El desprecio por la opinión de la gente, no la de quienes como yo ejercitamos a diario nuestros dedos sobre el teclado y de suyo somos despreciados como “chispero exaltadamente liberal” o irresponsables críticos “viviendo tranquilos entre los godos” [tal y como se lo dice Santander a Bolívar en 1826], es la constante que domina y contamina a buena parte del mundo político en Venezuela.

Acaso sea lo propio de estos tiempos posdemocráticos más ganados para el narcisismo, en los que ni siquiera se es sensible al dolor ahogado de las víctimas de las ergástulas de la dictadura, de quienes sufren un ostracismo forzado que les obliga colgar títulos para lavar pocetas en tierras extrañas, o de los hombres o mujeres que dejan su piel y aliento en procura de lo que no encuentran para medio alimentarse, para medio sanar sus dolencias. Y es que todos a uno son tratados, siguen siendo tratados, como datos de encuestas o mercancías electorales, nada más.

En quienes hacen política desde la acera de la dictadura tal comportamiento se explica, por desviaciones “ideológicas” y hasta conductuales. Únicamente les interesa preservar la maquinaria del Estado a costa de la vida misma, pues este es el instrumento para la ejecución de los crímenes de narcotráfico, corrupción y lavado de dineros sucios en los que se encuentran comprometidos desde cuando Hugo Chávez Frías, el “patrón del mal”, hace casi veinte años, pacta dicho despropósito con las FARC, con el régimen cubano y los gobiernos libio e iraquí. Lo saben bien los servicios de inteligencia extranjeros. Y quienes, desde adentro, se hacen los tontos, es que tienen miedo a perder los espacios logrados dentro de ese Leviatán mefistofélico, por coludidos, o por que viven aterrados siendo sus rehenes.

El caso es que ahora, para colmo, el tiempo del amor hacia el pueblo o de la simulación democrática –sostenida para distraer la práctica de la narco-política y repartir sin mayores peligros sus dividendos, confundiéndolos con los de las finanzas públicas o los que provee la industria del oro negro– ha llegado a su final. Que los esbirros de Nicolás Maduro asesinen a mansalva a 140 jóvenes de la resistencia sin que les tiemble el pulso, o que éste se engulla una empanada frente a los moribundos por la hambruna, son meros síntomas de esa desnudez revolucionaria y terminal.

Que se haya cargado y hecho trizas luego, el mismo Maduro, el voto universal, directo y secreto para imponernos una constituyente dictatorial que persiga, condene o doblegue, por encima y más allá de la ley, a todo aquel quien se le oponga, es texto del mismo libreto. Lo del joven Yon Goicoechea clama al cielo, todavía más por las complicidades “opositoras” habidas en su tortura blanca, antes de que acepte ser candidato a alcalde por la tolda del redivivo Marqués de Casa León, Henry Falcón. Y las declaraciones de Manuel Rosales a CNN, no bastando lo anterior, son un monumento a la doblez y amoralidad que rasga en la política vernácula y constata su desprecio cabal por el soberano.

“El hombre es todo y los principios y las instituciones valen bien poco”, decía Bolívar, El Libertador, según González Guinán. Y es ese, qué duda cabe, el catecismo que siguen quienes diciéndose opositores llaman al voto popular cuando la constituyente dictatorial se los ordena, para elegir gobernadores, césares de ocasión, validando no solo el origen espurio de dicho acto electoral sino convalidando que se omita elegir, en contra de la Constitución, a las legislaturas estadales, que son las casas del pueblo. Lo que se repite, recién, cuando piden el voto para elegir alcaldes bajo decisión de la misma narco-constituyente, pero excluyendo los concejos deliberantes, cabezas de la representación popular en cada municipio.

Así, no de otra manera, por importar poco el respeto al pueblo y sus mandatos, ahora se decide por la libre y anuncia –arguyéndose un pedido de la comunidad internacional inexistente y la que, antes bien, se apresura a sancionar a la dictadura– el regreso al diálogo, para partir confites con los jefes del narco-estado venezolano en República Dominicana; en ese desprestigiado santuario en el que se cruzan, como en un casino, ángeles y demonios.

Narra la historia que al Padre Libertador le incomoda la deliberación popular, de allí su rechazo al Congreso de 1811. Prefiere el Senado vitalicio y su presidencia perpetua como opciones e impone, por ende, “sus” constituciones de 1819 y 1826. Le fastidia la omnipotencia del parlamento creado en Cúcuta en 1821 y el año siguiente cuestiona a la municipalidad de Caracas que expresa y hace públicas sus reservas a la Constitución de la Gran Colombia, manifiesta que no tuvo voz propia el pueblo que representa en su formación y critica que no se le permita sancionarla sino jurarla como un acto de conquista, con lo que atentaría contra lo que más importa según el propio Bolívar, “porque de la unión [bajo el despotismo] resultaba un pueblo más fuerte y más poderoso”.

La redemocratización de Venezuela habrá lugar, en suma, cuando se le permita a la soberanía popular decidir integralmente sobre sus destinos, dibujar sus caminos, no simplemente elegir a los mandones de turno, sean revolucionarios o camuflados, sean o no opositores a pie juntillas. Es lo que pienso.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

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