El diccionario nos da una definición muy simple de la palabra “perdón”: “Expresión para pedir disculpas por algo que se ha hecho o dicho y que puede molestar a los demás”. La definición también habla de la “remisión de una pena, una deuda o una obligación”.

Que difícil debe ser aceptar un acuerdo de paz en el que los agresores pasarán por alto la cárcel, a pesar de los abominables actos que han cometido contra miles de personas. En donde será posible que los guerrilleros aspiren a cargos de elección popular, con la posibilidad de formar un partido político y, quizá, llegar hasta a la presidencia del país.

Imagino lo frustrados que deben sentirse miles de colombianos al ver que, tras el resultado de la revisión del acuerdo de paz que fue rechazado el pasado mes de octubre, prácticamente las cosas quedaron igual tras la renegociación entre el Gobierno y los representantes de las FARC.

Intento imaginar el dolor que puede causar el saber que un amigo o familiar cercano fue secuestrado, asesinado o víctima de un acto criminal y que el agresor camina tranquilamente por la calle o cumple como castigo una pena que no pasa del servicio comunitario. Si estuviera en los zapatos de los colombianos quizás querría hacer una herida en cada guerrillero y ponerle sal y limón para causarles un inmenso dolor.

El dolor puede cegar la capacidad de recibir una disculpa, manteniendo vivo lo que podría enterrarse, dando paso a la cicatrización de una herida. Perdonar no tiene que ver con olvidar porque podemos mantener presente la historia y utilizar la experiencia de más de medio siglo de conflicto para no caer otra vez en un horror como el más de medio siglo de crímenes en territorio colombiano.

La paz no es algo que se acuerda, es algo que se conquista de manera personal. Es la capacidad de vivir con una historia y aprender de ella; viendo la cicatriz pero sin dolor, a pesar de los episodios con con autos bomba, secuestros, asesinatos y extorsiones.

La palabra “perdonar” tiene un enorme poder y un gran poder de reconciliación. Cuando alguien nos lo pide, nos sentimos bien y nos resulta menos complicado luchar contra los rencores internos.

Salir del circulo del odio y el rencor es una tarea que no es fácil de cumplir. Pero perdonar es la única alternativa que previene el rencor generacional en el que, después de medio siglo de enemistad, dos familias pueden continuar con su enemistad, ignorando por completo el origen de aquello que generó sus diferencias.

Con todo respeto a los colombianos, vale más un acuerdo de paz imperfecto, con oportunidades para mejorarlo, que seguir envueltos en la angustia ante la posibilidad de más secuestros, extorsiones y asesinatos que mantendrían sus vidas en el hilo de la angustia y la zozobra.

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