Llevábamos tres años sin venir a Nueva York. En aquella ocasión dejamos a nuestra hija en Miami, bajo el cuidado de sus dos nanas peruanas, mujeres extraordinariamente nobles y laboriosas, y vinimos a celebrar la buena marcha de nuestro amor improbable, a contracorriente. Nos alojamos en un hotel de Upper West, con una linda vista al parque, y, por quedar bien con los amigos de mi esposa, terminamos haciendo cosas absurdas, alocadas, atropelladas, que le robaron la cadencia tranquila al viaje. Fuimos, por ejemplo, a un club donde un colombiano con aire siniestro se ofreció a tener sexo con nosotros, y yo lo insulté y nos liamos a golpes, llevándome yo la peor parte, quedando con la nariz maltrecha; nos invitaron a una discoteca de moda en Chelsea, de la cual fui eyectado por los adustos hombres de seguridad, que me acusaron de ser demasiado viejo y estar muy mal vestido para confundirme con ese enjambre de jóvenes bellos, lánguidos y confundidos; nos dieron a probar una marihuana poderosísima que me dejó lelo y baboso un par de días; y nos llevaron a restaurantes ridículamente caros, donde te servían platos diminutos y cobraban sumas de auténtica usura. Además, perdí mi pasaporte en algún taxi, en medio del vértigo y el estrés de correr de un lugar a otro, siguiendo la agenda ajetreada de los amigos de mi esposa. Por eso, esta vez cambiamos de planes radicalmente: no veríamos a ninguno de sus amigos, viajaríamos con nuestra hija, ya de cinco años, y nos alojaríamos en un hotel tranquilo del Upper East.

Tuvimos suerte: acertamos. El día en que llegamos la temperatura bajó veinte grados nada menos, y se situó en los treintas, o sea que estaba helado, y además con un viento gélido, traicionero, pero eso no nos arredró y, bien abrigados, yo con calzoncillos largos de esquiador y ropas de soportar la nieve, salimos a pasear por la avenida que más me gusta del barrio, Madison, que, en mi opinión, es más linda y divertida que la Quinta avenida. Mi esposa se quejó de que no habíamos traído guantes, así que compramos guantes para ella y nuestra hija, pero yo, haciendo alarde de una virilidad tardía y un tanto risible, me negué a proteger mis manos del frío. Mi esposa, que es muy lista, mucho más lista que yo, alquiló en el hotel un cochecito para toda la semana, y fue probablemente la decisión más juiciosa del viaje, junto con la de disuadirme de alquilar un automóvil. El coche, apenas a cien dólares la semana, nos permitía pasear con nuestra hija, mientras ella dormía la siesta. Y no alquilar un auto nos obligó a caminar sorteando las ráfagas pérfidas de frío y la masa rumorosa de peatones. Pero es que para eso se viene a Manhattan: para caminar, para ver gente de todos los colores y todos los credos y todos los atuendos de moda y pasados de moda, para sentirse en la mera capital del mundo libre, y para exponer tus huesos a un frío digno de llamarse así, y no al invierno pusilánime de Miami, donde nos espantamos cuando hace sesenta grados.

Llevamos a nuestra hija a ver tres musicales: Matilda, que nos encantó, y que en cierto modo iguala y hasta supera a la película, porque el talento de la niña protagonista, y de su madre frívola y dispendiosa, y su padre crápula, son realmente extraordinarios; Lion King, que, como todo el mundo sabe, es una producción alucinante; y Cats, una obra que vi hace exactamente treinta años con mi primera novia, Daniela, la chica más linda de la universidad, los ojos como caramelos y el pelo rubio y rizado y esponjoso como un mousse de lúcuma con merengue, mi primer gran amor, la mujer con la que aprendí a ser si acaso un hombre, después de fracasar en un prostíbulo cuando mi padre y sus amigos me llevaron a inaugurar mi dudosa hombría: no podía creer que habían pasado treinta años, treinta, desde aquel viaje con Daniela, y ahora estaba con Silvia, mi segunda esposa, y Zoe, nuestra hija, y todo era exactamente igual, la tonadilla pegajosa, los gatos sigilosos, serpentinos, los bailes sin tregua. Zoe se excitó tanto en ese último musical que se puso se pie, se paró en el pasillo y empezó a bailar a su aire, y nadie la riñó ni la interrumpió, y la gente celebraba sus ocurrencias y morisquetas, y hasta la gata blanca bajó del escenario y le dio un beso, puede que el momento más feliz del viaje para nuestra hija.

También visitamos los museos de siempre, desde luego: el Met, el de Historia Natural (una pesadilla, demasiada gente, los elevadores colapsados, los turistas con la irritante obsesión de hacerse fotos con todo), el nuevo Moma en la 53, cuyo quinto piso exhibe una colección de pinturas maravillosa, y la extensión del Met en Madison y la 75, muy moderna, digna de verse. Pero mi lugar favorito para apreciar arte sigue siendo la galería Gagosian, en Madison, donde suele haber poca gente y piezas de arte sobrecogedoras. Las multitudes, sin embargo, prefieren, por estos días, pasar del arte antiguo y contemporáneo, y visitar un edificio de cristales marrones en la Quinta avenida, circundado por policías, patrulleros, motos, bomberos y sacos de arena: la torre del magnate y presidente electo Trump, por la que no se puede ya caminar por la vereda adyacente, a menos que tengas una credencial de acceso a la fortaleza amurallada. Era sorprendente ver a gente de todas partes del mundo, hablando en sus lenguas enrevesadas, empujándose para sacarse una foto con la edificio y las letras gigantes de Trump detrás. Nada tiene más éxito que el éxito mismo: si pierdes, apestas, te miran desdeñosamente, con lástima, y nadie se hace una foto contigo; si ganas, no importa cómo ganaste, no importa cuán sucio jugaste y a cuántos pisoteaste para trepar, el mundo de pronto te adora, y todos quieren hacerse un retrato si no contigo, al menos con el edificio que erigiste y las letras que en tamaño gigante le anuncian al mundo las dimensiones de tu ego inconmensurable. Apiñados en esa multitud de cazadores de imágenes sin alma, terminamos haciéndonos fotos nosotros también al pie de la torre Trump, y me sentí un poco ridículo, y mi hija me dijo que debíamos construir una torre más alta y ponerle arriba nuestro nombre, BAYLY’S en letras más grandes.

Pero los mejores momentos del viaje, o al menos los mejores para mí, fueron los que pasamos con mi hija mayor, que vive en esta ciudad. Ya graduada de una universidad de gran prestigio, trabaja en un banco de inversión, es analista financiera, sabe de dinCerrarero y bonos y acciones y mercados emergentes y oportunidades de inversión todo lo que yo no sé ni sabré nunca, y exhibe una ética de trabajo que le admiro profundamente: trabaja catorce horas al día, catorce, incluyendo los sábados, y además va al gimnasio, y tiene impecable su departamento en el barrio más coqueto, desde el cual puede caminar hasta el banco, y por si todo eso fuera poco encontró tiempo para comprarle regalos a Zoe y venir a cenar con nosotros un par de noches. Me sentí muy orgulloso de ella, le dije que me había superado largamente con sus precoces veintitrés, y la animé a seguir conquistando el mundo con su inteligencia, su audacia, su humor y su simpatía. Hacía un año que no la veía, y entonces aún no se había graduado, y ahora la encontré tan bien, tan enfocada, tan encaminada, que me emocionó sentir que sus padres no hicimos, después de todo, un trabajo tan malo, y que ella tuvo la inteligencia de aprender de lo malo para no repetir nuestros errores. China linda: mis respetos, me saco el sombrero por ti, fue una grandísima alegría verte tan bien.

Volveremos a casa el domingo. Antes iremos a patinar en la pista del Rockefeller plaza, y a tomar chocolate caliente, y a comprar cosas con descuento. Pero, sobre todo, repetiremos, cada tarde, con precisión maniática, la rutina que cumplo siempre, sin falta, cuando visito esta ciudad: cruzar Central Park entrando por la 76 del lado Este y saliendo por la 81 del Oeste, desviándonos por senderos, bifurcaciones, vericuetos, contemplando los árboles rojizos y amarillentos del otoño, oyendo las lenguas indescifrables, recordando otros paseos con otros amores, demorándonos ahora y perdiéndonos deliberadamente porque nuestra hija duerme en el cochecito que yo empujo y no hay prisa ninguna por despertarla: me ha tomado cincuenta y un años llegar a este punto plácido y apacible de mi existencia, y cuando miro atrás ya no hay rencores ni reproches, solo un sendero zigzagueante cubierto de las hojas amarillas que el otoño ha arrancado, como el tiempo va arrancando sin compasión los pocos años que nos quedan por vivir: aquellos árboles que hablan un lenguaje inescrutable seguirán allí, en pie, invictos, cuando nosotros seamos ya solo polvo y olvido.

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