Los amores que perdí
¿En qué momento se interrumpió ese amor que parecía irrompible, invicto a la corrosión del tiempo y sus estragos viciosos? ¿Por qué ella se alejó de mí? ¿Qué pasos en falso di para perderla?

Hay dos o tres personas, amores imposibles, pasiones contrariadas, tatuajes imborrables en el corazón, con las que sueño muy a menudo, y no son sueños precisamente sosegados o placenteros, son sueños traspasados por la desesperación, la culpa, la ansiedad, la impaciencia de reunirme con ellas y redimirme, amándolas como no pude en su día, de los fracasos y desencuentros que nos enemistarnos y alejaron, por lo visto ya sin remedio. Dichos sueños culposos y atormentados, dictados por el inconsciente, son tan frecuentes que, me parece, constituyen obsesiones en toda la línea, y esas personas, a las que no veo hace tantos años, me acompañan, sin embargo, tan persistentemente, que son como amistades virtuales, imaginarias, afantasmadas.

Respetando el orden cronológico, que los sueños y el inconsciente por supuesto no respetan, el primero de aquellos grandes amores frustrados, deshechos, irrealizables, fue el que viví con mi primera novia hace poco más de treinta años en Lima, la ciudad donde nacimos. Lima era entonces un lugar peligroso, decadente, seriamente amenazado por el terrorismo comunista, y muchos de quienes podían se iban al extranjero. El presidente era un charlatán incompetente que destruyó la economía; los coches bombas estallaban en los barrios residenciales, como Miraflores y San Isidro; los apagones eran frecuentes, como asiduos eran los cortes de agua potable; los precios se disparaban a ritmo vertiginoso. En medio de ese clima viciado, irrespirable, un país que parecía no tener futuro y se hundía en el desaliento, conocí a mi novia en la universidad, ella estudiaba antropología, yo estudiaba o simulaba estudiar letras, y me enamoré de un modo tan repentino, brusco y visceral, que quedé convertido en un guiñapo, una piltrafa, un hombrecillo que babeaba a su lado y estaba a su merced. Era bella, insoportablemente bella, una belleza que dolía al mirarla y no poder tocarla, besarla, lamerla, los ojos de almendras, el cabello ensortijado, la sonrisa entre pícara y coqueta, la promesa de grandes aventuras preñada en su mirada inquieta, avispada. Nos unieron ciertas canciones, ciertos libros, ciertas películas, incluso ciertas hierbas ocasionales cuando sucumbimos a la tentación insana de amarnos como si no hubiera mañana, y conocí placeres inenarrables en los contornos, elevaciones, meandros y recovecos de su cuerpo, su dulce cuerpo inmortal, un cuerpo que entonces se me entregaba sin reservas y ahora se me aparece esquivo, en sueños. ¿En qué momento se interrumpió ese amor que parecía irrompible, invicto a la corrosión del tiempo y sus estragos viciosos? ¿Por qué ella se alejó de mí? ¿Qué pasos en falso di para perderla? ¿Pude no haberla perdido? ¿Era una posibilidad real que ese amor sobreviviera hasta hoy, o era solo una pasión condenada a extinguirse del mismo modo inevitable como se encendió? No tengo respuestas a esas preguntas. Solo sé que ella vive en mi memoria, se aloja en algún rescoldo de mi corazón, me habla y me sonríe cuando la sueño con ansias de reconquistarla, y si me acerco a ella y trato de besarla, se aleja, se torna espectral, huidiza, se vuelve inasible, inconquistable, la mujer que huye eternamente de mí. ¿Huía de mí, o de Lima, o de su familia, o de todos juntos, cuando decidió mudarse a Austin, Texas, a estudiar una maestría? ¿La decepcioné cuando le dije que no me mudaría a Austin con ella y solo iría a visitarla esporádicamente, como en efecto hice, sin considerar que mi ausencia provocaría que se enamorase de un joven que cursaba la maestría con ella? ¿Tuvo la intuición visionaria de comprender a tiempo que mi porfía para vivir el amor en todos sus matices y con todos sus riesgos terminaría lastimándola, y por eso buscó un amor más sereno, predecible y seguro? No tengo respuestas a esas preguntas. Solo sé que comencé a perderla cuando se fue a Austin y terminé de perderla cuando se marchó luego a Nueva York, a estudiar un doctorado. ¿No fue irónico que, con los años, ella terminase siendo una intelectual feminista, una profesora respetada, una escritora de libros académicos, una socialista moderada, y yo acabase siendo un escritor de novelas sobre amores desdichados, contrariados, y un periodista de opiniones radicales, inmoderadas, y un tiratiros verbal de derechas liberales, enemigo de ciertas causas socialistas que ella abrazaba? ¿Podríamos ella y yo hablar ahora de política sin discutir agriamente? No lo sé. Solo sé que sueño muy a menudo con ella y que en mis delirios oníricos la persigo como un hombre sediento persigue el espejismo de un oasis en el desierto, y que ella es una utopía, una quimera, una tentación que, a la vez, me perturba y enloquece, y se aparta prudentemente de mí.

También vive en mí, y sé que es para siempre, que no tiene remedio, que es una tristeza o una pérdida o una derrota inolvidable, el ánima de un amor clandestino, que duró apenas un año, cuando yo tenía veinticinco y él veintitrés, una pasión secreta, furtiva, indecible, pues él tenía novia y yo fugaces enamoradas, y él era famoso y yo también, y ambos vivíamos todavía en Lima, una ciudad mojigata, miope, enmascarada por los prejuicios, donde la hipocresía se cultivaba como una forma exquisita de la buena educación, y donde las cosas que él y yo hacíamos solo se toleraban si se hacían a escondidas, y si no se hablaba de ellas ni tan siquiera susurrando, pues los grandes predicadores virtuosos decían que Dios perdonaba el pecado, ese pecado nefando, pero no el escándalo. Lo amé con absoluta locura, con la irracionalidad y la virulencia de las grandes pasiones imposibles, y aun ahora lo amo en mis sueños, aunque nuestros derroteros nos hayan apartado tanto, el suyo dedicado al arte, a las películas, el mío volcado a los libros y la televisión. Lo entrevisté un par de veces en mi programa, una antes de ser amantes, otra cuando ya éramos rencorosos adversarios y él se había casado con una chica linda y era padre ejemplar, y no recuerdo cuándo fue la última vez que lo vi, creo que en un avión, en un aeropuerto, hace fácilmente veinte años, y como él estaba con su esposa y yo con la mía, ni siquiera tuvimos la delicadeza de saludarnos. ¿Me dejó porque advirtió a tiempo que la clandestinidad de nuestro amor sería violentada por mi urgencia suicida de contar en mis libros todo lo que era secreto y prohibido? ¿Se alejó de mí porque pensó que podría ser feliz con una mujer, con una familia convencional? ¿Seguiríamos amándonos si yo hubiese respetado el pacto no escrito de que nuestra pasión debía ser absolutamente escondida, camuflada, invisible a los demás? No lo sé. Solo sé que él regresa siempre en mis sueños y que no hay rencores ni reproches por mi parte, solo la gratitud tardía por los placeres desbocados que nos concedimos cuando era precisamente el tiempo de todos esos excesos y desafueros.

Pero con quien más sueño, y esto no se controla racionalmente, desde luego, es con la mujer hechicera, bellísima, deliciosa, con la que me casé hace veinticinco años. Se sorprendería ella de saber cuánto la sueño, cuánto la busco en los laberintos de la memoria, con qué ardor deseo abrazarla y besarla cuando duermo y se relajan las defensas y prevenciones que dicta la razón y entonces nos gobiernan esas otras fuerzas oscuras, turbulentas, caudalosas, que provienen de las entrañas mismas y evocan los más grandes placeres que hemos vivido. La amé muchísimo y todavía la amo, aunque sé bien que ella es feliz con otro hombre y que sería imprudente vernos. Mi amor por ella duró por lo menos diez años, aunque nuestro matrimonio duró la mitad, y nuestras grandes celebraciones eróticas, irrecuperables ya, ocurrieron curiosamente cuando estábamos divorciados, cuando la razón sugería alejarnos y la pasión aconsejaba entrelazarnos, fundirnos, confundirnos. Era bellísima, un misterio indescifrable, y me hablaba en francés y en inglés cuando yo la amaba, y había en ella tantas capas, texturas y fibras que nunca llegabas a conocerla del todo. Alentaba en mí las pasiones políticas, y estimulaba asimismo aunque con menos entusiasmo los caprichos literarios, y era una diosa sibarita, amante del buen vino y la buena mesa, y nuestros viajes eran siempre prolongaciones lúdicas de nuestra primera luna de miel en París, comiendo pan y queso todo el día, amándonos con la pasión incombustible de los que saben o intuyen que morirán jóvenes. ¿Debimos salvar nuestro amor del naufragio, tal cosa era posible? ¿Pudimos o merecimos ser más felices de lo que fuimos, o estaba escrito en el destino que acabaríamos divorciándonos y más tarde enemistándonos, siete años ya sin vernos? ¿Debí ser presidente y ella primera dama, una primera dama guapísima, elegantísima? ¿Todo se resquebrajó y rompió porque insistí en ser un escritor que lo contaba todo y eso lesionó su sentido del decoro y su elegancia natural de gran señora? No lo sé. Solo sé que cada dos o tres noches sueño con ella, y estoy en su casa del vivero, y la espero, la busco, la persigo, se me escapa, le ruego que no se aleje de mí, que no huya, que me deje abrazarla, besarla, amarla por última vez, pero ella raramente me mira y prefiere esquivarme juiciosamente, a sabiendas de que lo que ya fracasó una vez no funcionará tampoco en mis sueños ardientes, adolescentes.