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Esta semana que concluyó ayer nos trajo a los venezolanos más razones para la aguda mortificación, para la acuciante angustia… En días de carnaval esa celebración que precede la cuaresma cristiana, el cabeza de una banda empoderada que remata la destrucción iniciada por el tropero golpista Hugo Chávez, o sea Nicolás Maduro a través del Tribunal Supremo de Justicia (TSJ), el nuevo parapeto que existe para violar derechos, para sembrar terror, para patear democracia y libertades, para imponer canalladas con pretensiones de leyes, designó a Maikel Moreno con el consenso de los 32 magistrados que lo integran.

Este hombre que se desempeñaba como primer vicepresidente del TSJ y ahora lo preside, sacudió la opinión pública allá por el año 1989 al ser declarado culpable del asesinato del joven Rubén Gil Márquez, mientras se desempeñaba como efectivo de la extinta policía política DISIP y además era escolta del entonces presidente Carlos Andrés Pérez. Antes, el año 1987, también siendo funcionario de la DISIP fue encontrado responsable del homicidio de un joven ocurrido en Ciudad Bolívar, crimen por el cual él y dos funcionarios más estuvieron presos, logrando turbiamente la libertad en muy corto tiempo.

En Venezuela donde la corrupción y la aterradora impunidad no es nueva ni llegó en su totalidad con el castrochavismo, repito que Moreno se desempeñó como oficial de segunda de la policía política, y fue escolta del ex presidente Carlos Andrés Pérez durante su segundo mandato. Fue defensor de Richard Peñalver, uno de los “pistoleros de Puente Llaguno” y se dice que como juez “forjó actas” en el sonado y doloroso caso de los Comisarios, de los cuales ninguno ha logrado libertad plena y otros como los oficiales de la Policía Metropolitana tienen lustros presos y sin ninguna posibilidad de lograr justicia. Le vinculan a bandas que operan en el Poder Judicial y con semejante historial, ser ahora quien preside el TSJ lleva a decir sin rodeos timoratos que realmente es absolutamente coherente con el Narcoestado que es hoy Venezuela, y recuerdo esa sentencia talmúdica que asegura que es “Desgraciada la generación cuyos jueces merecen ser juzgados”.

Y digo que hoy los venezolanos, hombres y mujeres, tenemos que gritar fuerte por la dignidad, por la decencia elemento insustituible de todo país que desee ciudadanos y no delincuentes empoderados. Gritar por la libertad de nuestros hijos, de toda nuestra gente, gritar por Venezuela cautiva y degradada. Clamar a Dios y pedirle perdón por tanto pecado de omisión, tanta apatía, tanto egoísmo, y que quizá esta tragedia sea el cobro… Clamar para que corazones solidarios y nobles unan sus gritos a los nuestros y el coro sea tan fuerte, tan único que jamás los tiranos se confíen de esa mala costumbre humana de no defender al que sufre, al que llora, al que le es arrebatada su dignidad. Pido a mi Dios que ante la solidaridad de tantos que ya se manifiestan, podamos corregir errores y nunca jamás volver a darle la espalda a los perseguidos y esclavizados del "narco-comunismo-terrorismo" disfrazado de ideología y militancia política...

Hoy les comparto mi fortuna al poder leer –hace ya años- la edición en castellano de un libro del extinto Pontífice Juan Pablo II y como me señaló un querido y respetado amigo, Monseñor André Dupuy, conocedor como pocos de la realidad del castrochavismo y su infame hacer, en ese libro, percibí yo también el “guiño de la Providencia”.

En ese libro Juan Pablo II nos dice a todos, le dice a los oprimidos, a los amenazados, a los temerosos y también a los combativos ¡Levantaos, Vamos! Y me dijo también mi querido Monseñor Dupuy: “Esa palabra vivificante, y hasta interpelante es la llamada insistente a no permanecer con los brazos cruzados” Es una palabra para todos nosotros, para cada uno de nosotros, hoy día en Venezuela.

El me brindó la fortuna de conocer el pensamiento de un gran obispo de Francia, San Ireneo de Lyón, y que quiero compartir aquí con ustedes: “La gloria de Dios es el hombre viviente. Es decir, la felicidad de Dios, su alegría, es el hombre con la frente alta, el hombre consciente de su dignidad y dispuesto a defender las libertades fundamentales que dan sentido a su vida”.

Y es que palabra vivificante es también una palabra evangélica, la de un Dios que no quiere que la persona humana sea menospreciada, herida, atropellada en sus derechos inalienables, por tanto, la gente desesperada, agónica por demasiado sufrir, los tímidos, los valientes, todos ¡Levantaos, Vamos!

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