Otra vez La Habana se quedará sin flores. La noticia de la muerte de Lourdes Torres difundida en las redes sociales aunque esperada no deja de ser perturbadora. La sobresaliente intérprete cubana integra la escueta lista de las excepcionales. Ninguna miseria la sacó jamás de paso. Supo sobrevivir con dignidad y linaje apegada a La Habana como única salida, como esencial válvula de escape, como musa inspiradora de sus motivos y canciones.

Lourdes Margarita Torres Ortiz (1940-2017) había nacido en la villa de Guanabacoa, la misma de Ernesto Lecuona, Rita Montaner y Bola de Nieve por sólo mencionar otros irrepetibles. Sin proponérselo todos se pasearon señoriales por el mismo siglo, sólo que a Lourdes Torres le tocó imponerse en su segunda mitad, justo cuando el tiempo se detuvo, y los repertorios fueron cambiados por las marchas y las concentraciones, con ese talento que tienen las revoluciones incipientes para lucir intensas sin que nadie sospeche apenas que no tienen talento para envejecer, como ha escrito el poeta.

A fuerza de ver en los escenarios a tanta gente improvisada y empírica, a veces se olvida que los artistas además de nacer, deben pulirse como piedras preciosas en su eterno camino de aprendizaje. Quizás por eso primero Lourdes Torres fue cantante lírica hasta que en 1956 inicia su carrera como repertorista, sacándole partido a sus estudios de solfeo, teoría musical, piano, ballet y canto.

Para Cuba, Lourdes Torres, es el cuarteto “Los Modernistas”, una página maltratada pero inolvidable. Viene siendo hora de que se haga justicia. Hay que dejar escrito en tinta que “Los Modernistas” no fue simplemente un conjunto musical de cuatro voces. “Los Modernistas” fue una escuela que hizo realidad el deseo expreso de Ernesto Lecuona de conjugar las posibilidades de un momento con la plenitud absoluta de la mejor música.

Pero hace tiempo que buena parte de los espectadores y algunos profesionales del arte, dejaron de entender de música o la confundieron con otra cosa. Por mucho que nos esforcemos pensando en que quizás seamos nosotros los lerdos o los idiotas, nos duele tener que ceder los titulares a las ridiculeces e injusticias más grandilocuentes. Una de ellas es que a la señora Lourdes Torres se le haya negado el derecho de grabar aunque sea un buen disco en la única Empresa de Grabaciones musicales de la isla que le vio nacer y por cuyo público dio todo. Imperdonable necedad. Enorme injusticia.

Más de 200 canciones se quedan sin abrigo a no ser que encuentren albergue en la garganta de otros cantores, quienes cargarán con la comparación eterna, aunque este sea un riesgo a correr para administrar dignamente su legado.

Ante tanto arte no debe haber espacio para la insignificancia. Debe escribirse que en el caso de la carrera de Lourdes Torres quedarán por siempre ademanes de genialidad, temperamento, pasión e hidalguía. Habrá que quitarse el sombrero de una vez y por todas. Ha muerto una artista, llena de una gracia sublime, colmada de acentos y encantos. Un torrente de arte que corrió el mayor de los riesgos: hacer de sí misma.

Frente a sus cenizas desfilará su querido público sin remordimientos. A fin de cuentas Lourdes Torres recibe los últimos aplausos terrenales sin arrepentirse de nada, ni siquiera de haber amado demasiado. Se va tranquila con ella misma dejando una sensación que da deseos de imitar. Seguramente ella lo sabía: la imitación es la mejor forma de rendirle culto al talento. Descansa en paz, pero eso sí, sin dejar de cantarnos.

Las opiniones emitidas en esta sección no tienen que reflejar la postura editorial de este diario y son de exclusiva responsabilidad de los autores.

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