Noches de cabaret
Tropicana, fue la joya de los cabarés en La Habana, pero había otros lugares fabulosos, como Sans Souci, Montmartre, Caribe del Havana Hilton Hotel (hoy Habana Libre), administrado por la compañía hotelera norteamericana, pero propiedad de la Asociación Gastronómica de Cuba

En lo que había sido “Villa Mina”, en el barrio de Marianao, en La Habana, abrió sus puertas en 1939 el cabaret Tropicana, “Un paraíso bajo las estrellas”, que tuvo entre sus cuatro dueños originales a Martín Fox, un campesino de origen humilde y mente brillante que creó una leyenda con el apoyo del coreógrafo y director Sergio Orta, y sobre todo a partir de 1952, que contrata al mítico “Rodney”, nombre artístico que conforma con las primeras sílabas de nombre y apellido: Roderico Neyra, que fue capaz de manejar las pistas de Tropicana a la altura de las luminarias mundiales que pasaron por allí y crear una verdadera leyenda en el mundo del espectáculo.

Tropicana, fue la joya de los cabarés en La Habana, pero había otros lugares fabulosos, como Sans Souci, Montmartre, Caribe del Havana Hilton Hotel (hoy Habana Libre), administrado por la compañía hotelera norteamericana, pero propiedad de la Asociación Gastronómica de Cuba, socio comanditario para ese hotel con la cadena Hilton; el Cabaret Parisién del Hotel Nacional, Copa Room del Havana Riviera, el Cabaret Capri con su admirable lámpara, complemento, por supuesto del casino de juego, que era donde estaba el verdadero tesoro.

Todos los grandes cabarés tenían casinos de juegos y los grandes personajes vinculados a “La Cosa Nostra” fuertes inversionistas en los juegos de azar, eran habituales en La Habana, incluyendo la gran reunión en el Hotel Nacional de 1946, donde estuvieron los más importantes jefes de todos los Estados Unidos, incluyendo al proscrito Charles “Lucky” Luciano.

Pero Mafia aparte, los cabarés de La Habana era centros de esplendor y categoría artística, la mayoría con dos shows toda la semana excepto un día de descanso rotativo entre los grandes cabarés, donde abundaban las estrellas nacionales y extranjeras, orquestas en vivo y vistoso vestuario, en un ambiente de refinada gastronomía y licores de primera.

Existían otros establecimientos sin casino, llamados “cabarés de segunda” como el Cabaret Sierra, relativamente cerca del mercado de Cuatro Caminos; Nacional de Prado, al costado del Teatro Nacional, hoy García Lorca, El Palermo, Alloy, Las Piedras, Las Vegas, La Campana, El Zombie Club, El Alí Bar por allá por “El Caballo Blanco”, con El Benny Moré, Rey Caney, Miguel Ángel Ortiz, mientras en los demás se podían admirar las actuaciones de grandes artistas del momento.

Mención especial merece el circuito de la Playa de Marianao, con el Panchín, El Niche, El Pensylvania (sic), El Rumba Palace, posiblemente el contorno más humilde, pero pintoresco, adonde acudía todo tipo de público, incluyendo grandes personalidades mundiales.

Mientras, las ciudades del interior ofrecían shows de excelente factura en cabarés como Rumayor de Pinar del Río, Venecia de Santa Clara, Caribe de Camagüey, San Pedro del Mar de Santiago de Cuba, Guanaroca del Hotel Jagua en Cienfuegos y otros más.

Pero la cosa no para ahí; en los llamados night clubs, la oferta artística era sencillamente deliciosa, con artistas de primera categoría, aunque la cantidad, era tan numerosa que no puede catalogarse de exquisita toda la programación. La Red, El Gato Tuerto, El Tikoa, El Karachi, Johnny 88, Johnny Dream, La Gruta, El Cortijo del Hotel Flamingo, El Pico Blanco del Hotel Saint John, El Elegante del Riviera, Morocco, Las Catacumbas, El Bar Sirena del Nacional, El Escondite de Hernando, El Gato Verde, Las Cañitas, El Patio y El Sugar Bar, después Turquino del Habana Libre, El Coctel, y decenas más.

Además de una imagen hospitalaria y divertida, La Habana de entonces era en sí misma una formidable fuente de trabajo para los músicos y artistas, pues era impresionante la cantidad de lugares donde escuchar música en vivo todas las noches, que ofrecían la oportunidad de compartir con excelentes cantantes en un plano mucho más íntimo que en los grandes escenarios y esa intensidad de trabajo, permitía a los autores musicales colocar nuevos números que engrosaban los repertorios. En una palabra: el mercado funcionaba.

Tras la huida de Fulgencio Batista de Cuba y la entronización del totalitarismo, donde comienza una política sistemática empeñada en la transformación de los sectores sociales de vida pública, es decir: el político, el deportivo y el cultural, comenzó la decadencia de los cabarés.

El cabaré, por su estrecha relación con los casinos, fue considerado por las altas esferas de gobierno como un engendro de perdición, pero como expresión de alto valor artístico se mantuvo, incluso con precios asequibles; sin embargo, usando como pretexto la frecuencia con que muchos de los altos oficiales, daban escándalos en esos establecimientos, borrachos de licor y poder, y una mentalidad obtusa, intentaron eliminarlos con el cierre de los cabarés en la llamada “Ofensiva Revolucionaria” de 1968, uno de los disparates más grandes de la dictadura en su historia.

La Habana de noche parecía un pueblo fantasma, pues no sólo se cerraron los grandes cabarés, todos los night clubs y cabarés de segunda fueron clausurados. Más de 160 lugares con música en vivo fueron cerrados, se acabó el trabajo a destajo o precio acordado entre artista y entidad contratante y se crearon sueldos fijos por categoría artística, que oscilaban entre 280.00 pesos y 500.00 a las máximas figuras, tras una “evaluación profesional” realizada que descalificó a decenas de artistas, que hallaban trabajo en esos lugares pequeños.

Por supuesto, muchas personas opinaron y en voz relativamente alta, que aquello era disparatado e innecesario, pero mostrar desacuerdo en esa época en Cuba lindaba con la traición a la patria y no quedó más remedio que coserse la boca.

Tan grande fue el disparate, que no llegó al año la vigencia del decreto, siendo una de las pocas ordenanzas a las que se le ha aplicado una “marcha atrás” tan evidente, en tan poco tiempo.

Vino la reapertura con una gran cantidad de artistas, pues ya no valían las ganancias habituales contra presupuestos. Antes para contar con Elena Burke, había que pagarle al menos $2,000.00 pesos cubanos mensuales por su participación en un show seis veces a la semana, con un día de descanso, además de la JUCEI, un engendro que sustituyó a los gobiernos provinciales que pagaba muy bien para la época y se aprovechaba el descanso para ir a ciudades cercanas a un show, carnaval, etc. amén de la presencia en un night club, como era costumbre de los más cotizados artistas. Así Elena estaba en el Parisién, pero actuaba en el Pico Blanco; Los Meme estaban en el Copa del Riviera y actuaban en El Flamingo, etc. etc.

Ahora todo eso se podía hacer… pero por 500.00 pesos, en el caso de los estelares, por lo que la programación tras la apertura fue muy nutrida en los centros nocturnos, ya que había un Centro Nacional de Contrataciones Artísticas, que distribuía las programaciones.

Los grandes cabarés fueron desapareciendo, ya el Monmartre era el Restaurant Moscú, con la peor “solianka” del mundo, Sans Souci era un parqueo de taxis, pero abrieron los que quedaban. Posteriormente, cuando el gobierno toma conciencia del destino turístico de Cuba y comienza la asociación con empresas españolas para administrar los hoteles, desaparecieron El Caribe del Habana Libre, convertido en mesa buffett; El Capri estuvo cerrado mucho tiempo por una renovación interminable y abrió con espectáculos sin brillo, hasta quedar como cuartel del reguetón posteriormente; El Copa Room del Riviera, se convirtió en El Palacio de la Salsa, con vasitos de plástico para el ron y aunque se ha intentadso, nunca recuperó su verdadera altura; sólo quedaron El Parisién del Hotel Nacional y Tropicana.

Los shows de cabarés tan negados, se convirtieron en uno de los productos más exportados hacia el exterior, importadores de dólares, aunque en La Isla no se vieran y hasta Fidel Castro iba a Tropicana con jefes de estado de visita a retratarse con “La Torres”, las modelos de alta estatura y piel de ébano, quién lo iba a decir.

Comenzaba una nueva era con la presencia del turismo extranjero con los dólares salvadores y la espantosa depauperación del cacareado moralismo, vencido por “el jineterismo” que ponía el picadillo con arroz en la mesa y le abría las puertas a las esculturales muchachas que no tenían más fortuna que “el tesoro de los pobres” (entiéndase su sensualidad y belleza) para divertirse en los lugares recién abiertos, con pago en dólares y posteriormente en CUC.

Algo se ha recuperado del antiguo esplendor, pero a los amantes de los espectáculos, no nos queda más remedio que el recuerdo de cuando el cabaret de Cuba estaba a la altura de los mejores del mundo.