@luisleonelleon

A pesar de que muchos cubanos durante casi seis décadas la gritaron, no pocos incluso antes de ser fusilados por orden suya, nunca antes fue tan real la frase “Abajo Fidel” que cuando se gritó en Miami y otras partes del mundo este 25 de noviembre de 2016. Aunque sus restos mortales no estarán bajo tierra, ya no estará más en la cima del país en la que instaló a la fuerza, a base de mentiras, miedos, represión. Ya está abajo.

Pocas veces he visto a Miami tan feliz. De manera espontánea miles de cubanos y no cubanos salieron a celebrar la muerte del último de los legendarios dictadores comunistas. Aunque lo habíamos imaginado la escena varias veces, sobre todo ante los falsos anuncios de su muerte, vivirlo fue una experiencia única.

Jóvenes, niños, ancianos, Pedro Pan, marielitos, balseros del 94’, quienes salieron andando desde Suramérica cruzando fronteras, los que se ganaron la visa en la lotería, vinieron reclamados por sus familiares o desertando de misiones en Venezuela. Todos estaban allí, celebrando.

Algunos han preguntado de qué vale celebrar la muerte de una persona. Y el concepto está bien. Pero en dónde se equivocan es que esa persona fue un dictador, un déspota, un asesino vestido de Robin Hood, el responsable de la muerte de miles de balseros, el que ordenó fusilamientos, separó familias que siguen fracturadas. Es como si le preguntáramos al pueblo judío por qué celebrar el final de Hitler. ¿O acaso no fue Fidel Castro para los cubanos lo que fue Hitler para los judíos?

En Cuba sólo unos pocos, los tienen el valor de atreverse a disentir, salieron a celebrar. La mayoría brindó en silencio, bajo la bota represiva del miedo que el dictador, aún muerto, le tiene puesta sobre sus cabezas.

Una trastada de su salud le obligó a cederle el mando a su hermano Raúl y no pudo seguir apareciendo, como tanto le gustaba y bien sabía usar, en los medios de comunicación cubanos, de los que fue (ya podemos decir “fue”) figura protagónica. Por medio siglo fue el comentarista más famoso en la TV cubana, el que más veces repitió un mismo discurso, la misma consigna.

Para mi generación primero fue el adoctrinamiento. Nada le agradezco. Si su falsa salud pública ni su manipulada educación gratuita. Lo más importante que aprendí cuando estudiante, los valores morales y culturales que él se encargó de pervertir y destruir, me lo enseñó mi madre.

El futuro de los cubanos cada vez está más cerca. Sabíamos, desde hace décadas, que su muerte biológica sería ese comienzo hacia la libertad y la limpieza de una nación arrasada y desparramada escapando de su Revolución fallida.

El legado de Fidel Castro: es el Hombre Nuevo, la doble moral, la separación, el exilio, el Fidel Castro que todos llevamos dentro. Casi 6 décadas después de que se apoderó de Cuba, el país es una sombra triste de lo que era en 1959, cuando comenzó el engaño.

Manejó el país como una finca, donde sus trabajadores eran, siguen siendo, esclavos del régimen, aunque de vez en vez bailen una rumba de batey.

Sus discursos, generalmente, se basaron en fingimientos, ataques al imperialismo o a cualquiera de sus contrarios, y en promesas que jamás cumplió, ilusiones que sembró, maliciosamente, en la mente en varias generaciones que morirán sin ver sus sueños realidad, sólo les dejó una pesadilla de la que aún no podrán escapar muchos.

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