Descorazonado porque mi editor en Barcelona no respondía sobre el manuscrito que le había enviado, y abatido porque el canal de televisión estaba en problemas financieros y me habían sugerido unas vacaciones forzadas, no pagadas, que decliné por la aguda crisis venezolana, que me exigía salir todas las noches en directo, informando de los abusos y tropelías de la dictadura de ese país, llamé por teléfono a mi madre Dorita, que estaba en Lima, y le anuncié, tratando de sonar optimista:

-Mamá, he decidido que seré candidato presidencial.

Dorita se tomó su tiempo antes de comentar mi decisión y enseguida preguntó:

-¿Acá en el Perú o en Estados Unidos?

Me reí de su picardía.

-Yo nací en Lima, mamá –dije-. Solo puedo ser candidato en el Perú.

-Mucho mejor –dijo ella-. Esta es tu tierra, tu terruño. Tú has nacido para servir a los peruanos. Tú no eres gringo, no lo serás nunca.

Luego de un silencio, preguntó:

-¿Y qué harías con tu pasaporte de los Estados Unidos? ¿Renunciarías a tu ciudadanía gringa, como hizo Pedro Pablo?

Se refería, por supuesto, a Kuczynski, el presidente peruano, quien, para ganar las elecciones el año pasado, entregó su pasaporte estadounidense en el consulado de Lima y reafirmó de ese modo teatral su peruanidad.

-Me temo que sí –dije-. Pero Silvia me ha dicho que si me voy a Lima a hacer política y renuncio a mi pasaporte gringo, ella no me acompañará y se quedará en Miami con Zoe.

-Dale tiempo –aconsejó Dorita-. No la apures. Al final ellas vendrán contigo y Silvia será una gran primera dama.

-Y si se queda en Miami, mi primera dama serás tú, mamá –le dije.

-Yo, encantada, a mucha honra –dijo Dorita-. Pero tú sabes muy bien cuál es mi posición sobre el aborto, sobre la fe religiosa, sobre el Cardenal, sobre las drogas que tanto te gustan y sobre tus amiguitos, los del otro equipo.

Guardé prudente silencio, procurando evitar una discusión acalorada, como las que nos agriaban la vida en tiempos lejanos. Dorita arremetió sin contemplaciones:

-No esperes que yo te apoye, si vas a salir a decir lo que decías antes, que no crees en Dios, que apoyas el aborto, que quieres que las drogas se vendan en las bodegas y los grifos, y que vas a legalizar el matrimonio homosexual.

Con mucha delicadeza, pregunté:

-Si digo que creo en Dios, que soy creyente, ¿apoyarías económicamente mi campaña?

Dorita no se apresuró en responder. Caviló hondo, sopesó sus palabras y sentenció:

-No. Tendría que hablarlo con tus hermanos. Y tendrías que decir que estás contra el aborto, contra los gay y contra las drogas.

Me reí socarronamente y comenté:

-Pero si digo eso, ¡me quedo sin agenda, mamá! Ese es mi plan de gobierno. Yo soy bisexual, he tenido novio siete años, ¿cómo voy a salir a decir ahora que estoy contra las bodas homosexuales? ¡Sería una barbaridad! ¡Me humillaría a mí mismo!

Dorita empezó a perder la calma:

-Tú no eres bisexual –zanjó la cuestión-. Tú eres un macho bien macho, el más viril de mis ocho hijos hombres. Déjate de hablar tonterías, ¿quieres? Y por favor no menciones a tu amiguito el argentino, que nunca te quiso y solo estaba contigo por la plata, si serás idiota, Jaimín.

-Mamá querida, tienes que entender que yo no apoyo el consumo de drogas, lo que apoyo es que cada persona adulta decida libremente si quiere drogarse o no, y con qué droga quiere intoxicarse –traté de explicarme.

-No me hables en chino, hijito –me vapuleó Dorita-. Todo el mundo sabe que fumas marihuana, que eres gran marihuanero. Por eso quieres que la marihuana se venda en todas partes, ¡porque eres un gran fumón! ¡Y lo peor es que crees que yo no lo sé! ¿Por qué crees que cuando voy a visitarte nunca te acepto los brownies que me invitas? ¡Yo sé muy bien que están contaminados de marihuana, Jaimín!

-Mamá, por favor, no sigas –me defendí-. Sé que es la fama que tengo en el Perú, pero hace mucho que no fumo marihuana, créeme. Ya la dejé.

-¿Hace cuánto no fumas? –preguntó Dorita.

No quise mentirle:

-Hace unos meses. Pero los domingos me hago tortillas de clara de huevo con tu aceite de marihuana.

-No te creo –dijo mi madre-. Seguro que si abro tu caja fuerte encuentro toneladas de marihuana. ¡Tremendo vicioso me ha salido mi hijo mayor! ¿Cómo quieres ser presidente si todo el día estás volado y chino de risa, hijito?

Entendí que mi madre no me creería, así que procuré cambiar de tema:

-Mi oposición a los militares, mi convicción de que los militares no sirven para nada y cuestan una fortuna, y que el Perú debe licenciar a sus militares o convertirlos en policías, ¿te parece una buena idea?

-Mira, Jaimín, te voy a hablar claro, sin pelos en la lengua –me advirtió Dorita-. Si hablas mal de la Iglesia y los militares, perderás de todas maneras. Los dos partidos políticos más poderosos de este país son la Iglesia y el Ejército, ¿no te das cuenta? ¿Eres huevón, o la marihuana que fumas te ha vuelto tarado?

Quedé en silencio, resignado a que ciertas ideas políticas que yo solía defender eran, por lo menos, minoritarias, impopulares. Dorita continuó:

-Y si vas a salir a decir que no crees en Dios, o que dudas, que eres agnóstico, te aseguro que perderás. Este es un país sumamente católico. Tienes que decir que eres muy religioso, lo que además es verdad, y tienes que hacerte fotos con el Papa, y que te dé la bendición.

De pronto me armé de valor:

-Prefiero perder en mi ley, que ganar diciendo una sarta de mentiras.

Dorita se impacientó:

-Entonces no me pidas plata. Financia tú solito tu campaña y deja de joderme, ¿quieres?

-Pero con mi plata no alcanza, mamá –me quejé-. Una campaña cuesta millones.

-Mala suerte –opinó Dorita-. Anda a pedirles plata a tus amigos gay ateos, a ver si te dan una limosnita. A mí no me pases el sombrero, no te pases de fresco.

-Muy bien, mamá, tú ganas –me replegué, derrotado-. Diré que creo en Dios, iré a misa los domingos, me haré fotos con el Cardenal y con el Papa. Diré que fumar marihuana es malo para la salud y pésimo para la memoria. Diré que el aborto es siempre una pequeña tragedia, que es mejor dar vida que interrumpirla. Pero, por favor, no me pidas que hable mal de los gays: ¡me estarías pidiendo que hable mal de mí mismo! ¡Sería un suicidio público, una incineración de lo que he sido toda mi vida!

Dorita levantó la voz, tronó:

-¡Tú no eres gay, carajo!

-¡Pero soy bisexual! –chillé-. ¡Y me he pasado media vida tratando de ser gay!

-¡Tonterías! –rugió mi madre-. ¡Estabas confundido! ¡Ahora te has reformado, gracias al ángel que te envió el Señor! Silvia es un instrumento de la Voluntad Divina, ¿no te das cuenta?

-Sí, y tú sabes cuánto yo la amo –dije, serenándome, pensando que la palabra “instrumento” para aludir a mi esposa no carecía de gracia-. Pero, mamá, no te engañes, no por estar casado con ella, dejo de ser quien soy, dejo de ser bisexual.

-No sé para qué me llamas –se lamentó Dorita-. Si vas a volver al Perú diciendo que eres bisexual y que quieres ser Presidente, ¡no vas a ganar nunca las elecciones, Jaimín! ¿No te das cuenta?

Un silencio prolongado pareció aquietar las aguas procelosas. En el fondo, nos extrañábamos y conspirábamos para pasar más tiempo juntos.

-Y una cosa más hijito –me sugirió mi madre-. Si quieres ser presidente del Perú, anda a la peluquería y córtate el pelo como hombrecito, hazme el favor. Con ese peinado ridículo que sales en la televisión, no van a votar por ti ni los peluqueros.

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