rusos y resuelto por rusos. La realidad fue muy diferente. El imperio alemán y Wall Street tuvieron un papel extraordinario en el desarrollo de la revolución. Es más que dudoso que el resultado hubiera sido el que aconteció al final sin esas intervenciones extranjeras. Lenin y Trotsky no hubieran pisado, desde luego, suelo ruso sin ese apoyo directo y consciente.

Alemania esperaba despedazar a Rusia, convirtiendo en Estados satélites sus regiones periféricas y reduciéndola a potencia de segundo o tercer orden. Para ello, creó prácticamente de la nada un nacionalismo ucraniano escandalosamente minoritario en la convicción de que esa Ucrania independiente y sin precedentes históricos sería un instrumento servil para sus fines. Por su parte, Wall Street esperaba que Trotsky allanara el camino hacia las riquezas rusas. Los planes de unos y otros fracasaron. Sin embargo, los paralelos con lo sucedido después del desplome de la URSS son demasiado obvios como para pasarlos por alto.

La URSS, como el imperio ruso, se vio sometida a un plan de desintegración, alentado por potencias extranjeras, que se ha traducido en el avance de la NATO y la creación de una serie de naciones artificiales que la cercan. Ese fenómeno de desmembramiento se desarrolló en sus inicios en paralelo con un saqueo despiadado de las riquezas naturales durante la época de Yeltsin. Ese episodio terrible explica por sí mismo la llegada al poder de Vladimir Putin y su elevadísimo índice de popularidad. Si bien se reflexiona, no son pocas las lecciones que podemos extraer a un siglo de distancia.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

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