Se nos fue mayo, segundo mes de la temporada de Grandes Ligas, y desde ya hace algunas semanas, los Miami Marlins están fuera de la discusión de puestos de playoffs, habiendo mostrado un nivel paupérrimo y muy pocos deseos de luchar por llegar a la tierra prometida.

Así de mediocres han sido estos Marlins.

Al comienzo de esta campaña yo era de los que pensaba que este equipo tenía potencial para batallar, incluso tras el golpe emocional de la muerte de José Fernández, que había dejado a esta escuadra sin un líder sentimental.

Qué equivocado estaba.

Yo iba por la parte del empujón anímico de un grupo de peloteros que estaba dispuesto a luchar hasta el final y dejarlo todo en el terreno.

Qué mal estaba.

No sé si la noticia de la venta del equipo en los próximos meses, con dos grupos bien definidos con el dinero suficiente y la aprobación para hacerlo, ha sido una de las causas para que estos Marlins hayan lucido tan mal en el terreno. No lo sé y por mucho que me hago esta pregunta, no tengo la respuesta exacta.

La desidia que han mostrado en su juego me decepciona.

No se puede salir a jugar así ni pedirles a los fanáticos que vayan a apoyarlos al casi siempre vacío estadio de la Pequeña Habana.

No, no y no.

Ahora mismo, ellos están alternando el sótano de la división con Filadelfia, equipo del que se esperaba que estuviese abajo. No así con los Peces. Pero ahí están, sin alma, sin juego, sin deseo.

No sé, repito, si la noticia de la venta les ha afectado a los jugadores y al manager Don Mattingly. No lo sé. Pero tampoco creo que ese tipo de noticia pueda pasarle factura a un grupo de profesionales. No cuando ellos tienen sus contratos seguros y no cuando venían de un año 2016 bastante positivo, a excepción de la trágica muerte de José.

Ahora mismo el ambiente en el equipo es de decepción total y nos dan la impresión de estar esperando a ver qué pasa con esa bendita –para la gran mayoría- venta. La gran mayoría de la prensa y los fans en Miami están contentos con la salida de Loria y no ven el momento en que salga de los Marlins, para ver si este equipo ve la luz al final del túnel.

Esa luz en este mismo momento no es ni siquiera tenue. No se ve porque está apagada. Y pensar que todavía nos quedan cuatro meses de temporada regular…

Estos Marlins necesitan una chispa que les encienda la pasión y les haga jugar fuerte, con deseos, corazón. Precisamente, es corazón lo que vemos que muchas veces les falta. A veces me parece que lo que necesitan es un trasplante, sí uno de corazón que les haga salir a comerse el terreno.

Esa incertidumbre de quién va a ser el jefe, el dueño, el que haga los cheques parece que les ha afectado, aunque sigo pensando que esto no puede ser motivo del mal juego mostrado hasta ahora.

Al final, no sabemos si los factores mencionados anteriormente son causa y efecto del pésimo juego de estos Marlins. No lo sabemos, pero lo sospechamos porque ni juegan bien ni ganan. Son un equipo que ya ha entregado la temporada y que parece estar esperando a que suceda algo que les haga reaccionar.

La mediocridad de los Miami Marlins es evidente y dolorosa. Y lo peor es que el efecto siempre va por delante, en vez de las causas. Esto es un rompecabezas que no veo cómo se va a resolver.

Porque incluso si se da la venta pronto, este equipo tiene muchos huecos y los reportes de las menores dicen que la granja es de las peores en todas las Grandes Ligas.

Así que a tomarse una píldora de paciencia y a sentarse a esperar que los Marlins algún día sean relevantes.

Aun si es como 1997 y 2003, bien fugaces.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

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