Yo no quería vender el apartamento de Buenos Aires. Le tenía cariño, me traía recuerdos felices. Le había hecho, o había pagado para que le hicieran, toda clase de arreglos y renovaciones, y había quedado impecable, “todo a nuevo”, como decían allá. Estaba en el corazón del barrio de San Isidro, al norte de la ciudad, y tenía una vista muy linda al club de rugby. De noche, cuando encendían las luces de la cancha, la vista era preciosa, y el espectáculo de aquellos hombres fornidos entrechocándose no la empobrecía en absoluto y podía hacerla más inspiradora.

Aunque no había sido capaz de dormir del todo bien en ese apartamento, pues el vecino del piso de arriba me despertaba cada vez que iba al baño y tiraba la cadena del inodoro, había sido razonablemente feliz en esa, mi última madriguera porteña, con una vista esquinada al río marrón. Se lo había comprado ocho años atrás al tío de mi novio, y había pagado todo en efectivo ante una escribana octogenaria, y solo contar los billetes y verificar que fuesen buenos había tomado varias horas. Yo había ahorrado ese dinero los años que viajaba a Buenos Aires todos los meses a grabar entrevistas para la televisión local, lo escondía dentro de pares de medias polares, pues no me permitían abrir una cuenta bancaria siendo turista, y me había decidido a comprarlo después de una experiencia nefasta en un apartamento alquilado en la misma calle, a cuatro cuadras, frente a un barrio de calles laberínticas y adoquinadas. En aquel apartamento que no debí alquilar, pues cuando me lo mostraron noté varias fotos del fundador del Opus Dei colgadas de las paredes e impresas en estampitas colocadas sobre los veladores al lado de la cama, como una señal ominosa de que nada placentero podía aguardarme allí, estuve a punto de perder la vida, como consecuencia de una crisis viciosa de insomnio. No podía dormir porque me moría de frío, se me helaban los pies, y llegué a comprar tantas estufas y radiadores que me pasaba la noche sudando, tosiendo, caminando a la cocina a comer helados, espiando cómo dormía mi novio en una habitación contigua. Tantas malas noches pasé allí que, a punto de enloquecer, hice recubrir mi habitación de paredes y techos de goma espuma para que no se filtrasen los ruidos de los vecinos ni el frío insidioso de julio y agosto. De nada sirvió. Continué agonizando cada noche. Me salvaron la vida las hormigas y una paloma inesperada. En mis momentos de peor desolación, hundido en una profunda crisis depresiva, exhausto y abatido, sin poder ver a mis hijas porque su madre reprobaba moralmente a mi novio, encontraba consuelo hablándoles a las hormigas en la cocina, dejándoles minúsculos pedazos de jamón o lomito, comida que ellas, gregarias, laboriosas, se llevaban a cuestas a sus madrigueras, mientras yo les hacía confidencias y lloraba mis penas. Una noche estuve a punto de saltar del balcón del piso doce para acabar con el tormento de no poder dormir y pasar tanto frío y malvivir tosiendo. De pronto vi que una paloma había hecho un nido en el balcón. No voló, no se alejó de mí, y su presencia rebajó mi tristeza, me hizo sentir acompañado por un cuerpo vivo que parecía estar pasándola peor que yo, y me devolvió una mínima fe en el futuro. Cada noche, desvelado, alimentaba a las hormigas, le hablaba a la paloma, comía helados de chocolate, y esperaba a que madrugaran a las cinco y media los vecinos alemanes que subían sus persianas eléctricas haciendo un horrible ruido metálico, casi tan horrible como el fragor de sus discusiones en aquella lengua ruda y extraña. Tenía que irme de allí y me fui apenas pude y entonces compré el apartamento y todo cambió para bien.

El apartamento era más pequeño, estaba en un cuarto piso, tenía dos habitaciones, y era parte de un edificio antiguo, construido en los años cuarenta, cuando Buenos Aires era todavía una ciudad lujosa, opulenta, allí donde tantos italianos y españoles, huyendo de la violencia, soñaban con irse a vivir, no digamos ya los alemanes, acabado el horror de la guerra. No por ser tan antiguo el edificio carecía de encantos: de algún modo remitía a los tiempos de gloria y esplendor, y estaba recubierto de una pátina de decadencia añosa que lo hacía más estimable, o al menos más estimable a mis ojos de escritor itinerante. Las escaleras eran sombrías y heladas y oscuras; el ascensor tenía una puerta metálica y una reja que se abría y cerraba tirándola manualmente y, una vez adentro, metía miedo por ser tan antiguo y chirriante; los vecinos eran tan mayores que aquello parecía un asilo de ancianos o un geriátrico sin pretensiones; no había una sola cochera, solo bauleras tan minúsculas que allí no cabía una bicicleta; el portero era un señor muy correcto y laborioso; y cada cierto tiempo venían los de la funeraria para llevarse a un vecino muerto, recordándome que cada día sin escribir era un día perdido. Era, pues, el lugar perfecto para un escritor, o el lugar perfecto para mí. Ya no pasaba tanto frío, podía dormir en tandas de dos y tres horas, podía sentarme en mi cuarto a escribir la novela.

Hace seis años, cuando terminé inamistosamente con mi novio, ya casi no iba más a Buenos Aires porque ya no grababa las entrevistas de televisión, y mi salud estaba en un punto bajo, delicado, y no tenía ganas de ver a mi novio porque, a escondidas, furtivamente, me había enamorado de una chica de Lima que podía ser mi hija. Yo había pensado regalarle el apartamento de San Isidro a mi novio, porque al final de cuentas habíamos sido felices allí, pero él se portó tan mal con mi novia y conmigo, y dijo cosas tan horribles a la prensa, que decidí que no merecía que le regalase nada, y saqué sus cosas de allí y no volví a verlo más. Pero tampoco dormí una noche más en ese apartamento. Cuando volvía a la ciudad con mi novia, que luego sería mi esposa, que luego sería la madre de mi hija, no nos tentaba en absoluto quedarnos allí, dormir allí, compartir con nuestra hija pequeña el espacio acotado donde yo había sido feliz. Preferíamos quedarnos en un hotel. No tenía mucho sentido conservar la propiedad porque todos los meses había que pagar las cuentas y era dinero tirado al agua. Así que me decidí a venderla, le di las llaves a un agente inmobiliario y le sugerí que pidiese el doble de lo que yo había pagado hacía ocho años por comprarla.

Dos meses después, así de rápido, teníamos una oferta. Era de un brasilero refinado, caballeroso, navegante en yates y veleros, canoso, ya en sus sesentas. Aceptaba pagar el precio que pedíamos. Suponía una ganancia nada desdeñable para mí. Pero pedía pagar la mitad en transferencia bancaria y la otra mitad en efectivo. Entonces comenzaron los problemas.

El problema principal era que, siendo turista, yo no podía abrir una cuenta bancaria en la Argentina. Quise comprar una caja de seguridad en un banco local para dejar allí la plata en efectivo, y tampoco fue posible. Podía dejarle el dinero a una amiga de toda confianza, pero era mucho dinero y me daba miedo que se lo robaran. Entonces mi esposa y yo decidimos que nos llevaríamos el dinero en efectivo a Miami y, al llegar, lo declararíamos a aduanas, justificándolo con los papeles de la venta del apartamento, que llevaba conmigo.

Al pasar los controles en Ezeiza, abrieron nuestros maletines y nos preguntaron por qué llevábamos tanto dinero. Les dije la verdad: había vendido un apartamento. Nos llevaron a un cuarto donde un oficial nos dijo que era ilegal salir con más de diez mil dólares. Llevábamos bastante más. Le dije que no sabíamos, le pedí disculpas. Amablemente, me dijo que, si quería subir al avión, tenía que dejar el dinero allí, confiscado, pues era sospechoso de lavar dinero y eso podía ser penado con cárcel.

-¿No podemos llegar a un acuerdo amigable? –pregunté.

Pidió el veinte por ciento. Le ofrecí el quince. Se ofuscó y dijo que si me ponía necio me quitaría todo. Le di el veinte por ciento. Pero no lo contó allí, delante de nosotros. Se encerró en otro despacho y, cuando salió, me entregó el dinero metido en una bolsa de plástico negra y nos deseó buen viaje.

Al llegar a Miami, todavía asustados, declaramos el dinero que llevábamos con nosotros, y todo fue fácil y rápido. Pero, al día siguiente, en el banco, la cajera, contando los billetes, me dijo que la mitad eran falsos.

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