Recuerdo aquella noche como si fuera ayer. Eran las ocho y yo estaba de terno marrón y corbata esperando a que pasara un taxi por la avenida Salaverry que me llevase al canal 5. Tenía que conducir en vivo el programa Conexiones que comenzaba a las once, apenas terminaba el noticiero 24 horas. El dueño del canal se había peleado con un legendario periodista y me había puesto a conducir el programa en su lugar.

Yo conducía un programa todas las noches, pero no conducía un carro porque no tenía uno. Iba a la universidad en taxi (la verdad es que no iba todas las mañanas, era un estudiante ausente, remolón) y por las noches me paraba en la avenida Salaverry a esperar un taxi que me llevase al canal. Tenía diecinueve años. Vivía con mis abuelos maternos. Me había hecho famoso por mis preguntas en Pulso, mis entrevistas en Panorama y ahora por conducir todas las noches Conexiones. Probablemente no había en todo el Perú un joven más famoso que yo. Estaba feliz, dichoso en mis zapatos. Belaunde era presidente. Alan García, el jefe de la oposición. Yo quería que Bedoya fuese presidente.

De pronto un auto se detuvo poco más allá. No era un taxi, era un auto de lujo, un Volvo color guinda. Retrocedió. Pensé que era un televidente que me había reconocido. Me reconocían muy a menudo. Entonces no pedían fotos, pedían autógrafos. La puerta del copiloto se abrió y vi a mi tío Francisco, sonriendo, diciéndome:

-Sube.

Me llevó al canal. Era hermano menor de mi padre: elegante, distinguido, cosmopolita, casado con una señora guapa y encantadora, gran conversador, hombre de mundo, ingenioso, ocurrente. Me felicitó por mi éxito en la televisión. Se sorprendió de que no tuviera un carro. Antes de despedirnos, me dijo:

-Te voy a llamar.

Me llamó al día siguiente (entonces, por supuesto, no había celulares, ni computadoras, ni internet, ni decenas de canales por cable, solo los cuatro o cinco canales básicos) y me pidió que fuera a su oficina. Me recibió fumando un habano, elegantísimo. Tenía dinero. Sus emprendimientos eran prósperos, exitosos. Vivía en una casa preciosa allá arriba, pasando el cerro.

-No puede ser que seas tan famoso y no tengas un carro –me dijo-. Tenemos que arreglar eso.

Me quedé en silencio. En el canal me pagaban bien, pero todavía no me alcanzaba para comprarme un carro. A mi padre no lo veía, no quería verlo más, y en ningún caso le pediría plata ni nada de nada. Tampoco podía pedirles dinero a los abuelos. Tocaba ahorrar. Pero no era bueno ahorrando. Apenas reunía algo de dinero, viajaba a Buenos Aires a ver fútbol y comprar libros. En uno de esos viajes conocí a Borges.

-Te voy a prestar diez mil dólares –me dijo el tío Francisco, en un momento de formidable grandeza que no olvidaré.

Extendió el brazo y me entregó el cheque recién firmado, con una sonrisa amable, paternal.

-Cómprate un carro –dijo-. El que más te guste. Ya me irás pagando poco a poco. Sin apuro.

No podía creerlo. El tío Francisco acababa de darme diez mil dólares, como si fuera su hijo. No tenía que detenerse aquella noche a recogerme, no tenía que llevarme al canal, no tenía que prestarme plata: lo hizo porque era un gran tipo, tremendamente generoso. No le di un abrazo porque él era un caballero demasiado refinado. Le di la mano y le prometí que en menos de un año le pagaría el préstamo, a razón de mil dólares mensuales (el canal me pagaba dos mil al mes).

Al día siguiente no fui a la universidad y me compré un Fiat Brava color gris plata, cuatro puertas, potente, mecánico, delicioso de manejar. Era un carro moderno y llamativo en aquellos tiempos, segundo semestre de 1984. Era el carro perfecto para el señorito de derechas que tenía éxito en la televisión. Se lo debía al tío Francisco.

Por supuesto, le pagué puntualmente, hasta que me despidieron de la televisión por preguntarle a Alan García si le habían hecho la cura del sueño. Años después, en mis tiempos autodestructivos, cuando fumaba marihuana y aspiraba cocaína casi todos los días, el Fiat Brava se incendió en el desierto de Paracas, y allí lo dejé abandonado, y no supe más de él. Pero los primeros autos, como los primeros amores, nunca se olvidan, y el deleite y la euforia de manejarlos aquellos días de estreno, cuando huelen a nuevos, nunca podrán repetirse, aunque luego tengas la fortuna de conducir carros mejores. Y es así: he manejado autos de lujo, pero nunca fui tan feliz como acelerando ese Fiat Brava a mis famosos diecinueve años.

Recientemente visité Lima. En esa ciudad solía manejar una camioneta Honda ya un poco vieja, pero cómoda, espaciosa. Al tío Francisco no lo había visto desde los funerales de mi padre, hacía diez años. Sabía por mi madre que estaba algo delicado de salud. Al parecer la memoria empezaba a fallarle. Una tarde iba manejando por la avenida Pezet, en el corazón de San Isidro. De pronto me pareció ver a lo lejos al tío Francisco. Me acerqué, detuve la camioneta. Era él, sin duda era él. Estaba vestido con buzo azul y zapatillas. Caminaba con aire errático, confundido. Bajé, le pasé la voz. Me miró como si una neblina le impidiese verme con nitidez. No me reconoció a primera vista.

-Soy Jaime, tu sobrino –le dije-. Jaime, el que salía en televisión, ¿te acuerdas de mí?

Parecía molesto, contrariado. Algo le irritaba, le impedía sonreír.

-¿Te acuerdas que una vez me prestaste plata para comprarme un carro? –le dije.

Y entonces me reconoció:

-¡Jaimecito! –me dijo, como me llamaban mis tíos y mis abuelos paternos cuando era un niño-. ¡Tanto tiempo sin verte!

Hubiera querido darle un abrazo, pero no me atreví, me contuve.

-¿Adónde vas? –le pregunté.

Me miró fijamente, el ceño fruncido, el gesto adusto, la mirada inquieta, temerosa.

-No sé –me dijo-. Me he perdido. No sé cómo regresar a mi casa.

Recordé lo que me había dicho mi madre: el tío Francisco tenía problemas mentales, le fallaba la memoria, era una enfermedad degenerativa, irreversible.

-Yo te llevo –le dije-. Ven, sube, te llevo a tu casa.

-¿En serio? –me dijo, y no sonrió, pero pareció aliviado, levemente esperanzado de que supiese guiarlo de regreso a su casa.

Pero yo no sabía dónde vivía. Y tenía que saberlo enseguida. Subimos a la camioneta. Francisco se acomodó en el asiento del copiloto. ¿Recordaría aquella noche cuando me llevó al canal, treinta y dos años atrás? ¿Recordaría el día en que fui a su oficina a enseñarle mi Fiat Brava recién comprado con su plata? ¿Recordaría que quedé debiéndole dos mil dólares y nunca me los cobró porque me despidieron de la televisión?

Llamé a mi madre y le pedí que me dijese la dirección del tío Francisco y la tía Verónica. Me llamó dos minutos después y me la dijo. Vivía muy cerca de donde estábamos, en un edificio con vista al campo de golf. Subimos a su apartamento. La tía Verónica se sorprendió al verme.

-Nos encontramos en la calle –le dije-. Me dijo que quería enseñarme sus cuadros.

Porque el tío Francisco pintaba, había pintado toda la vida, era un gran pintor, solo que demasiado sensible y elegante para exponer sus cuadros. Ya en su casa, Francisco parecía en pleno dominio de sus facultades. Me enseñó sus cuadros, me habló con gran cariño de sus hijos que vivían en el extranjero, vi que miraba con profundo amor a su esposa, la enfermera se ocupó de recordarle que debía tomar ciertas pastillas, junto con el té rojo. El tío Francisco tenía la edad de mi madre, setenta y seis años, pero la enfermedad lo había menoscabado, y ahora parecía algo mayor.

-Le gusta salir a pasear –me dijo la tía Verónica, cuando él fue al baño con la enfermera-. A veces se pierde. Suerte que lo encontraste.

Yo sabía por mi madre que el tío Francisco había vendido su colección de vírgenes, cristos y santos en piedra de Huamanga porque estaba algo corto de plata. Mi madre le había comprado varias estatuillas religiosas y me había llevado una a Miami. Cuando terminamos el té, me despedí de la tía Verónica y le dije al tío Francisco:

-Tengo un regalo para ti.

Me miró, ilusionado, como un niño.

-Mi camioneta –le dije, y le di las llaves-. Te la regalo.

El tío Francisco sonrió, maravillado.

-¿En serio? –preguntó.

-En serio –le dije-. Es tuya. Pero cuando quieras salir a pasear, que alguien te maneje.

-¡Gracias, Jaimecito! –me dijo, desbordado de alegría.

Y entonces me atreví por fin a darle el abrazo que siempre había querido darle, y estuve a punto de llorar porque en nuestro próximo encuentro tal vez ya no me reconocería.

Luego me fui caminando, feliz de ser nuevamente un peatón.

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