Hay ciertas cosas de mí que no me gustan, ciertas zonas difusas de mi carácter que me dejan confundido, desconcertado. Son patrones de conducta que se repiten de un modo automático, no pensado, no deliberado, como taras o tics nerviosos o rasgos congénitos incurables, incorregibles. De pronto me encuentro haciéndolo de nuevo y me digo: “Aquí estás otra vez, haciendo el ridículo”. O me digo: “Si serás bobo, si serás tontorrón, lo tuyo no tiene remedio”.

Esto me ocurre con frecuencia cuando se trata de mi fidelidad a ciertos equipos de fútbol. De joven era hincha de tal o cual equipo y no hacía concesiones y aquella lealtad era inquebrantable. Era forofo del Cristal en Lima, de River en Buenos Aires, y el fútbol europeo quedaba demasiado lejos, solo daban por televisión algunos partidos de la liga alemana, pero desde luego no era partidario de un club alemán. A nivel de selecciones, después de la peruana, venía, a no dudarlo, la argentina, y parábamos de contar. Pero ahora, en la edad madura, ya no soy tan marcadamente de este equipo o del otro. Tiendo a ser tránsfuga, veleta, chaquetero. Si estoy con un hincha del Barcelona, por ejemplo el editor de mi programa, yo también soy del Barça, y lo soy a morir, y no miento ni exagero, en ese momento soy completamente culé y me alegro con los triunfos de mi equipo, y digo que me hice hincha del Barcelona en la época del cholo Sotil y los holandeses Cruyff y Neeskens, y todos me creen y yo me lo creo. Pero si estoy con el camarero del restaurante donde almuerzo todos los días, un muchacho muy hacendoso, como sé que él es del Real Madrid, yo también lo soy, me convierto en un hincha merengue, y llego a decirle: “Qué bueno que ganamos”, “Qué lástima que perdimos el invicto contra el Sevilla, joder”, “De la mano de Zidane, vamos a ganar la liga y la Champions, ya verás”. Y en ese momento no sólo mi amigo el camarero me cree que soy del Madrid, yo me lo creo también, y si estamos viendo juntos el partido en la pantalla gigante del restaurante, y le meten un gol al Madrid, me lo han metido a mí también, y me cabreo, protesto, digo un par de groserías, maldigo al irregular portero tico. Es decir que soy genuina e indudablemente hincha del Madrid, como lo soy del Barcelona cuando estoy en compañía de un hincha culé. Esto me ha ocurrido también cuando he visitado el Bernabéu, cantando como hincha merengue de toda la vida y vivando los goles del Madrid, y cuando he visitado luego el Camp Nou como un hincha culé irreductible, y mi esposa es testigo de esta curiosa elasticidad de mis lealtades y sentimientos.

Pero lo más raro es que, si estoy en casa, viendo un partido de la liga española, y juegan, por decir, el Real Madrid y el Atlético de Madrid, mis simpatías calladas están ciertamente con el Atleti, con los colchoneros, con el equipo de Sabina. ¿Por qué abandono mi condición de hincha merengue y mudo a colchonero? No lo sé. ¿Soy oportunista, acomodaticio? No lo sé. ¿Me gusta tomar partido por el equipo más débil porque yo mismo soy un sujeto débil, pusilánime? Por lo visto, sí. Porque si, por decir, juegan el Barça y el PSG, les voy a los franceses, solo porque el equipo menos dotado es el que de inmediato me inspira una simpatía digamos de perdedor: no le voy al club rico, poderoso, de estrellas, sino al patito feo, a la cenicienta, al que rema contra la corriente. O si juegan, por decir, el Sevilla y el Leicester, le voy al equipo inglés, y no me pregunten por qué, siempre quiero que gane, dando el batacazo, contra todo pronóstico, el equipo chico, de pueblo, que no juega tan bien pero es puro corazón. Entonces, a estas alturas, quedando ocho equipos en la Champions, le voy sentimentalmente al Atleti de Simeone, solo porque ya se le escaparon dos finales agónicamente, la segunda por penales, y en cambio veo con muy poca simpatía a los equipos ricos, poderosos, que parten como favoritos y a los que da la impresión de que les cuesta menos ganar. ¿Será que me identifico con los equipos chicos porque trabajo en un canal pequeño? ¿Será que cambio de fidelidad según la compañía porque quiero caerle bien a quien me toque en suerte? ¿Será que ya no soy hincha de nadie y no quiero disgustos ni discusiones y por eso me acomodo como Zelig a las convicciones de quien tengo enfrente?

Porque esto también me ocurre, y quizás es más serio o alarmante, en el campo de la política. Por ejemplo, en las últimas elecciones presidenciales celebradas en los Estados Unidos, yo estaba seguro de votar por Hillary cuando hablaba con mis hijas mayores, quienes veían con espanto a Trump, y les aseguraba que en efecto votaría por la señora Clinton porque Trump me parecía escasamente calificado para gobernar al país más poderoso del mundo: “Es un patán, un machista, un dictador, un ególatra”. Pero luego iba a la peluquería del barrio y conversaba con mi amiga, la dueña del salón, y ella me decía que iba a votar por Trump porque estaba segura de que bajaría los impuestos a los negocios y crearía un buen clima para los empresarios como ella, y yo no dudaba en decirle que yo también estaba con Trump y votaría por él, principalmente porque veía con gran simpatía su idea de rebajar los impuestos, a diferencia de Hillary, quien, añadía yo, era demasiado severa con los empresarios, y seguro que subiría los impuestos de un modo excesivo: “Es una burócrata aburrida, no sabe crear riqueza, nunca le ha dado trabajo a nadie, nos va meter la mano al bolsillo, es demasiado tirada a la izquierda”. Y en ambos casos yo era auténtico, honesto, transparente: no estaba actuando, de verdad pensaba votar por Hillary para complacer a mis hijas, o por Trump para contentar a la dueña del salón de belleza, y ambas opciones me parecían posibles, viables, razonables. Es decir que podía argumentar por qué era mejor votar por Hillary, o dar una voltereta de panqueque acrobático y defender por qué convenía más votar por Trump. ¿Revela eso que soy frívolo, tonto, ignorante? No lo sé. ¿Pone en evidencia que mis convicciones políticas son caprichosas, antojadizas, y están dictadas menos por la razón que por los sentimientos? No lo sé. Porque, al final, en el momento en que tuve que votar, a solas con la papeleta, no voté por Hillary ni por Trump, sino, sorprendentemente para mí, por el patito feo, el perdedor, la cenicienta, el libertario Gary Johnson, quien, por supuesto, no tenía la más remota opción de ganar, pero esa me parecía una buena razón para darle mi voto.

No todas mis lealtades y convicciones políticas son tan quebradizas, sin embargo. En Colombia, por ejemplo, me declaro uribista, a pesar de que casi todos los escritores y artistas que admiro detestan a Uribe, y a pesar de que una parte del uribismo es bastante homofóbica. En Venezuela soy radicalmente antichavista y en eso sí que no hago concesiones. Lo mismo me ocurre con Cuba: no he visitado la isla ni la visitaré mientras no sea libre, y en eso soy terco, cabeza dura. De todos modos, algo me he ablandado con el paso de los años. Antes, si hablaba en el programa con un artista que simpatizaba con el chavismo, lo interrumpía, le decía groserías, lo ponía a parir, lo sometía a una tortura minuciosa, despiadada. Ahora voy perdiendo ese celo de predicador. La otra noche vino al programa una escritora cubana que vive en La Habana y es mi amiga y no se me ocurrió enzarzarme en una pelea verbal con ella, simplemente la dejé hablar y traté de entender su punto de vista. Antes hubiese sido impertinente y le hubiera dicho: “Si vives en una dictadura, no eres libre, estás subordinada al tirano”. Ahora, en cambio, le pregunto: “¿Por qué elijes seguir viviendo allá, cuando podrías irte?”.

Esta extraña capacidad para creer en todo y no creer en nada se manifiesta también cuando estoy con mi madre. Es decir: si estoy solo, o con mi esposa, me considero un agnóstico, no rezo; pero si estoy con mi madre, y ella me pide ir a misa, la acompaño, y si me pide rezar, rezo con ella. Antes le hubiera dicho: “Mamá, no fastidies, soy agnóstico”. Pero ahora le digo: “Claro, vamos a misa, encantado”. Y ella cree que soy creyente y en ese momento, a su lado, lo soy, soy creyente a pie juntillas, pero luego vuelvo a estar solo y ya no creo en nada. Lo más gracioso es que, como ahora estoy casado con una mujer, mi madre me hace llegar mensajes homofóbicos. Seguramente piensa que como ya no tengo novio, ahora deploro el amor homosexual. No es así, desde luego. Amo a mi esposa y, al mismo tiempo, defiendo los derechos de las minorías sexuales. Pero antes me hubiera enfadado con mi madre y le hubiese dicho: “Mamá, cómo se te ocurre mandarme un email en tono homofóbico, si sabes que soy bisexual y he tenido novio”. Ahora, sin embargo, no le hago ningún reproche ni recriminación, y hasta le digo: “Muy interesante lo que me enviaste, querida mamá, gracias por compartir tus opiniones conmigo”.

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