Muchas de las grandes estrellas de la leyenda musical cubana, nacieron en el primer cuarto del siglo XX y lograron la hazaña de crear formas de cantar, componer, tocar y bailar, que hicieron grande en el ámbito internacional a nuestra música, concentrando en ellos el concepto de “lo cubano” al punto de influir hasta el presente, en la manera de hacer de miles de creadores nacidos en Cuba y otras latitudes, donde se admira nuestro desempeño musical.

Uno de esos grandes artistas fue Miguel Ángel Eugenio Zacarías Valdés y Valdés, (La Habana, 6 de sept. de 1912 – Bogotá, 8 de nov. de 1978) conocido por Miguelito Valdés y también por Míster Babalú, gracias al éxito obtenido por su excelente versión del afro “Babalú” de Margarita Lecuona, que cantó por primera vez con la legendaria orquesta Casino de La Playa, en Cuba, aunque cuentan que fue el presidente de los Estados Unidos, Harry Truman, quien le puso el apodo de Mr. Babalú, cuando se conocieron personalmente.

Miguelito, al igual que muchos triunfadores de su generación, nació en el seno de una familia humilde en el habanerísimo barrio de Belén, aunque su familia se mudó cuando aún era muy niño al no menos habanero barrio de Cayo Hueso, donde aprendió a “mecaniquear” como se dice popularmente en Cuba a aquellos que pueden tener virtudes para la mecánica, pero no han estudiado formalmente el oficio y también sostuvo aspiraciones en el esforzado mundo del boxeo, otra de las vías para llegar a la fama en aquella época.

Por suerte, también participó en un sexteto formado por muchachos del barrio, donde –gracias a su musicalidad– tocaba guitarra, tres, contrabajo, maracas y cantaba, lo que le permitió formar parte del famoso Sexteto Occidente de la Princesa Eterna de la Trova: María Teresa Vera, para pasar posteriormente por otras agrupaciones, como Jóvenes del Cayo, las charangas de Ismael Díaz, Orquesta Gris y Habana.

Era innegable que Miguelito, poseedor de un espíritu inquieto y aventurero, estaba destinado a triunfar. Ya en 1934, realizó su primera gira a Panamá, que siempre ha recibido con agrado a los grupos de música cubana y de regreso, ingresó en la orquesta de los Hermanos Castro, donde cantó hasta 1936, cuando junto a un grupo de músicos deciden fundar la Casino de la Playa, con la que logró un gran éxito con números como Brucca Maniguá, del gran Arsenio Rodríguez y fue una de las cartas de triunfo de la agrupación para escalar los primeros lugares de la preferencia popular.

Hay que decir, como parte del entorno social de ese entonces, que las orquestas para blancos, que constituían el segmento social dominante, no admitían, sobre todo como cantantes, negros y mulatos, pero Miguelito –“mulato de pelo bueno” según el decir popular– fue de los primeros en romper esa odiosa barrera racial y se convirtió en todo un éxito. Tres años estuvo con la Casino de la Playa, hasta 1939, luego, en 1940, grabó algunos números con la Havana Riverside para partir ese mismo año con rumbo a New Jersey, donde ya un nutrido grupo de artistas cubanos habían tenido éxito grabando numerosos discos.

De New Jersey se desplazó a la vecina Nueva York y logró ingresar en la orquesta de lo que se puede calificar como todo un personaje y gran negociante: Xavier Cugat.

Francesc d`Assís Xavier Cugat Mingall, nació en Gerona, Cataluña el 1º de enero de 1900 y falleció, después de darle la vuelta al mundo, en Barcelona, para ser sepultado en la propia Gerona, el 27 de octubre de 1990.

Con sólo cinco años, su familia emigró a Cuba, donde estudió violín y tuvo la oportunidad de trabajar en el Teatro Nacional en La Habana, lo que le dio un formidable entrenamiento como ejecutante de todo tipo de música y partituras, propias de la amplia programación del teatro. Ya en 1915, Cugat emigra a los EEUU y participa en una banda musical llamada Los Gigolós tocando tangos, al mismo tiempo que dibujaba tiras cómicas para Los Ángeles Times y era capaz de “poner Pepsi Cola en el aire” para ganarse la vida.

En 1940, cuando Miguelito entra en su orquesta, logra un exitazo con la versión que grabaron de Perfidia, del mexicano Abel Domínguez, lo que asienta a Miguelito en el medio artístico.

Miguelito Valdés, que aprendía rápido, aprovechó muy bien el tiempo con Cugat, que tocaba los más diversos ritmos de moda, sobre todo los de origen cubano, aunque hacía sambas y todo lo que pudiera llamar la atención, logrando así llegar a la gran pantalla, donde trabajó en varias películas, siempre al frente de su orquesta –a veces con un perrito chihuahua en sus brazos mientras dirigía la banda– tocando un número cubano en pantalla con los bailarines con sombreros cordobeses o mexicanos tocando maracas y otros anacronismos de un cine lastimosamente ignorante, aunque Cugat –al menos– admitió en una entrevista: “Para triunfar en los Estados Unidos le di a los norteamericanos música latina que no tenía nada de auténtica”.

Miguelito abandona la orquesta de Cugat por discusiones acerca del salario e ingresa en la famosa e importante orquesta de Frank Grillo, “Machito y sus Afrocubans” otro cubano ilustre, que el 2012 cumplió su centenario de nacido, el 16 de febrero de 1912, en La Habana, aunque hay algunos historiadores que lo reflejan nacido en Tampa y falleció en Londres el 16 de abril de 1984.

Miguelito estuvo varios años con esta orquesta y realizando grabaciones en general; vino a Cuba en numerosas ocasiones, actuando en los más populares programas de televisión. En 1947, convenció y le dio trabajo en su orquesta en Nueva York a su amigo, el legendario tumbador Luciano “Chano” Pozo, que después tocara con Dizzy Gillespie para alcanzar la inmortalidad por su aporte extraordinario al cu-bop y a la historia del jazz latino.

Fue un hombre franco y afable, que alcanzó la hermosa reputación de ayudar a todo aquel al que podía tender una mano. Cuando surgió la esperanza de que el Dr. Ramón Castro Viejo pudiera operar de la vista al Ciego Maravilloso de Güira de Macurijes, Arsenio Rodríguez, ahí estuvo Miguelito Valdés en primera fila, como lo estuvo también en darle una mano para comenzar su carrera al gran compositor manzanillero Julio Gutiérrez.

Sus discos ya habían caminado por varios países, dándole fama y prestigio, llegando a ser uno de los cantantes mejor pagados en el mundo latino de los años 50 en Nueva York y su carisma e histrionismo le consiguieron un lugar especial. Miguelito, que había hecho de la conga cubana una de sus más fuertes expresiones escénicas, salía con una tumbadora en bandolera y ya fuera correctamente vestido, con traje cuello y corbata, o con una camisa “guarachera”, actuaba de forma intensa, sin importarle terminar con el pelo sobre sus ojos, lo que al público le encantaba.

Como compositor, también tuvo éxitos como “Dolor cobarde”, “Loco de amor”, “Oriente”, “Vienen regando flores” el bellísimo tema de una de nuestras comparsas habaneras más famosas: “Las Jardineras”; “Los componedores” y como artista en general, ya era una relevante e indispensable personalidad en el mundo artístico cubano. Tropicana lo contrataba como atracción, al nivel de las grandes estrellas, tanto del patio como internacionales que prestigiaban al cabaret, entre los más exclusivos del mundo que a la vez, enriquecían su currículo al haber actuado en sus famosas pistas.

Ya la fama de Miguelito se había extendido y logró hacer plaza fuerte para sus éxitos a numerosos países de América Latina, por donde realizó varias giras. El 8 de noviembre de 1978, cuando contaba con 66 años y se mantenía activo como cantante, la muerte lo sorprendió en plena actuación en el Salón Rojo del Hotel Tequendama en Santa Fe de Bogotá en Colombia. Murió cantando, haciendo lo mismo que lo sacó de la pobreza y le dio fama y fortuna y estoy seguro que la muerte que tuvo, aun buscando el aplauso por el que tanto luchó, fue su mejor despedida. En Cuba se le recuerda poco, sólo los conocedores y estudiosos de la música cubana y su historia lo recuerdan como el gran difusor de nuestra música autóctona, que gracias a su talento y carisma y a su legitimidad como cubano, contribuyó a convertirla en una de nuestros más hermosos tesoros.

Fuentes: Cristóbal Díaz Ayala; Helio Orovio, Bladimir Zamora, archivo del autor.

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