Posa sonriente, como siempre, ahora con la imagen del Ché Guevara en el medio del pecho, evocando quizás sus tiempos como pionero en los que casi seguro nunca tuvo una franela tan cara.

Aparece en las redes sociales con sus amigos en Miami, vistiendo una camiseta negra cuyo costo se ha estimado en unos 300 dólares. No es necesario decir que muchos de los que cantaron hasta el delirio “Hasta que se seque el malecón” ahora se reporten ofendidos.

Pareciera raro, porque aunque nadie le exige madurez a los reguetoneros, el artista ha sido de los más prudentes y cuidadosos con su carrera como solista, la cual vino de menos a más.

El pullover de la discordia podría ser parte de la colección de Neil Barret, un creador de origen británico que ahora tiene su propia firma radicada en Italia.

Es una especíe de cabeza del Ché sobre el busto de Epicuro, una suerte o desgracia de diseño, según como se vea, que convierte en apretada e inusual síntesis, al guerrillero y el filósofo en mercancía.

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<p>EL reguetonero Jacob Forever con un grupo de músicos y amigos con la polémica camisa del Ché Guevara</p>

EL reguetonero Jacob Forever con un grupo de músicos y amigos con la polémica camisa del Ché Guevara

Pero el reguetonero ni por asomo parece guevariano y mucho menos fans de la Grecia antigua. Tampoco sabemos si por lo menos es asmático. A juzgar por lo que canta y compone inferimos que de hedonismo racional y epicureísmo debe conocer bien poco. No tenemos constancia de que sea defensor a ultranza de la guerra de guerrillas.

Cualquier manipulador podría decir que en realidad el artista se está burlando y que quienes lo han criticado hasta el cansancio son personas mediocres y de análisis literales, que como fanáticos empedernidos y militantes no se van a la cama sin una presa para espantar el aburrimiento.

Pero tranquilos: nadie lo dirá, porque hasta donde se sabe, aunque aún Wikipedia no lo escriba, nuestros reguetoneros son tan elementalmente gozadores, que jamás se sospecharía fuesen muy en el fondo postmodernos, burlones, o ambiguos. Mucho menos plurales. Jamás se les ha escuchado clamar por libertades. Vienen siendo como un gran coro. Todos vestidos más o menos iguales, luciendo una sospechosa y falsa unanimidad.

Lamentablemente esta vez el hábito confunde al monje. Al equivocar la vestimenta que elige y emplea, la "ingenua foto" colgada por un “amigo”, en las atómicas redes sociales, nos brinda inestimables pistas acerca de la encuadernación y el orden de los hemisferios cerebrales del cantante.

Lo que para el exilio de Miami es un equívoco moral para la fanaticada del reguetón pasará inadvertido, será una raya más para el tigre, que de esta manera genera una polémica en lo que aparece el nuevo éxito o se graba el próximo sencillo.

Un debate ético podría generarse partiendo de esta escaramuza, pero quien ha dicho que el reguetón apela a las reglas de la ética para sostenerse. En medio de tanta contaminación sonora y social: ¿Cuál sería el precio de nuestro sacrificio? ¿Qué hay de ficción y qué de autobiografía?

Agrietado está el tono épico, y esa es una de las conquistas de la cultura del reguetón y los reguetoneros, esos seres de carne y hueso, que dudan y temen, mientras huyen de la disciplina, la represión, el deber y su verdadero sentido.

No se trata de una foto polémica colocada en el pecho de un cantante de moda. Viene siendo como cavar la tumba de la mesura y la sobriedad mientras se seca el malecón en el valle de los lamentos.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

 

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